Elisa

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Cinco y treinta de la mañana

Elisa despierta. Intenta aferrarse a la almohada, como creyendo que la tibieza de sus sábanas la protegerá del día, de las horas largas que se vienen, del concierto de salvajes que maldicen detrás de un timón para luego sonreírse entre sí y darse los buenos días.

Es tarde, el primer portazo de la puerta del baño termina de recordarle que la vida es dura y el sueño tan corto. Elisa se levanta, camina a la cocina, con cierta apatía y desencanto. Prepara las loncheras de sus dos hijos y su esposo, apenas le da tiempo para prepararse la propia. Sirve algo de cereal, un poco de fruta y vasos de leche. El café comienza a aromatizar el comedor. Espera pacientemente su turno para poder usar la ducha y con suerte, estar lista antes de que llegue el autobús escolar y poder despedir a sus hijos. No lo logra. Los pequeños se van con la seguridad de que al volver encontrarán a su madre en casa.

Lista para marcharse, Elisa espera en el comedor, mientras prende la radio y pone algún programa matutino, de esos que parecieran tener la intención de inyectar a la gente de optimismo, como si se tratase de una droga dura que viaja a través de las ondas sonoras. Comienza una canción, Elisa recuerda el día en que su padre le prohibió salir con un grupo de amigas a un concierto de esa banda que suena al fondo. Suspira con cierta nostalgia y se termina la taza del café.

Siete de la mañana

Elisa y su esposo suben al automóvil. Elisa pone la radio con la esperanza de seguir escuchando la canción que dejó pendiente. Tarde, los anunciantes se apoderan de la franja matutina y la marean con una sarta de mensajes publicitarios. “¡Feliz día de la mujer! A ti, mujer trabajadora, madre y esposa abnegada, gracias por tu preferencia”, anuncia una de las marcas de detergente más famosas del país. El esposo parece reaccionar y con toda la tranquilidad del mundo le pregunta “¿Hoy es el día de la mujer, verdad?”. “Sí, eso parece”, responde Elisa, sin mayor asombro. El esposo asiente con la cabeza y no hace comentario alguno. Elisa recuerda la discusión desagradable del día anterior. Hubo gritos, jaloneos y uno que otro insulto. Momento incómodo.

Ocho con treinta de la mañana

Elisa baja del auto y despide a su esposo. Un beso a fuerzas y apenas un par de palabras. Elisa cruza la calle y se dirige hacia la oficina. De pronto, un extraño se le acerca y le regala un chocolate, “¡Feliz día de la mujer!”, aparece escrito, le entrega el chocolate pegado en una pequeña tarjeta que incluye la felicitación y dedicatoria de un político que aprovecha la ocasión para hacer un poco de propaganda. Elisa guarda el chocolate y agradece con una sonrisa de compromiso. El hombre se aleja y detrás de él, otro hombre observa el escote de Elisa sin disimular, levanta la mirada y le guiña el ojo. Elisa voltea la mirada con un gesto rudo y de desaprobación. Cruza la calle, casi corriendo y por fin, llega a su oficina.

Nueve de la mañana

Elisa se encuentra frente a la computadora. Mientras inicia sesión, observa cómo se cargan los correos, uno detrás de otro y mira su reflejo en un pequeño espejo que conserva a la par de la fotografía de sus hijos. Se nota las ojeras, las disimula con un poco de maquillaje y revisa la bandeja de entrada. Segundo “¡Feliz día de la mujer!”, esta vez de parte de Recursos Humanos. Otro mensaje cursi y una tarjeta digital con unas rosas de mal gusto. Apenas logra leer el primer párrafo y directo al buzón de “leídos”. Elisa comienza a trabajar, no sin antes ser interrumpida por el encargado de área, quien de la manera más mezquina, aprovecha la felicitación del “día de la mujer” para abrazarla de manera sugerente. Elisa respira y se retira cuanto antes del lugar.

