El traje nuevo del Emperador

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Por Karla Schlesinger*

“Shhhh cállese, se va a meter en problemas…”

karlaschlesingerNo sé cuántas veces leí y re-leí el libro de cuentos de Andersen. Cada lámina ilustrada tenía una hoja de papel cebolla de protección. Puedo decir con certeza que mi amor por la lectura empezó con ese libro.

Algunos de los cuentos me parecían muy extraños, pero hubo uno que siempre me encantó: El traje nuevo del Emperador. Muy cortito, pero siempre intuí que contenía un gran mensaje. Lo que nunca me imaginé fue que se volvería un emblema en mi vida sobre la libertad de expresión y la denuncia de la hipocresía.

Por si no lo conocen, trata de un emperador que se deja convencer por dos sastres itinerantes que ellos pueden coserle un traje con hilos mágicos, invisible solo a los estúpidos e incompetentes. Todos fingen ver el traje hasta que el Emperador se pasea frente a sus súbditos y una niña dice “pero si no lleva nada puesto.”

Los niños no necesitan fingir, pero poco a poco la sociedad con sus normas va inculcando sus censuras. Vaya si no lo sabré yo, que crecí en lo peor de la guerra civil. “Cuidado, no digás eso, alguien te puede oír.”  Todos aprendimos a ver para otro lado cuando los árboles estaban cubiertos de zopilotes.

Pronto descubrí que había “formas de decir las cosas” y que casi siempre era mejor callar. Me valió un par de jalones de orejas a mi paso por los hospitales al decir cosas incriminatorias en mis papeletas. “Shhhh no diga eso, se va a meter en problemas.”

Con el tiempo he aprendido que el silencio realmente es oro y que muchas veces lo que no se dice pesa más que mil palabras. Hay mucho bueno qué decir sobre la prudencia. Pero el asunto es que callar siempre debe ser voluntario.

El pez por su boca muere, dicen. Cierto, pero ese miedo a ser el pescado muerto nos ha vuelto ciegos, sordos, mudos e indiferentes al sufrimiento ajeno. “No es mi problema, no se puede hacer nada, me da pena, hay que respetar…”, son algunas de las consignas de la censura. Cuando sentimos, ya ni siquiera sabemos lo que pensamos, simplemente porque no nos atrevemos a pensar algo que pudiera ser controversial. Y de repente empezamos a repetir la opinión que es consenso en nuestra tribu.

Todo cambio social ha sido producido por quienes se han atrevido a nadar contra corriente y hablar. Si tan solo pudiéramos oír las voces de las brujas quemadas en la hoguera. Estoy convencida que no habrán dicho nada más escandaloso que lo que yo digo ahora.

Morir por hablar. Matar por sentirse insultado. La idea equivocada es que la censura va a prevenir la violencia, cuando es realmente todo lo contrario. Al ir haciendo cada vez más pequeño el círculo de lo que es permitido decir, le damos más y más poder al censurador, hasta que hablar del clima sea considerado incendiario.

Y es que no hay que confundir la libre expresión con el discurso del odio. La diferencia es muy sutil, porque por definición (legal) el discurso del odio es “cualquier palabra, gesto o conducta, por escrito o mostrar lo que está prohibido porque puede incitar a la violencia o una acción perjudicial en contra o por una persona protegida o grupo, o porque se menosprecie o intimide a una persona protegida o de grupo”.

La palabra clave para mí es “incitar.” No es lo mismo burlarse de una idea (ideología, religión, acción) que burlarse de una persona. Pero tampoco es lo mismo burlarse de una persona que incitar a la violencia en su contra. Yo no sé si las caricaturas de Charlie Hebdo incitan a la violencia contra musulmanes al burlarse de ellos, más parece que incitaron a la violencia contra los propios caricaturistas. Pero la vía para censurarlas es la vía legal, no el asesinato.

Es muy peligrosa esta idea de que hay temas en particular que nadie debe tocar, particularmente la religión, porque alguien se puede “ofender.”

Pues yo lo siento de veras, pero a mí me ofende más que alguien crea que puede decirme qué puedo decir y qué no. De mi boca no saldrá incitación a la violencia, pero si mi crítica a sus ideas les ofende ese ya no es mi problema.

Se sobreentiende que alguien que se la pasa criticando las creencias de otros rápidamente se va a quedar sin amigos. Por eso estoy segura que la mayoría de nosotros callamos cuando alguien dice o hace algo que nos parece ridículo. La tolerancia y el respeto son vitales para vivir en sociedad.

Sin embargo, si alguien está siendo oprimido, despojado o abusado, es nuestra obligación moral hablar, así sea el opresor el gobierno, una empresa o la misma Iglesia. Tenemos que aprender a romper el encanto. Nadie debe ser intocable. Ningún gobierno, ninguna institución, ninguna idea.

Andersen no nos dice al final qué pasa con la niña, pero yo estoy segura que la madre inmediatamente le tapa la boca. No importa. La idea ya está dicha y el encanto ya está roto.

*Irreverente nerd, feminista y humanista que detesta las etiquetas

 

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3 comentarios

  1. Buen artículo. El Jefe dice que hay que atacar el pecado, no al pecador. Si tu hermano comete un pecado, y no se lo dices, tu cargas con el mismo pecado. Sacar con latigazos a los comerciantes del templo. A Pilatos lo concita para que le diga al pueblo quien es El.
    Callar siempre debe ser voluntario, buen planteamiento, pero ¿Qué oportunidad tienen nuestros connacionales analfabetas o con otra lengua de hablar sin radios comunitarias?

    • Gracias Otto. Estoy de acuerdo. No todos tienen las mismas oportunidades que nosotros de expresarse. Cuántas voces enriquecedoras se pierden trágicamente simplemente por no contar con el medio para expresarlas? Gracias por el aporte.

  2. “Sin embargo, si alguien está siendo oprimido, despojado o abusado, es nuestra obligación moral hablar, así sea el opresor el gobierno, una empresa o la misma Iglesia. Tenemos que aprender a romper el encanto. Nadie debe ser intocable. Ningún gobierno, ninguna institución, ninguna idea.”

    Y del mismo modo debería ser también nuestra obligación moral hablar sabiendo que en este mismo instante están siendo oprimidos, despojados, abusados, y asesinados por millones los animales “de consumo”. :(

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