El pase fantasma de Pirlo

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yoPor Wiliam Ajanel*

Italia, esa selección nefasta y ganadora. Tan desesperantemente genial, a un solo título de igualar a la máxima campeona de los mundiales, Brasil. Algunos maldicen el catenaccio que salió de sus entrañas, otros, han alcanzado la gloria a la salud de esperar y desesperar al rival, grandes defensores, modestos goleadores.

Alguna vez me imaginé caminando en alguna callecita de un pueblo en la Toscana, entre viñedos y campos de girasoles, como en las películas cursis que hacen de romances pasajeros de verano. Así, pero no tan cursi, solo buscando esa emblemática y bien publicitada tranquilidad de pueblo mediterráneo.

Y me apetece ahora, en la misma línea fantasiosa, encontrarme a ese genio de aspecto tranquilo e interesante, como todos los tipos con barba que parecen mucho mayores, sentado a la sombra de alguna pérgola, con una copa de vino en la mano; encontrarlo y pedirle que me explique en qué momento decidió ser un artista. Que me explique cómo encontró la manera de sortear un trabajo tan rudo y de mucho esfuerzo físico, para convertirlo en obras maestras, dignas de museo, de relatos y pinturas. Que me explique por qué el arte de hacer un pase es algo más que patear una pelota.

Es que parece que un partido contra Inglaterra es para perderse; quizá había pasado mucho tiempo y los jugadores no sabían si querían más hacer daño o no permitir que se lo hicieran; o porque esa casi media hora de ir y venir se miraba como un panorama confuso, como esos partidos en donde -citando al comentarista de fútbol promedio- “todo puede pasar”.

Pero de hecho, así sería, luego de un tiro de esquina que se perfilaba prometedor, el artista, haciendo uso de un recurso de genio, logra engañar al rival, al estadio y al mundo entero que lo ve pasar. Inventa el “pase fantasma”, la asistencia magnífica que abriría el marcador y daría a la ventaja a Italia con el gol de Claudio Marchisio.

Ir por la pelota, jalar la marca, hacer el amague y dejarla pasar, suena fácil, de cajón; de ocurrencia de niño insolente jugando un partido en la calle, pero no. El pase o asistencia fantasma de Andrea Pirlo es el mármol convertido en “el David”, de un pelotazo de esquina que busca un jugador, pero en vez de eso, encuentra a un Miguel Ángel. Y mientras la mayoría grita el gol, otros, muchos, nos agarramos la cabeza y preguntamos ¿cómo? ¿Cómo puede ser que algo tan sencillo, tan rústico y tan banal pueda ser tan hermoso?

Es que el fútbol puede estar ausente de un discurso, pero no de narrativa, de arte puro y bello. Porque el fútbol es esa cosa que nos sorprende y nos inclina hacia emociones muy básicas, nos humaniza y nos sorprende. El fútbol es ese arte en donde no hacer nada, es hacer demasiado ¡Qué grande es Pirlo!

 

*Wiliam Ajanel: Discipulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intenter ser feliz.

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Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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