El himno más hermoso del mundo

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Arte de Carl-Johan De Geer (1967) de la bandera sueca en llamas, decorada con la palabra “pene” (en el centro) y las frases: “PROFANA LA BANDERA, RECHAZA LAS ARMAS, TRAICIONA LA PATRIA, SE ANTI-PATRIOTA”.

 

Abro la página del servicio electrónico de música que uso para poner la banda sonora de mi vida y en la página principal me sale un nuevo listado de canciones, diseñado y personalizado por el mismo programa. El listado se llama “Made in Sweden” (Hecho en Suecia, el país donde nací y crecí) y es ilustrado con la cara de una de las artistas más famosas de Suecia en este momento. En la descripción dice:

“Si hay algo que sabemos hacer en este país, es hacer música. Entra para escuchar las mejores canciones suecas del ahora.”

Lo que me quiere vender la página es algo que el profesor de ciencias sociales Michael Billig ha llamado “nacionalismo banal”, es decir una representación común y cotidiana de lo que se imagina ser la nación a la que pertenecemos. No es el nacionalismo que nos llama a la guerra, al odio o al exterminio del enemigo, pero es el primer paso hacia esos extremos. El nacionalismo banal nos recuerda a qué grupo pertenecemos y qué cosas nos deberían de inspirar orgullo. Como “Vasaloppet”, la carrera de esquí más famosa de Suecia, que presta su nombre del monarca absoluto Gustav Vasa del siglo 16, un déspota y tirano que supuestamente nos debe de llenar de identidad como suecos. También hay una marca de pan que lleva el nombre “Vasa”, así como una ópera, varias películas, un montón de barcos, una obra de teatro, un sinfín de iglesias, una diócesis de Estocolmo y una ciudad en Finlandia, que estuvo bajo ocupación de Suecia hasta el año 1809.

El concepto de nacionalismo banal está relacionado con la idea de la “comunidad imaginaria”, elaborada por el politólogo e historiador Benedict Anderson. Una comunidad, por supuesto, es un grupo de personas que se conocen e interactúan más o menos a diario. La comunidad imaginaria es un grupo de personas que ya llegaron a tal tamaño que esa interacción se hace imposible. Las personas no se conocen, y aun así se imaginan formar parte del mismo grupo. En Guatemala ya conviven por lo menos 16 millones de guatemaltecos. En tu vida no vas a llegar a conocer ni la mitad de ellos, y aun así la mayoría de estas personas van identificarse como parte del grupo y van a tener una idea de qué significa una expresión como: “así somos los chapines”. No se conocen, pero forman una comunidad, y por lo tanto son una comunidad imaginaria.

Este tipo de nacionalismo no fue posible hasta la llegada de la modernidad. El nacionalismo moderno nace por una combinación de ideas sobre la democracia y el derecho del “pueblo” de elegir sus propios líderes, y el desarrollo de nuevas tecnologías y sistemas de la modernidad, como la introducción de periódicos, ferrocarriles, sistemas de escolarización universal y programas de radio, que hicieron posible imaginar que una gran cantidad de personas, en territorios muy extensos, eran parte de la misma comunidad (imaginaria).

Hoy, las comunidades imaginarias tienen el poder de cruzar continentes y mantener identidades a pesar de las fronteras nacionales. Así, un sueco en Guatemala puede pasar el día escuchando música hecha en su país de origen, y lo mismo pasa con las comunidades de migrantes guatemaltecos en Estados Unidos, por ejemplo. La tecnología hoy día nos permite aferrarnos a nuestras identidades de una manera que no era posible antes, y el mercado nos ayudará en hacerlo mientras resulta rentable.

El punto es que tenemos una opción, y si queremos vivir de manera responsable hay que reflexionar y cuestionar quiénes somos y por qué somos así. Seguir viviendo con los ojos vendados, tragando todo el nacionalismo banal que los medios de comunicación, el deporte, los gobiernos y las instituciones educativas nos ofrecen a diario, significa correr el riesgo de repetir los errores del pasado. Así como en la primavera de 1914, cuando decenas de miles de hombres europeos salieron de sus hogares felices y orgullosos por defender el honor de sus patrias imaginarias, en una guerra que al final cobró casi 20 millones de vidas.

El otro día, en un evento escolar de mi sobrina, la maestra instruyó a todos los niños y adultos de poner la mano sobre el pecho y cantar “el himno más hermoso del mundo”, para inspirar en los pequeños el amor a la patria. Pues, a mi sobrina no le interesaba por nada esa charada nacionalista y seguía jugando sin respetar los símbolos patrios. La sobrina quiere bailar, porque aparte de los nísperos es lo que más le gusta en esta vida, y siendo honestos – son muy contados los himnos nacionales con ritmo bailable.

Creo que lo que necesita el mundo es más gente como mi sobrina, gente rebelde e inconforme que no le interesa cantar el himno nacional de “su país”, pero que sabe bailar y pensar por sí mismos.

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Aron Lindblom

Cada mañana salen de la casa de los dioses los dos cuervos de Odín, Hugin y Munin, para volar por el mundo. Observan y escuchan lo que hacen los humanos y en la tarde regresan a contarle todo. Siendo un inmigrante sueco en Guatemala, me encuentro como Hugin y Munin, lejos de mi casa, a veces un poco perdido, contemplando la realidad guatemalteca y contándole todo a quién quiera leer.

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