El niño del tambor

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Apenas cumplió los cinco años. Como la mayoría de los niños de su edad es inquieto, preguntón y gusta de ser tomado en cuenta para todas las tareas. Su memoria es impresionante. Con repetirlo de a poco es capaz de aprender una canción, lo mismo en español que en su idioma natal. Dichos y refranes forman parte de su vocabulario. No ha ido a la escuela un solo día de su vida pero parece todo un veterano. El nacimiento no habría quedado completo ni brillante sin su valiosa, incansable, curiosa y paciente ayuda.

Mientras sacudía pastores y ranchitos, tarareaba la melodía que se ha vuelto su himno en las últimas semanas: “El camino que lleva a Belén… ro po pom pom, ro po pom pom”. Sabe cómo se llama la canción y le gusta, por eso la canta, dice, porque todos los niños deben tener un tambor.

Pensé. Todos los niños deben tener un tambor, un juguete, un cuaderno, un libro, una computadora, una casa, un plato de comida cuando sientan hambre, un abrigo cuando sientan frío, un abrazo cuando sientan miedo. Todos los niños deben tener un futuro. Un país que les asegure el pan, la escuela, la salud, el ocio y la libertad.

Un país que todavía no se ha construido en Guatemala. Aquí, al igual que el niño del tambor, la mitad de sus congéneres sufre de desnutrición. La plata no alcanza para asegurarles una dieta balanceada acorde a sus necesidades. Tampoco es suficiente para garantizarles calzar y vestir adecuadamente, con ropa de su talla. Si es que logra llegar a la escuela, estará en un centro educativo en el que quizá sus maestros no estén contratados o, peor aún, puede que tengan contrato pero no posean la formación requerida. Además, estará sujeto a un esquema educativo que lejos de contribuir a desarrollar su pensamiento crítico, intentará adormecerle y asegurarse de que no cuestionará la exclusión en que ha vivido, ni la corrupción con que los gobernantes ejercen el poder.

Pienso que la curiosidad natural del niñito del tambor merece estar nutrida. Es la materia prima del verdadero desarrollo. Ese que representa la construcción de un futuro con base en lo que la gente quiere y necesita a partir de sus propias decisiones y no de la imposición de patrones culturales excluyentes.

El niño del tambor merece un futuro. Merece poder asistir a la escuela hasta culminar una carrera, educado en su idioma. Merece que el sistema de salud le proteja y le garantice la atención que requiera. Merece poder salir o jugar sintiendo seguridad de que nada malo habrá de sucederle. Merece vivir en un espacio digno, con los servicios necesarios. Merece vivir como un niño con futuro. Y el país merece que todas las niñas y niños del tambor vayan a la escuela, crezcan cuestionando y generando el progreso que sirva a su realización como personas, sin que su vida este empeñada por las deudas,  encarcelada por la miseria o cercenada por la violencia.

Para que ese niño del tambor tenga el país que merece, falta mucho por hacer. En el 18 aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, bien vale la pena retomar el camino y darles un nuevo empuje. Y a fin de que sea efectivo, rechazar todo intento de volver al pasado. Repudiar las intenciones de obsequiar con amnistía a los criminales violadores de derechos humanos, a los que desaparecieron, violaron, torturaron y masacraron amparados en la impunidad. Ellos y sus patrocinadores son responsables del riesgo de que hoy esté en duda el futuro de todas las niñas y niños del tambor en Guatemala.

Y porque ese niñito del tambor me recuerda muchas veces a otro niñito zapatero y después mecánico, emigrado al Norte y anclado como obrero de las fábricas de pan, o porque en ocasiones también me recuerda a una niñita buhonera, convertida en auditora de derechos laborales, acompañante de defensores y cultora del performance de contenido, aspiro a que su melodía siempre sea de felicidad. Por eso, levanto mi voz contra la amnistía, el olvido y la impunidad. Levanto mi voz por la paz y el niño del tambor.

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About Author

Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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