El poderoso rugido del León de Praga

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yoPor Wiliam Ajanel

A muchos les podrá sorprender, pero hace no mucho tiempo, la élite del fútbol europeo y mundial en general, no se concentraba en ver cuántos goles hacía Messi o que tan alto saltaba Cristiano Ronaldo. Hubo un tiempo, cercano por cierto, cuando la delicia del buen fútbol se cobijaba en los pies de genios provenientes de países que a muchos les costaría ubicar en el mapa hoy en día, países que ya ni siquiera existen y de donde nadie imaginaría, se manifestarían grandes futbolistas de una época gloriosa del balompié.

Inicios de la década de los dos mil; sobrevivimos al cambio de milenio, sin que las computadoras tomaran el control de la tecnología y los sistemas informáticos, de hecho, fue tan intrascendente que solo nos dio una excusa para sentirnos hombres de futuro, gente que se suponía iba a andar en carros voladores y resulta que no pudimos prescindir ni siquiera del petróleo. Había que continuar, había que llevar la vida al calor de los instintos y pasiones más básicas, y ahí estaba la pelotita, rondando en los campos de Europa, desde Kiev hasta Londres, desde Roma hasta Ámsterdam.

Y apareció el León de Praga; había escuchado de su gran desempeño a finales de los noventas, en la Lazio, que entonces ya era decir, con una Liga italiana de temor, ni de cerca parecida a la de hoy. Pero siempre fui un yonqui de La Liga española; días malos para ser hincha del Barça, por cierto, con una directiva que iba en picada y un equipo que no despertaba ilusión. Aunque no vine a hablar del Barça, pero ha de tener mención especial, porque fue esa temporada cuando me deslumbró la calidad de aquel hombre pequeño (¡qué pequeño! 1.77 metros de altura, pero bueno, es Europa), rubio, habilidoso y con una singular manera de correr por la banda izquierda y encaminarse hacia el centro.

Conocí a un tal Pavel Nedved, y lo odié. Porque a pesar de estar consciente de que ni con el conejito Saviola en la cancha el Barcelona podía aspirar a llegar lejos en aquella Champions, tampoco era admisible quedarse en cuartos de final frente a la Juventus. Pero qué bueno era el rubio, qué frío me quedé cuando vi el pase filtrado de Edgar Davids por la banda izquierda y lo vi pasearse por el centro del área y comenzar a matar todo rasgo de ilusión en el equipo blaugrana. Silencio en el Camp Nou y euforia en el equipo bianconeri.

Un golpe de suerte, pensé. Como buen vicioso y resentido, esperé ver la siguiente fase, las semifinales, pero no me hacía feliz, era ver ganar al verdugo del equipo de mis amores o al eterno rival. Qué más da, alguien tenía que perder y yo no iba a ver una Champions (en diferido, desde luego) en Canaletas hasta unos cuantos años más tarde. Así que me puse a ello.

Primer encuentro de la Juve de Del Piero, Trezeguet y Nedved, contra aquel bien publicitado Real Madrid de “los galácticos”. El Bernabéu celebró el partido de ida. Llegué a pensar que a lo mejor aquella Juve no iba a alcanzar para remontar frente a los merengues, después de todo eran los galácticos, no había color en pensar que Zidane, Ronaldo y Figo no podrían contra la Vecchia Signora. Pero Italia era Italia, y el delle Alpi de Turín iba a presenciar una de las típicas remontadas de Champions que tanto nos han comido los nervios. Partido recio, peleado de principio a fin, pero con un claro protagonista, la Juventus. Pudo haber sido un recital de la Juve o bien acabar en tragedia para la Vieja Señora de haber anotado Figo ese nefasto tiro de penalti que Buffon detuvo con el alma, para ser específicos.

Y aquí es donde los héroes nacen, al minuto 73, un pase largo de Zambrotta que de inmediato todo mundo sabía cómo terminaría. Al ver la carrera de Pavel por el centro de la cancha. No había nada qué hacer, ya lo habían visto decenas de veces preparar ese cañón que tenía en las piernas, porque, habrá que decirlo, el desventurado era hábil con ambas piernas. No puedo imaginar el vacío que sintieron los merengues en el estómago, en ese instante en que Nedved, con precisión milimétrica, calculó la caída del balón frente a su pierna derecha y la potencia con la que disparó hacia el arco de un Casillas que voló, como detalle para el trabajo fotográfico de los periodistas. El León rugió, rugió en casa y llevó a su equipo a la final de la Champions de esa temporada. El resto no le quita mérito, perdió una final que no jugó por acumulación de tarjetas.

El hombre león lo hizo, defendió la valía del Balón de Oro que recibió ese mismo año, que no era poca cosa, si en la lista había candidatos como Thierry Henry o Paolo Maldini; mientras que en las canchas, hombres como Andriy Shevchenko, Zidane o el mismísimo Ronaldo.

Y bendito el Internet, que hoy en día nos permite rememorar las glorias de Pavel, porque quienes nos perdimos sus inicios en el fútbol checo y su consagración como crack en la Lazio, hoy entendemos que no fue casualidad, que detrás de esos tiros mortales a media distancia, hubo sacrificio y calidad, que a pesar de ser mediocampista, su naturaleza era ir hacia adelante, al ataque, como los leones, con poderío y hambre, mucha hambre de gol. Desde entonces no recuerdo a jugadores centros tan tirados a la izquierda que lograran tener esa explosividad, esa velocidad y capacidad de llegar hacia el centro (probablemente Iniesta sea mucho mejor, pero no en definición como Pavel), pero se admira la capacidad de anticipar el bloqueo de la defensa, de ir con la inercia de la jugada a caer en el césped, pero justo después de colocar el balón en las redes de los rivales.

Y finalmente, otro rasgo difícil de encontrar en jugadores de la actualidad, el amor por la camiseta. Pavel se casó con la Vecchia Signora, con un retiro digamos prematuro, el León de Praga juró amor eterno a la Juventus y hoy en día, sigue siendo uno de sus principales directivos. Una historia de amor que lo llevó incluso a ser fiel en los momentos más difíciles, como aquel descenso forzado por arreglo de partidos, en donde también fue héroe y devolvió a la bianconeri a la Serie A. Mucho qué escribir de Pavel, muchas las historias de su recorrido por Italia y Europa, mala fortuna por no ver un título “mayor” en su carrera, pero mucho agradecimiento por la calidad que dejó ahí donde puso un pie. Hoy recordamos la leyenda, la leyenda del León de Praga.

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Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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