El poeta de negro (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Las lecturas de poesía me aburrieron en un tiempo, pero siempre las mantuve en mi agenda porque sin poesía, dicen, no hay vida.

De niño aprendí que los poemas eran cosa de viejos. Poeta era el profesor de Ciencias Naturales que declamaba el Día de la bandera o al maestro en su Día. Su vozarrón calaba los huesos adormecidos de los estudiantes formados en el patio.

Alguna vez, oí gritar –a otro poeta– cosas como: “¡Oh, Flor de las Juegos Florales! ¡Musa de los paisajes floridos de nuestra tierra”. Mis prejuicios aumentaron hasta que conocí el otro lado de las cosas. Me enteré de poetas que llevaron las expresiones hasta la irracionalidad absoluta:

“Rrrrummmm!!!! (gritando)
RrRrRrRrRrRr
RrRrRrRrRrRr
RrRrRrRrRrRr
RrRrRrRrRrRr
Rrrrrrrrrrrrrrrrummmmmpffff tillffff tooooooo?”
(URSONATE, Kurt Schwitters. Fragmento)

Cuánta sonoridad. Al principio, es como que se estén burlando de uno, pero cuando se coge su sentido fónico la cosa se eleva, va más allá de las palabras y de su pobre militancia gramatical o sintáctica.

Lo más sorprendente, para mí, fue enterarme de que esos y muchos otros poemas todavía más extraños habían sido compuestos en los años de 1920.
Así la cosa pues, ya me gustaba; por eso, asistía a sitios donde pudiera aprender algo semejante. Fue en una de esas lecturas que vi y escuché al poeta Simón Pedroza. Él entraba en éxtasis cuando leía. Elevaba la voz, se subía a las mesas, gritaba. Era atrevido.

Entre sus poemas había uno que se llamaba “Yo caja” y recuerdo que cuando lo leía, o más bien, cuando lo decía de memoria, gritando, susurrando, se volvía todo él una caja, no sé, algo en él se hacía parte de lo que decía; de pronto era el vacío y decía “yo el vacío…” y se hacía vacío. Hacía tronar su voz, se mezclaba entre el público, arañaba el aire. Una vez llevaba un martillo y le dio al suelo, a la mesa, sin quebrarlos, suavecito, pero les daba. Erizaba tanto que uno se decía qué pasa si de pronto lleva su presentación a otros niveles más interactivos y nos mete un martillazo. Para ser más exacto, para hablar como son las cosas, no era que pensara a qué hora lleva su presentación a otros niveles sino a qué hora nos mete un vergazo.

Y cómo no iba a ser posible, si para entonces ya Nijinsky se había masturbado en el escenario ; ya The Who había estrellado guitarras; ya Jimmi Hendrix había quemado la suya y ya Valie Export se había paseado desnuda en la calle mostrando su vulva pero armada con una metralleta gritándole a los espectadores.

Afortunadamente, lo de Pedroza no pasó a más. Sus poemas me alcanzaron, pues aprendí mucho de él. De sus letras, libros e intervenciones. Nunca hice ni haría algo así, pero aprendí niveles de coraje y poesía harto interesantes. Confieso que a veces le hacíamos burla, con amigos poetas y yo, y nos subíamos a imitarlos sobre las mesas de las cantinas.

Simón Pedroza no solo fue un intérprete de sus propios textos. En un tiempo, él y un grupo vestidos de negro se sentaban en el parque central, frente al palacio, en una protesta silenciosa.

Para quienes no lo conozcan –físicamente, digo, pues sus libros los tiene Editorial Alas de Barrilete– lo describiré: entrando hasta el fondo, al lado izquierdo del altar central de la Iglesia de Santo Domingo, en la zona 1 de la ciudad de Guatemala hay una pequeña capilla. Allí se vela a un Señor Sepultado. Pero no es a él a quien me referiré, sino a una imagen de Jesús que está a la entrada de esa capilla. Es la de un Jesús arrodillado y con el torso desnudo, que nos recuerda la crueldad de algún judío maldito que habrá estado detrás pegándole. De hecho, es una imagen procesional. El rostro de ese Cristo es idéntico al del poeta Simón Pedroza. O al revés, el poeta es idéntico al rostro de la imagen de ese Jesús. Y lo digo como algo que me parece real, sin intención iconoclasta alguna.

De Pedroza sabemos que ha tenido éxito como poeta y tallerista de libros y cuadernos artesanales. De hecho, creo que por estos días anda en Alemania, o Suecia, haciendo lo que sabe: poesía, talleres, humanismo, arte.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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