El derecho a decir/ hacer burradas

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Usualmente no pierdo mi tiempo leyendo a columnistas neoliberales o trasnochados conservadores. Es una mínima medida de salud mental. Pero a veces las burradas son tan notorias que es muy difícil no poner atención.

Es el reciente caso de Betty Marroquín, quien emborrona ideas en República GT. Hace poco se filtró un audio en el que instaba a hacer lobby en contra de la CICIG en Washington. Seguramente no hubiera querido que se hiciera público su llamado porque, pese a estar convencida de lo que hace, ha de saber que su posición es bastante cuestionable en este momento.

Pero además, hay otros aspectos que merecen algún comentario. En un tweet, Daniel Haering decía que las acciones (audio filtrado y lobby) de Betty Marroquín son legales y legítimas, sin plantear por ello si estaba a favor o en contra de ello. Uno podría suponer que es un acto que le parece cuestionable, pero su liberalismo da únicamente para defender el derecho de expresión y decir que lo que hace Marroquín es legal y es legítimo.

La propia Marroquín hace una defensa de la libertad de expresión en su artículo De polarización a represión (donde dicho sea de paso, no deja de tirar las consabidas críticas a la izquierda y donde no dice ABSOLUTAMENTE NADA del audio acusador).

Si uno se atiene a cierto marco liberal, en efecto, está en su derecho. No hay problema.

Pero tal vez el punto no vaya solamente por allí. Dice que ha sido atacada de distintas formas (algunas bastante condenables, por cierto), sin embargo, el punto es que en este momento preciso, lo que ella promueve le hace el juego a los intereses de políticos, empresarios, militares corruptos y que tradicionalmente han sido impunes. No es sino hasta hace algunos años (muy pocos por cierto) que la CICIG y el MP han caminado en la dirección de una justicia que se hacía la loca cuando se trataba de los grupos de poder, así que ya se ve lo ruin que es su accionar.

En otras palabras, aquí no solo está en juego el derecho de hacer y decir burradas (en tanto que son legales y legítimas), sino el contenido y el sentido histórico de lo que uno hace. En este caso, hacer el juego a los corruptos e impunes de siempre.

Es paradójico, pero es una acción que siendo legal y legítima, va contra los intereses del país, de las instituciones y de la mayoría de habitantes de este país.

Betty, tiene todo el derecho a decir y hacer burradas, sí.

Pero también los demás estamos en todo nuestro derecho de considerar que sus acciones son condenables política y moralmente. Y eso se puede hacer argumentando racionalmente en torno a la lucha contra la corrupción. Dando un paso más allá de un liberalismo demasiado formal.

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Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

1 comentario

  1. Su artículo me ha dejado pensando en como se ondea el derecho a la libre expresión para que la gente diga lo que quiera, aún si es denigrante para grupos humanos (como que digan ‘indio’ porque ‘puedo decir lo que quiera’).

    Me recuerda a una frase de Stokely Carmichael, creo, que adaptada a la situación, diría que Betty Marroquín puede pensar y decir lo que se le antoje, pero una vez tenga el poder para hacer eso que quiere ya es un problema político que nos concierne a todos. Esto no es un asunto de actitud, diría Carmichael. Es un asunto sobre el poder.

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