El continuum de la violencia contra las mujeres

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La violencia contra las mujeres es un proceso de sometimiento continuo y que se manifiesta de múltiples formas; es decir, la violencia sexual, el incesto, la violencia física, violencia emocional, el acoso sexual, la explotación sexual, el embarazo forzado, la maternidad forzada, la violencia intrafamiliar, entre otras, son todas expresiones distintas de la opresión de las mujeres y no fenómenos aislados. Se trata, en palabras de Liz Kelly (1998), de un “continuum” de violencia contra las mujeres que obliga a los Estados a intervenir en todos los ámbitos para cumplir el mandato de prevenir, sancionar y erradicar la violencia que se ejerce en contra de las mujeres.

La violencia contra las mujeres se ha reconocido como una violación a los derechos humanos, sin embargo, aún se sigue violando el pleno goce de sus derechos económicos, sociales y culturales. Todas las mujeres hemos sido víctimas de algún tipo de violencia durante nuestra vida y muchas veces ni siquiera nos hemos dado cuenta, porque la violencia se ha normalizado tanto en nuestra sociedad que pareciera que es parte del paisaje.

Cabe mencionar que por mucho tiempo se ha considerado que los victimarios o perpetradores son hombres que padecen alguna patología o enfermedad mental, pero la evidencia ha demostrado que la mayoría son hombres normales, con ocupaciones normales y no necesariamente personas desconocidas.

La realidad más cercana que tengo –por ser el departamento en donde vivo– es Jutiapa, donde se han dado muchísimos casos de violencia contra las mujeres. En este departamento –a pesar del silencio de muchos– no es secreto que existen estructuras dedicadas a la explotación sexual de niñas y adolescentes  y se conocen muchos casos de violencia sexual en contra de ese grupo poblacional, cuyos victimarios han sido desde albañiles hasta profesionales y miembros del ejército. Estas niñas, además, se han visto sometidas a embarazos y maternidades forzadas, dejando a un lado sus propios sueños e ilusiones.

Durante mis 28 años he tenido la oportunidad de conocer a varias mujeres – originarias de distintos departamentos del país– que han sido víctimas de violencia y sus victimarios no son hombres desconocidos sino hombres cercanos a ellas. En la mayoría de los casos, los perpetradores son sus parejas (novios o esposos). Algunas de ellas –afortunadamente–  tuvieron la osadía de separarse y llevarse lejos a sus hijos, para vivir una vida sin violencia, aun en contra de todas las dificultades a las que les ha tocado enfrentarse.

Otras mujeres, por el contrario, aún se resisten a separarse de su pareja por miedo a quedarse solas, por miedo a que sus hijos no tengan un padre o por miedo a que la pareja pueda hacerles más daño. También he conocido a mujeres que han sido víctimas de violencia sexual por parte de sus patrones, vecinos, amigos e incluso sus propios hermanos, padres o padrastros. Todos estos casos en conjunto me han dejado un mensaje bastante claro: las mujeres convivimos todos los días con nuestros potenciales agresores.

El continuum de la violencia que se ejerce en contra de las mujeres es un dispositivo de poder del patriarcado que subordina a las mujeres, las humilla, anula e invisibiliza al grado de que muchas hemos internalizado esa violencia, auto violentándonos y siendo presas del miedo. El miedo ocupa lugar central en la vida de muchas mujeres que son víctimas de violencia.  Muchos de los casos que mencioné anteriormente no llegaron a denunciarse por miedo.

El Estado de Guatemala es el responsable de garantizar el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres y detener esa violenta máquina patriarcal. El Estado debe garantizar el acceso a la justicia de todas las mujeres que son víctimas y sobrevivientes de violencia, el cual debe ser un proceso digno, alejado de la deplorable re victimización a la que muchas mujeres se ven sometidas por los funcionarios públicos.

El Estado también debe trabajar en la prevención de la violencia que se ejerce contra las mujeres a través de la implementación de una educación integral en sexualidad (EIS) que les permita a niñas, niños y adolescentes obtener aprendizajes para la vida, que les ayude a conocer su cuerpo y amarse; respetarse unos a otros y construir relaciones más equitativas entre mujeres y hombres.

El derecho de las mujeres a vivir sin violencia está consagrado en los acuerdos internacionales como la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW), en especial a través de sus recomendaciones generales núm. 12 y 19 y de la Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer de las Naciones Unidas.

Este 25 de noviembre se conmemora el Día Internacional  de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Esta fecha fue declarada por las Naciones Unidas en diciembre del año 1999, su origen se remonta al 25 de noviembre de 1960, cuando fueron asesinadas en República Dominicana las hermanas Mirabal (Patria, Minerva y María Teresa) en manos de la policía secreta del dictador Rafael Leónidas Trujillo por sus acciones como activistas políticas en contra de su gobierno.

Este 25 de noviembre y todos los días debemos sumarnos a la lucha por erradicar la violencia que se ejerce en contra de las mujeres. Es importante que la sociedad civil se involucre y participe activamente para exigir a las autoridades el cumplimiento de sus obligaciones.25

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About Author

Karen Molina

Mujer, feminista, inconforme y activista por los derechos humanos. Constantemente estoy aprendiendo y desaprendiendo muchas cosas. Me gustan los libros, la música, la poesía, los gatos, la política y todavía insisto en cambiar el mundo.

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