El gobierno hacker

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La palabra inglesa ‘hacker’ es un neologismo comúnmente usado para referirse a un pirata informático, alguien que accede a sistemas no autorizados. Hace unos días varios medios reportaron que la vicepresidenta Baldetti aseguró que el gobierno contaba con herramientas carísimas para hackear e identificar a los autores de ciertas publicaciones en las redes sociales, y se me han ocurrido un puñado de razones por las cuales esto es preocupante. Se habla mucho del tema y el uso de la palabra hack es sumamente casual pero ¿qué es un hacker? ¿está bien que el gobierno haga hacks? y si es así ¿cómo lo haría?

El verbo hackear no es aceptado todavía por la Real Academia Española pero a falta de un equivalente en español no me queda otra opción, mil disculpas a los puristas lingüísticos. Demos un par de pasos hacia atrás y veamos el panorama: la palabra inglesa ‘hack’ viene del anglosajón ‘haccian’ que significa «cortar en pedazos». En tiempos modernos significa agarrar algo a golpes como en la frase ‘we hacked a path through the bushes’ que se traduce algo así como «abrimos (a golpes) un sendero entre los arbustos» así que un jornalero sacando la tarea en el monte con su machete podría ser un hacker. Dado el carácter rústico de realizar una actividad a golpes en las últimas décadas el significado de la palabra ha trascendido a una nueva dimensión para referirse a cualquier solución improvisada y poco elegante a un problema, a un chapuz dicho en  guatemalteco. Como cuando uno lleva su auto con un agujero en el tanque de combustible al mecánico y este lo tapa con jabón de coche en el lugar de una soldadura o adhesivo especial, el patojo chispudo en cuestión es un chapucero, un hacker. También hay escritores que se dedican a producir material de relleno o para otros escritores de más renombre, los comúnmente llamados ghostwriter o «negros literarios» y que en el medio también se les llama hackersConozca las 10 ciudades más feas del mundo» y artículos similares).

Cualquier solución ingeniosa y poco formal para solucionar un problema se denomina como hack, es así como se usa en mi oficina de forma cotidiana y sin connotaciones negativas «acabo de hacer un hack en mi teléfono para que sincronice el correo electrónico sin problemas». De aquí ha surgido la forma con la que se usa en los últimos años con la popularización del Internet y de los piratas informáticos que buscan acceso a sistemas no autorizados a través de vulnerabilidades en su diseño. Unos lo hacen por dinero (robando números de tarjetas de crédito para venderlos por ejemplo) y otros por diversión para presumir sus habilidades y hasta por causas sociales como lo hace el colectivo Anonymous. Un ejemplo un tanto inofensivo y gracioso es cuando en el 2012 la gente de Anonymous logró amañar la encuesta para elegir al personaje del año de la revista Time, hicieron que ganara Kim Jong Un, por lo absurdo del resultado los editores de la revista ignoraron el resultado de la encuesta y nombraron a Barack Obama.

No todos los hackers son malos, satíricos o chapuceros fíjese, los hay muy buenos como aquellos que se dedican a buscar vulnerabilidades en sistemas informáticos para reportarlas y que sean reparadas a tiempo, cumplen con el rol de expertos en seguridad. El problema es que mientras más formal es su participación en la seguridad de una organización más se aleja del concepto de un hacker informático, su trabajo se convierte en algo serio y estructurado como quien trabaja para la inteligencia de un gobierno. Es sabido que los gobiernos tienen «herramientas carísimas» que monitorean la actividad en el Internet como Snowden ya reveló que hacen EE.UU. y Alemania y es ingenuo pensar que el Gobierno de Guatemala no lo hace también. En el 2012 la Secretaría de Inteligencia Estratégica del Estado adquirió el software de inteligencia Memex que colecciona, procesa y cruza información proveniente de distintas fuentes y una de sus aplicaciones principales es rastrear la identidad y actividades de una persona entre varias bases de datos. Desconozco cómo lo haya implementado la Dirección de General de Inteligencia Civil (DIGICI) pero –en teoría– tendría la capacidad de vincular datos registros policiales, documentos de identificación, domicilios, y cualquier otro registro público o privado utilizable para inteligencia civil para encontrar patrones entre todas e identificar actividades que ellos consideran sospechosas. En pocas palabras es sensato pensar que podría utilizarse para vincular las actividades de un individuo en las redes sociales con su domicilio físico en cuestión de segundos. Este tipo de rastreo ya ha sido implementado para vigilar y rastrear a los activistas del movimiento Occupy por las autoridades en varios lugares de los EE.UU, no está de más hacer énfasis que ha recibido duras críticas de parte de la sociedad civil.

Muchos calificarían ciertas acciones de gobierno como «chapuces» o «hechas a golpes» pero hablando en serio no deberían serlo y el Estado tampoco debería acceder a la información personal de ningún ciudadano sin una orden judicial que respalde y autorice la causa. En resumidas cuentas: bajo ninguna circunstancia el gobierno debería estar hackeando nada.

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Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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