El guardaespaldas del Mico (Crónicas de un mundo maravilloso)

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El mundo, por entonces, estaba dividido en Oriente-Occidente, Rusia comunista y Estados Unidos anticomunista. Eso lo aprendimos de don Luis, un vecino corneto que era judicial y guardaespaldas del Mico Sandoval Alarcón.

Don Güicho –como llamábamos a don Luis– nos enseñaba que los comunistas querían apoderase de Guatemala, no creían en Dios ni respetaban a la Santa Madre Iglesia. Eran terroristas.

Don Güicho pulía semanalmente su 45. Nos mostraba la cicatriz de un balazo que tenía en el estómago y nos explicaba que el símbolo del comunismo era la calavera de la muerte.

Solo de eso sabía hablar. Lo hacía con nosotros, sus vecinos, o con su esposa y sus hijastros e hijos.

Don Güicho era lo que llamaríamos, en nuestra realidad social actual, un extremista ciego, radical e ignorante. Si hoy publicara en algún medio de comunicación, o si hablara por la radio, sería idéntico a esos dinosaurios defensores del terrorismo de Estado, uno de esos tipos brutalmente ignorantes que a todo le ven cara de marxismo, comunismo, terrorismo.

Creo que reencarnó, don Güicho, en los micrófonos y en la palabra escrita de actualidad.

Pero, ojo, éramos niños y para nosotros don Güicho era un gran conocedor de la política nacional. Si pensábamos en gente piadosa, estaba doña Laura; si pensábamos quién era el deportista más deportista del barrio, pensábamos en Julio, el delantero del equipo de futbol local Once Estrellas. Pero si pensábamos en algún político conocedor de la realidad nacional, pues era don Güicho.

Muchos lectores de los dinosaurios actuales, por brutos que estos sean o por ciegos que estén, los consideran una autoridad en temas políticos. Tan grave es el peligro de amamantarlos.

Un día, mi padre y don Güicho tuvieron un altercado. Don Güicho sacó su 45 y se la puso en el pecho a papá. Estaban en calle, de día, ante los vecinos aterrados y nosotros desconcertados (cuantas veces haya escrito aquí “nosotros”, me refiero a 8 o 9 mocosos, en los años 1970).

Mi padre le gritó “Dispare pues, si tiene huevos, dispare, viejo cerote”.

Después nos enteramos de los motivos del problema. Habían sido “motivos políticos”. Mi padre había ofendido al Mico Sandoval, según don Güicho. Le había dicho que eran unos asesinos, que el Mico y todos sus judiciales lo eran. Don Güicho hizo, entonces, lo único que sabía hacer en la vida: sacar su pistola y amenazar con disparar, o disparar.

En este caso, solo amenazó.

No se hablaron nunca más. Aquel “enfrentamiento” fue muy comentado entre los vecinos y vecinas. Mi padre cogió fama de valiente. Contradecir a don Güicho no era poca cosa. Aquel viejo judicial contaba cómo colocaban la capucha con gamezán a los insurgentes o les lastimaban los testículos, entre otras cosas.

Pese al terror vivido en aquel momento (el de mi padre con un arma en el pecho) incluyo esta crónica como parte de un mundo maravilloso porque me sentí orgulloso de él, aunque no entendía ni por qué trató de asesinos a quienes nos defendían de la calavera del comunismo, a los defensores del pueblo y de nuestra Santa Madre Iglesia.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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