El hoyo de la zona 2 y la incertidumbre interna del guatemalteco (Tercera entrega)

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El mundo se viene cayendo a pedazos, eso es tan claro para quien camina en la calle Martí. Un hombre salía a hacer una llamada a un teléfono público cuando algo se abrió debajo de él. No fueron los cielos, como lo habrían podido predicar los pentecostales o los escuadrones católicos. Fue el suelo. Una noche se derrumbó una calle en la zona 2 llevándose consigo parte de una casa, un teléfono público y un hombre. Un caudal oscuro se llevó consigo pedazos de banqueta, un teléfono descolgado y un hombre desconcertado. Arriba el mundo parecía ser sólido: una calle, una tienda extorsionada, una panadería donde trabaja todo el día una joven, encerrada tras las rejas del comercio. Todo el día. Eso es solidez, aquella de la que tanto hablan los bancos y que a veces confunden con liquidez. Otra manera de caer en las aguas putrefactas de este enorme inconsciente concreto de la sociedad.

El Banco de los Caficultores deja de existir y sus principales dirigentes se hacen, por arte de magia, administradores de millones de dólares. Mientras, como el hoyo de la zona 2 o de la zona 6, un anciano lee en el periódico cómo los ahorros de su vida de repente ya no existen. ¿Qué habrá pensado ese viejo cuentahabiente al ver cómo la solidez y la liquidez son tan móviles como un papel higiénico en un retrete? Esta ciudad, tan generosa en la desfachatez de ostentar los barrancos habitacionales junto a la riqueza y los centros comerciales, ofrece tantas imágenes para experimentar, pensar, sentir, vivir la miseria. El anciano pudo haber reflexionado con la vista al este de la calle Martí, bajando por la José Milla. Parado en el puente Belice se observan las casas de lámina levantadas al borde del desagüe, otrora río Las Vacas, ahí donde la lucha de clases incumbe tanto a vivos como a muertos.

El agua defecada, edulcorada, enjabonada abre el horizonte de la disputa entre las champas debajo del puente, los nichos del cementerio cipresales y las nuevas bodegas-business center del alcalde arzú. Entre las tres opciones, para el anciano de Bancafé, posiblemente la única con seguridad podría haber sido la muerte en el nicho familiar, las otras dos opciones exigen mucha competencia. El suelo social se nos abre todos los días a los habitantes de ciudad de Guatemala, ese conglomerado arrinconado de paupérrimos y temerosos de llegar a serlo, entrenados en el bueno y sano ejercicio de la tradición, de saber llevar la carreta todos los días y cerrar los ojos al caos imperante. A un costado de la pasarela del mercado la Parroquia hay una serie de grafittis. Varios son firmas que evitan que las letras sean cristalinas, como evitando una clara identificación con el artista.

Los grafitis no tienen ninguna alusión política como aquellos que se encontraban a inicios de los noventas en la zona 6. Recuerdo uno: “¡Muerte a los burgueses!”. De niño solo me intrigó qué era eso de los burgueses. Ahora la mayoría de grafitis son firmas anónimas casi indescifrables si no es para un pequeño círculo de artistas urbanos. Aparecen en puertas de metal, en los asientos traseros de una camioneta, en paredes con block, en los lados de los teléfonos públicos. Cada  uno se mueve como parte de ese mundo subterráneo pasado por alto todos los días pero presente, o potencialmente actualizado, en las torrentadas que abren círculos concéntricos desde abajo. Ante tanta jerga políticamente correcta de organismos no gubernamentales o de congresos, ¿tendrá algo qué decirnos ese enorme movimiento oscuro, anónimo, a veces lleno de musgo, de lo olvidado en urbes de guerra como Guatemala?

[1]             [1] Fotografía: Arturo Goga, 31 de mayo 2010.

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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