El suicidio de mi padre (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Nos volvió más tristes y posteriormente más felices. Mi padre bebió su cicuta un 23 de diciembre y murió un 24 de diciembre, después de retorcerse y entrar en un estado catatónico. Más suave habría sido pegarse un balazo, pero, cuando se tiene el privilegio de elegir, pues cada cual decide cómo.

El parte médico dice que mi padre murió a las 12 de la noche con 5 minutos.  Quiere decir que fue  casi junto con la cuetería de las doce de la noche. Expiró en un hospital aquel hombre de 43 años, infernalmente intoxicado, que no podía más con su vida hasta que se le detuvieron sus pulmones y el corazón. Murió de un “infarto cardiopulmonar” dijimos durante años en mi familia. Fue el dictamen oficial materno para no sentir culpa y también para evitar que se nos viera como gente despiadada parida por un suicida.

Nunca fuimos una familia muy normal. Éramos el prototipo de la disfuncionalidad. Lo que no había eran golpes, pero sí bastante desaprobación, resaca, mortal psychological combat y culpa.

Yo era casi un niño cuando vi a mi padre beber un compuesto químico que él mismo agitó dentro del frasco. Nos manteníamos los dos solos en casa. Era lo normal porque mi madre y mis hermanas andaban fuera de casa. No era él un tipo haragán, al contrario, tenía su oficina de hacer de todo en casa y lo que ganaba era prácticamente nuestro.

Aquel 24 de diciembre, a las doce de la noche, me quedé solo en casa porque toda mi familia se había ido al hospital.  En realidad, no estaba solo ni en casa, sino en la calle y quemando cuetes con mis mejores amigos. A las doce de la noche, nos dimos un abrazo, comimos gratis en todas las vecindades y seguimos en la calle. Era lo que hacíamos siempre, desde más niños. Esperábamos todo el año esos momentos. Lo demás no importaba. La felicidad estaba en cada estallido y en observar a los mayores bailar barriendo el pino, emborracharse, carcajear y darnos dinero.

De manera que siguió nuestra rutina. Al amanecer, ya clareaba cuando mis amigos y yo estábamos agotados, sentados en una grada de la calle, cabeceando (“bando al que se duerma, muchá”, “bando si no amanecemos”), cuando se parqueó un carro de la funeraria.

Siempre me he preguntado cómo es que los agentes de funerarias difunden antes que cualquiera la noticia de un muerto. Esa vez, sin embargo, fallaron. Seguramente sabían de mi familia en el hospital, pero llegaron  preguntando por mi nombre.  Creyeron, sin duda, que yo era un señor que tenía las posibilidades de autorizar sus servicios con una firma.

El caso es que me enteré de la muerte de mi padre un 25 de diciembre, como a las 5 de la mañana. No era que no lo quisiera, pero, la verdad, lloré solo porque los vecinos me abrazaron; “tráiganle agua”, decían y me consolaban.  Lloré porque consideré que era lo correcto en esos casos.

Y  lloró mi familia por muchos años cada noche buena, cada celebración de año nuevo, cada cumpleaños. Odiaba estas fechas porque en mi casa, a las doce de la noche, no se quemaban cuetes sino lágrimas. Hice lo mismo que ellas durante años, como una tradición familiar.  Hasta que fui adolescente.

Con el tiempo, se apagó el ritual en casa. Alguien quemó de nuevo cuetes, a las doce; luego, oímos música y finalmente se armaron otra vez las parrandas.

Admiro la valentía de mi padre. Ya no podía con su vida. Fue mejor eso para él y para nosotros. Si hubiese vivido, enfermo y muriendo cada día un poco, nuestra infelicidad habría demorado mucho. Confieso que, aún de adulto, idealicé su recuerdo: era un superhombre, sereno, dadivoso, sonriente, muy sabio. Mentira. Mi padre fue un hombre como yo soy ahora, ni prudente ni sabio ni sereno. Si viviera, chocaríamos y quizá ya nos hubiésemos ido a las manos.

Fue duro verlo retorcerse antes de que se lo llevaran al hospital; fue duro verlo con los ojos desorbitados, todavía vivo, viendo cosas; fue duro verlo con la mirada perdida, uniendo su índice y su pulgar a la manera budista (algo de eso y de rosacruz tenía) como  despidiéndose de la vida. Fue duro sufrir en casa durante años cada navidad y cada año nuevo. Sí, fue muy duro, pero luego vinieron el relajamiento y la  felicidad. Vino un amor al padre suicida. Algo abrazador. Mi gratitud, con los años, ha sido inmensa. Ya no lo idealizo, lo recuerdo con amor. Quiso hacerse a un lado porque no soportaba la vida y eso, para mí, tiene un sentido de verdadera sabiduría.

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Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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