El racismo después del multiculturalismo

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La columna publicada por Martín Banús la semana pasada en La Hora es una apología del odio y del delito [1] y sin entrar a la discusión sobre la libertad de expresión –no porque no crea que sea importante, sino porque no es el tema que quiero tocar hoy–, me parecen interesantes las repercusiones a la misma, especialmente las que le daban la razón al columnista, demostrando que el racismo sigue imperante en la Guatemala del siglo XXI, que las políticas de la identidad, que el multiculturalismo y los discursos de tolerancia e inclusión en realidad solo nos han hecho navegar hacia la correctividad política, pero no han podido atacar efectivamente el racismo, por no haberse atrevido a aceptarlo como estructural e inherente al proyecto político que es Guatemala.

El multiculturalismo derivado de los Acuerdos de Paz, permitió que se comenzara a prestar más atención al uso del lenguaje, a presentar una cara más tolerante e inclusiva. Los pueblos indígenas, históricamente despojados y desposeídos, fueron aceptados en el imaginario de lo nacional pero reduciéndolos a lo cultural y folclórico, logrando así una despolitización. Se empezó entonces a hablar de etnia y no de raza.

La raza como una clasificación taxonómica-biológica es una ficción –no hay razas humanas, como sí hay razas de perros–, pero una ficción poderosa que sigue operando actualmente y que sigue configurando las relaciones sociales en la Guatemala del siglo XXI. No hay razas, pero hay racismo; quedarse con las políticas de reconocimiento, oculta la pervivencia y reproducción de este.

Las reacciones públicas que ha desatado la infame columna debieran ahora servir para motivar una discusión seria sobre la complejidad del racismo y su vinculación con otras formas de opresión, como el patriarcado y el capitalismo en la conformación de nuestra sociedad actual. Porque racismo no es solo discriminación hacia los grupos indígenas, sino también el deseo por la blancura.

Buscar parejas blancas o que denoten rasgos de blancura para obtener un mayor prestigio social; presumir del pelo canche que se tuvo de bebé; considerar a los pueblos indígenas como sujetos culturales y folclóricos, pero no como sujetos políticos; pensar que las personas blancas son más bellas y más inteligentes; presumir de tener un apellido europeo o de abolengo; todo esto y más son ejemplos de racismo, más sutiles quizás que la columna de Banús, pero que siguen presentes en nuestra cotidianidad y que tienen efectos directos sobre las vidas de las personas: familias peleadas por no seguir el dictamen de “mejoramiento racial”, sentimientos de inferioridad por no ser tan bellos o tan inteligentes, estigmatización y prejuicios por el color de la piel o por el apellido.

Probablemente el racismo seguirá perviviendo por bastante tiempo más pero si la intención es reducirlo efectivamente, se debe tener cuidado de no caer en la trampa de la correctividad política y la despolitización, sino a enfrentarlo, a reconocerlo en nosotros mismos –por más progres que creamos ser– y a comprender su complejidad desde una perspectiva histórica y política, entendiendo lo político como un arte de invención, de contingencia y de conflicto.

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[1]
-Código Penal art. 202.
-Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (Resolución 2200 A XXI) de la Asamblea General de las Naciones Unidas

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Andrea Tock

Curiosa, preguntona, torpe y ridícula. Estudié Ciencias Políticas y trabajo en investigación social. Disfruto comer, ver fútbol, escuchar música y hacer el amor, entre otras cosas. Me gusta el azul. Escribo para dejar registro.

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