Una de la tarde

Luego de una jornada intensa, Elisa logra apartarse un poco de sus problemas en casa, almuerza con algunas compañeras de trabajo y comentan los detalles que han recibido a lo largo del día. Alguna comenta que el esposo le regaló un hermoso arreglo floral. Elisa intenta recordar cuándo fue la última vez que recibió una flor sin estar de por medio una reconciliación por peleas o discusiones. Vuelven los problemas a su mente. Suena el teléfono, es su esposo, quien la llama para invitarla a cenar por la noche, “Así no cocinás”, es la última frase que escucha con claridad. Elisa asiente, sin mayor comentario, fijan hora y lugar de reunión.

Cinco de la tarde

Otra jornada laboral superada. Elisa intenta encontrar una razón para cancelar la cena con su esposo, pero al mismo tiempo, piensa que debería intentar arreglar las cosas. Toma un sobre de manila y su bolsa. Elisa sale de su trabajo, quedó con un compañero de oficina que pasa junto al restaurante en donde la esperará su esposo. Toma el teléfono y llama a su madre, quien hará favor de cuidar a sus pequeños mientras ellos cenan. Todo está arreglado.

Siete de la noche

Han pasado algunos minutos y Elisa espera en la mesa la llegada de su esposo. Ha tenido tiempo de pensar en los problemas, las discusiones, lo terrible que ha sido lidiar con las constantes infidelidades y agresiones. Esta vez, con más calma que las anteriores. Mientras pide algo de tomar, su esposo aparece a lo lejos. Se sientan y ordenan la cena. Pasan casi quince minutos sin cruzar palabra y finalmente el esposo de Elisa comienza a hacer charla, sobre el trabajo, sobre el colegio de los niños y las cosas de la casa. Hace un par de intentos de chiste, Elisa sonríe sin mucho convencimiento.

Ocho treinta de la noche

En el entendido que la cena era una especie de “celebración”, Elisa agradece, solicitan una última bebida y esperan. El restaurante se encuentra lleno. Elisa mira a su alrededor, ve gente sonriendo, familias enteras comiendo, algún mesero corriendo de un lado para otro. La luz tenue del lugar invita un poco a la calma. De pronto, de una manera, Elisa comienza a sentir una tranquilidad inexplicable, mientras a los lejos, logra escuchar que su esposo habla sin parar, sobre algún asunto que sencillamente le resulta insignificante, Elisa mira fijamente a su esposo a los ojos. Un gesto de misterio se apodera del rostro de él, asegura que hacía mucho tiempo no observaba esa mirada en los ojos de su esposa, una mirada entre radiante y pacífica.

Nueve de la noche

La velada llega a su final. Luego de dejar que el esposo termine de hablar, Elisa toma su bolsa, mientras el esposo solicita la cuenta, no sin antes reafirmar que él la pagará; Elisa toma el sobre de manila, uno que tenía guardado desde hace mucho tiempo en su oficina, se pone de pie y mira a su esposo de nuevo, fijamente. Con total tranquilidad y una especie de cinismo que aún ella misma no reconocía, entrega el sobre en manos de su esposo y le comenta: “Estos son los papeles de nuestro divorcio, espero que los firmes a la brevedad. Voy a casa de mi madre en donde se encuentran los niños, arreglaremos cuanto antes la situación legal de nuestros hijos y espero que todo marche en paz y orden. Gracias por la cena, que tengas una buena vida”. Elisa sale del restaurante, toma un taxi y se va a casa de su madre.

Once de la noche

Los niños duermen, la madre de Elisa también. Ella se recuesta en su cama y por primera vez en todo el día, experimenta una especie de tranquilidad, un estado de paz y desahogo la domina y finalmente, Elisa vuelve a sentir que es ella. Piensa en su esposo –que pronto no lo será más–, piensa en su jefe, el abusivo, en el pervertido de la calle, en el chocolate del político y en la tarjeta de felicitación del trabajo. Piensa en los anuncios y felicitaciones de la radio y por primera vez, justo antes que termine el día, Elisa experimenta una especie de felicidad.

Esta vez, no hay rosas, ni felicitaciones, ni palabras cursis, ni chocolates, solo Elisa, solo ella, para ella.

 

Fotografía tomada de:

https://www.flickr.com/photos/frosch50/

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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