El filósofo, la disculpa, y la pesadilla de consecuencias involuntarias

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Santiago EstradaPor Santiago Estrada*

I

Cuenta la historia que, en 1806, un profesor y filósofo alemán en el pueblo de Jena terminaba su obra maestra cuando Napoleón empezó a dar batalla a las tropas prusianas en las afueras del pueblo. Esta concurrencia de eventos sería interpretada más tarde por historiadores y filósofos, no como una coincidencia simple de hechos, sino como una analogía para la revolución de ideas, realidades políticas, y conocimiento moral que ocurría en aquel tiempo.

El filósofo se llamaba Hegel, y su libro pretendía sobre todo demostrar la relación esencial entre nuestras ideas y nuestras actividades culturales y éticas, una relación que Hegel llamaba “espíritu”, y su libro Fenomenología del espíritu señaló la aparición de este nuevo conocimiento ético-político en la historia del mundo.

Como muchos de su tiempo, Hegel admiraba la Revolución francesa y los principios liberales que buscaba llevar a la conciencia política y nacional, pero también era consciente de las crueldades del Terror que intentaba instituir los principios de la Revolución mediante el derramamiento de sangre. ¿Era necesario que la Revolución llevara al Terror? ¿Qué es el sentido de la libertad cuando es ganada por medio de la violencia? ¿Y qué nos dice eso del progreso intelectual y cultural de los humanos?

Una de las maneras en que el libro de Hegel trataba estas preguntas era a través de pensar en el sentido de la acción misma. ¿Qué significa actuar, y cuál es la relación entre tener una intención y hacer el acto? El problema, decía Hegel, está en la visión del mundo que da prioridad al poder legislativo del individuo y la voluntad interior, con exclusión de la realidad social y política de las comunidades en que vivimos. En tal visión del mundo, lo que importa es la buena intención detrás del acto no el acto mismo y sus resultados.

Contra tal visión, Hegel desarrolló un concepto de la vida ética en que la intención y la acción, las perspectivas del individuo y de la comunidad, se combinan para producir la verdad de cualquier situación. En primer lugar, reconoció que la esencia del ser humano está en su actividad, porque es a través de actuar que el individuo existe. Segundo, sostuvo que si quisiéramos que nuestras obras políticas y relaciones sociales tuvieran permanencia, habría que construir instituciones que concuerden con nuestros propósitos. Sin fijar la atención en los resultados de nuestras ideas y sin construir las instituciones de soporte, apelar a las intenciones para probar nuestra bondad moral o nuestro progreso político es un acto éticamente vacío, porque carece de todo valor social.

Aparte de la influencia que tuvo sobre Marx, quien a su vez tuvo influencias conocidas sobre nuestra historia y política, Hegel nos advierte de los problemas con la separación entre las intenciones y las acciones, y nos pone el reto de buscar siempre un puente entre las ideas y el mundo. Nos recuerda que los principios con que comenzamos podrían transformarse en violencia indiscriminada si no nos responsabilicemos de las circunstancias en las cuales realizamos nuestros ideales.

 

II

Sabemos ya la historia de 1954 en Guatemala. Después de diez años de reformas democráticas, el primer gobierno democráticamente electo fue derrocado, y una dictadura militar se estableció. Sabemos que en los años y décadas que siguieron cientos de miles de personas fueron torturadas, desaparecidas o perdieron la vida. Y por supuesto sabemos que mucho de eso fue coordinado y patrocinado por Estados Unidos. ¿La justificación? La ideología habitual en esa época: una campaña para retener la marea de revolucionarios infectados con las ideas de reforma agraria y de instituciones democráticas.

Bien, ahora hablamos un momento sobre 1999. Fue en ese año que el presidente Clinton rompió con la tradición estadounidense de nunca disculparse por faltas morales en la política exterior. Durante una vista a Guatemala, Clinton lamentó el papel de EEUU en la guerra y el genocidio, y dijo: “Es importante aclarar que hicimos mal en apoyar las fuerzas militares y de inteligencia que causaron violencia y represión, y Estados Unidos no debe repetir ese error.” Prometió que EEUU ya no se involucraría en “campañas de represión”, y pidió a los líderes de América Latina poner a un lado sus diferencias ideológicas para concentrarse en las desigualdades que plagan la región.

No hace falta decir que la disculpa no hizo nada para llevar justicia a quienes sufrieron y siguen sufriendo por las ideologías gastadas, que aún ensombrecen la resistencia del pueblo guatemalteco, y en este sentido las palabras de Clinton llegaron demasiado tarde.

Sin embargo, la disculpa sirve como señal de lo que podría ser un revelador principio político-ético. Las disculpas que hacemos, que nuestros políticos hacen, que un pueblo hace ante las injusticias de su pasado, no solo expresan remordimiento de una mirada retrospectiva sino también son promesas que dicen: que deberíamos haber hecho más en ese entonces y debemos hacer más en el futuro para prevenir consecuencias involuntarias y tan devastadoras.

