El fundamentalista que llevamos dentro

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Cuando escribo esto, Francia acaba de bombardear Siria en una respuesta que no deja lugar a dudas y sí mucha incertidumbre de lo que será este vecindario desquiciado que llamamos mundo.

El viernes la conmoción por el atentado en París fue generalizada, no así por lo ocurrido en Líbano. Tampoco Siria ha despertado la misma atención, es preciso reconocerlo. El papel de grandes medios de comunicación como transmisores de la matriz que conviene a las grandes potencias es innegable.
Como dijo Judith Butler: “En un mundo en el que solo se puede ser terrorista o patriota, los periodistas eligieron lo segundo”.

Y eso nos lleva a examinar la histeria colectiva vivida en redes a raíz de los ataques. Muchos, y me incluyo avergonzada, caímos en el error de precipitarnos, comportarnos excesivamente emocionales y externar opiniones sin conocimiento de causa. Ciertamente la geopolítica mundial no es del dominio popular y nos falta aún mucho qué conocer sobre las variables del fenómeno.

Más preocupante aún, imbuidos como estamos del discurso dicotómico que nos han inoculado con bastante éxito, comenzamos a señalarnos unos a otros, descalificándonos y menospreciando las formas que cada cual eligió para manifestar su repudio a la insensatez de la violencia.

“Si no estás conmigo, estás contra mí”, condicionamiento que no has calado hasta la médula y que en el fondo es falta de otredad, incapacidad de entender al otro. Eso ya ha costado muchas vidas y dolor en este país, y sigue costando que aceptemos como normales desigualdades indignantes.

Podríamos ejercer nuestra libertad de expresión sin condenar la de los demás. Podemos sostener nuestras convicciones sin echar lodo a las de otros. Ejercer empatía para entender que como dijo Tolstoi: “Hay tantas formas de sentir como corazones” y que la nuestra no es la única ni muchas veces la mejor respuesta.

Podríamos darnos cuenta del fundamentalista agazapado con el que fuimos criados, aprender a reconocerlo para neutralizarlo y evitar caer en aquello que estamos condenando.

Finalmente de lo que se trata es lo que nos recuerda Butler en su más reciente ensayo: “Marcos de Guerra, las vidas lloradas”:
“Todos tenemos que comprender que solo reconocemos ciertas vidas como humanas y como reales, y esto ocurre porque existen esquemas conceptuales que controlan lo que somos capaces de reconocer.

Por tanto, debemos aprehender que ciertos esquemas conceptuales delimitan lo que nosotros entendemos como humano.

Lo que yo reclamo es que seamos críticos con ese esquema conceptual y desarrollemos nuevas formas de entender la vida como un objeto valioso.

La clave está en entender que toda vida humana es igualmente valiosa y debe ser reconocible como tal, independientemente de las circunstancias políticas que la rodeen.

Lo buena noticia es que podemos desaprender.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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