“¡El horror! ¡El horror!”

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Guatemala ha pasado por diferentes tipos de terror, aunque siempre propiciado por el status quo. Desde la época de la conquista hasta la fecha, las formas de infundir miedo a la población se han diversificado. Quienes nacimos y crecimos en la capital, y ya teníamos plena conciencia, nos salvamos de vivir la violencia de “tierra arrasada”, solo nos enteramos de lo que los medios convenientemente difundían; pero en la memoria están las bombas que estallaron en edificios y en el parque central.

La violencia selectiva de la década del 70, cuando líderes políticos, sindicalistas, estudiantes, y todo aquel que tuviera ideas contrarias al sistema, fueron asesinados, desarticuló cualquier oposición que hubiera o que pudiera gestarse, con lo que el miedo se extendió por generaciones.

La violencia ha mutado y del terror selectivo se ha pasado al general, en donde todos podemos ser víctimas de extorsiones, asaltos, asesinatos, violaciones, y todas las variables.

Somos gente sometida al terror sistemático. Andamos en la calle con miedo al otro, apretando con fuerza nuestras pocas pertenencias, mirando por encima del hombro, desconfiando de todos los que pasan cerca. El miedo es justificado, porque la violencia nos puede alcanzar en cualquier lado. Aquí asaltan en los buses, en los semáforos, en las calles, en las casas. Aquí balean a personas en el tráfico, en los restaurantes de comida rápida, en los centros comerciales, en los supermercados, en los balnearios. El nivel de impunidad es tal que los delincuentes no temen cometer sus fechorías en lugares transitados o concurridos.

Mientras el criminal no tiene miedo de actuar en cualquier lugar, porque se sabe protegido por la ingobernabilidad propiciada por el sistema, el ciudadano común vive cada día más aterrorizado y se encierra entre muros, detrás de vidrios polarizados, entre rejas, alarmas o alambre de púas; la tranquilidad existe solo si se estima que nadie podrá penetrar el bunker personal.

Aquí cualquier día masacran a familias enteras dentro de su vivienda o acribillan a alguien que come en Pizza Hut o hace compras en un supermercado Paiz. Nadie está a salvo.

La vida en este país es un interminable viaje hacia “el corazón de las tinieblas”. Río adentro vamos desbocados. Todos somos Marlow y nuestro destino final es: “¡El horror! ¡El horror!”

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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