El pez por su boca muere

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El presidente Otto Pérez Molina, general retirado del Ejército, ex director de Operaciones y de Inteligencia Militar, fue categórico en su discurso. El 29 de diciembre, en los actos oficiales de conmemoración de la firma de la paz en Guatemala, se refirió a la amnistía. El dijo, palabras más, palabras menos, que nadie firma la paz pensando que va a ir a la cárcel. Una expresión que refleja, sin lugar a dudas, las circunstancias en las cuales los mandos militares suscribieron los acuerdos que pusieron fin al Conflicto Armado Interno (CAI).

De las palabras del hoy gobernante y signatario de los tratados se desprende la consigna central de los oficiales castrenses: la impunidad por cualquier crimen es la recompensa por los servicios prestados. Impunidad que buscan obtener a toda costa, pese a que las evidencias muestran sin duda alguna la responsabilidad de los agentes del Estado en crímenes contra la humanidad. Desaparición forzada, tortura, ejecución extrajudicial, violencia y esclavitud sexual, tratos crueles e inhumanos, aniquilación de poblaciones, actos de genocidio; una gama de delitos que fueron perpetrados contra la insurgencia y contra la población civil no combatiente.

En nombre de la defensa del Estado, convertido en una especie de entelequia, los gobernantes, casi todos militares, y el Ejército en su conjunto, sirvieron a los intereses del amo capital para acabar, cual hordas de barbarie, con toda expresión de rebeldía o descontento. La destrucción de la vida y la comunidad fue seguida por la aniquilación del tejido social y la desarticulación de la estructura cultural.

Todas estas acciones fueron realizadas en el marco de un plan de guerra, concebido, diseñado, desarrollado y ejecutado hasta el último detalle, por los mandos militares a cargo de la estrategia contrainsurgente. Quitarle el agua al pez. Una frase de tan solo cuatro palabras, represento en esencia la muerte de un cuarto de millón de personas, la desaparición de más de cuatro cientas aldeas, el exilio de medio millón de connacionales, la orfandad de cerca de un millón de niños, la violación sexual de miles de mujeres en todo el territorio.

Todos los delitos cometidos por los agentes del Estado en contra de su propio pueblo, son los hechos por los cuales las asociaciones de víctimas y las organizaciones de derechos humanos, buscan la obtención de justicia en los tribunales del país. Un esfuerzo que lleva décadas de golpes contra el muro de la impunidad que aun domina al sistema.

Parte de ese esfuerzo ha sido el juicio por genocidio, en el cual se procesa al dictador y ex jefe de Estado José Efraín Ríos Montt, así como a su jefe de inteligencia, José Mauricio Rodríguez Sánchez. No son los únicos acusados. Son los únicos aun vivos en condiciones de enfrentar los tribunales por los crímenes que cometieron. En el juicio concluido en 2013, Ríos Montt fue condenado a 80 años por el delito de genocidio. Rodríguez Sánchez fue absuelto. No obstante, al quedar en suspenso la condena, un nuevo proceso habrá de iniciar el cinco de enero de 2015.

De nuevo las victimas habrán de declarar, lo que significa volver a victimizarlas. De nuevo los peritaje habrán de ser escuchados y presentados. De nuevo, con seguridad, la defensa recurrirá a cualquier artimaña o comedia barata para enturbiar el proceso. De nuevo también con certeza, la verdad será expuesta y, será inobjetable: si hubo genocidio y debe ser juzgado.

Y debe serlo, en un juicio en donde los acusados se beneficien de las garantías procesales y las victimas tengan oportunidad y derecho de alcanzar justicia.
Si ante la alternativa de que eso suceda, al presidente le tiemblan las canillas, más que abogar por la impunidad disfrazada de amnistía, le conviene dejar que las cortes cumplan su misión con independencia.

 

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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