 

III

Todavía hay personas, sin duda muchas en Guatemala, que insisten en la buena intención y el buen corazón del individuo como meta de un ideal político. Son las personas que, refiriéndose al genocidio, hablan de valores patrióticos y la defensa justa del estado de derecho. La contradicción debería ser obvia: hay un genocidio y hablan de valores; hay una masacre y hablan de mantener el orden; hay impunidad y se preocupan más por la imagen pública. Es decir, personas que se agarran tan firmemente de una ideología que los hechos ante sus ojos ya no tienen significado.

Ofrezco un ejemplo para aclarar el punto.

El tres de Agosto de este año (2014), en lo que la ONU ha llamado “un ultraje moral y un acto criminal”, diez personas murieron en un ataque israelí al ser bombardeada una escuela en Gaza. Según el Centro Palestino para los Derechos Humanos, han muerto más de 2,100 palestinos en Gaza desde el 8 de Julio –más de 1,600 son civiles, y 527 son niños–. La ONU informa que casi 500,000, más de un cuarto de la población de Gaza, han sido desplazadas. Y en todos los conflictos entre Israel y Palestina desde el 2000, se calcula que han muerto más de 10,000 palestinos y 1,200 Israelíes.

Cifras inquietantes. 500 niños. ¿Para qué? Algunos dicen que no deberíamos fijarnos tanto en las estadísticas sino más en las campañas morales de los dos bandos. Lo que importa no es el desequilibrio material entre un país desarrollado y un pueblo que es más campo de refugiados que país. Al contrario, dicen, lo importante es el desequilibrio moral. Dicen que Israel simplemente quiere defenderse contra agresiones de Gaza, que tiene una causa justa, y que es de buen corazón. Dicen –escuche bien– que los palestinos tienen intenciones genocidas hacia Israel. Mientras tanto, lo que ocurre en Gaza podría llamarse un genocidio real. La pregunta que deberíamos hacer y la cual nos hace Hegel es, ¿dónde queda la obligación más apremiante en una sociedad, en el corazón con las supuestas intenciones, o en las acciones y los resultados históricos que están ahí para que todos los veamos?

En un debate a nivel de intenciones no hay solución a la violencia habitual entre Israel y Palestina, ni a la injusticia habitual en Guatemala. La muerte de 500 niños, un genocidio, una masacre por motivo político, estos ya no pueden ser descartados como consecuencias involuntarias e inevitables de una causa que pretende avanzar hacia el futuro con los ojos cerrados.
Sin embargo, hay quienes todavía pretenden combatir la violencia y la injusticia al nivel de intenciones, es decir al nivel de ideologías desconectadas de la historia. Se enfocan en la guerra ideológica mientras las víctimas reales son ignoradas. Hay muchos de ellos en especial en Guatemala.

Lo más interesante de la disculpa de Clinton es que fue incondicional, no hizo ninguna salvedad, ninguna excusa política. No intentó echar la culpa a las víctimas de tortura y violación, a las comunidades destruidas por haberles dado refugio a guerrilleros, a las familias de desaparecidos. Las “buenas intenciones” de la contra-insurgencia y la ideología anti-comunista que habían justificado la represión del pueblo guatemalteco ya no eran importantes. Al menos en ese momento, fue suficiente reconocer –una realidad que se vivía y que numerosas investigaciones confirmaron– que su sentido de superioridad moral impedía que los gobiernos de EEUU y de Guatemala vieran el simple hecho moral: que la verdad de una buena intención se desenmascara en los resultados históricos.

Guatemala aún vive en el pasado, y hasta cierto punto es necesario vivir así. Una sociedad no avanza por medio de dejar a una gran parte atrás, pues las injusticias históricas la sujetan hasta que se resuelvan. Entonces, ¿cómo sería vivir, en cambio, una auténtica vida política con visión hacia el futuro? Sería como hacer un mundo realmente compartido en el cual las víctimas puedan participar, sería como hacer que tantas disculpas ya no sean necesarias después de los hechos, sería como que todos los participantes aprendan a pensar y actuar de manera que no dejen a otros humanos tirados al lado de su camino.

Dicho de otro modo, una vida política así se vivirá, no cuando la ideología correcta salga ganando, como ya hemos visto el fracaso de una política de intenciones, sino cuando ya no dejemos que las ideologías nos hagan ciegos a los hechos actuales e históricos con los cuales –reconociéndolos y dándoles espacio para que hablen– podamos construir un mundo compartido.

*Santiago Estrada: Hay un espacio común entre las ideas y las acciones, entre la teoría y la práctica. Busco vivir y escribir a través de ese espacio para combatir el olvido y hacer justicia.

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