En la hora del rescate

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Foto tomada del sitio Justicia Ya.

La audiencia en la cual se tomaría primera declaración a las y los imputados por la cooptación del Estado tuvo que ser diferida una semana. La razón, la falta de condiciones físicas en la sala de audiencias para que estuvieran en condiciones todas las partes procesales. Esto es, las y los 33 sindicados, su defensa, o sea 33 personas más, así como la fiscalía y la Comisión Internacional Contra la Impunidad (CICG) y, por supuesto, el juez, su equipo y la prensa. Según indicó la judicatura, el oxígeno faltaba en la sala del catorce nivel de la torre de tribunales.

La sala en la cual despacha el tribunal de primera instancia que dirige el juez Miguel Ángel Gálvez, al igual que las otras dos de mayor riesgo, es de las más grandes en el sistema. Fuera de estas, solo la Sala de Vistas de la Corte Suprema la supera en dimensión. De manera que, en esos pequeños salones o en los cubículos en los cuales despachan las y los jueces de tribunales ordinarios, es que se administra justicia en Guatemala.

Se trata de espacios pequeños, casi diminutos. Como diminuto ha sido el camino seguido por la justicia que ha ido a paso de tortuga mientras la impunidad corre como liebre. Así fue diseñado el sistema. Así ha servido a los intereses para los que se estructuró. Así ha servido para garantizar que los corruptos y los corruptores coopten el Estado y asalten a la democracia.

Por si fuera poco, resulta que las instancias fundamentales de la gestión de la justicia, el Organismo Judicial (OJ), el Ministerio Público (MP) y el Instituto de la Defensa Pública Penal (IDP), colapsarán en breve ante la falta de recursos. Recursos que entre otros, fueron robados por quienes sintieron calor y sofoco la mañana del lunes seis en la Torre de Tribunales. Por quienes no han ido a guardar prisión a las cárceles habituales, esas que están saturadas. Por quienes están sobrellenando la prisión de primera clase construida en un cuartel militar. Por quienes, en fin, han o se han corrompido.

El robo de los recursos nacionales no ha llenado solo las arcas de las y los ladrones. También han nutrido las cuentas monetarias de quienes han expoliado a este pueblo y su Estado. No les ha bastado con evadir y eludir el pago de impuestos como en el caso de Aceros de Guatemala. También han pedido e impuesto leyes a su medida, como la de pánico financiero que ha protegido la mención de las responsabilidades inherentes a bancos que financiaron fuera de la ley al Partido Patriota como mínimo y quizá a otros más anteriormente. O ha logrado que le concedan licencias por vías irregulares, como la de la mina en La Puya.

Esas empresas, corruptoras y corruptas son la cabeza de la estructura que ha saqueado las arcas, que ha soportado un esquema funcional que daña a quienes carecen de recursos. Es, el grupo minoritario que disfruta mayormente de las riquezas nacionales y que lo hace y acrecienta a costa de quienes carecen de todo. Si antes al enfrentar problemas de salud se podía acudir a los hospitales públicos; ahora eso es imposible porque los han desmantelado. No solo quienes robaron los recursos del presupuesto sino quienes financiaron a ese grupo para llegar al poder y aquellos empresarios que cobraron por servicios que luego no prestaron.

Acabar con la ruta de la corrupción significa que se debe ir a la raíz de la misma. Esto es, a las bases del sistema de exclusión que ha facilitado la captura del Estado por un pequeño grupo cuyo poder se ensancha en la medida que corrompe. Si los síntomas del mal nos plantean que sufrimos una metástasis de podredumbre por el envilecimiento de quienes con absoluto egoísmo se gastan en lujos lo que tiene por destino apoyar a la educación, la salud, la justicia y la seguridad.

Guatemala necesita romper el ciclo de la perversión social y ciudadana. Decir basta ya a una sola voz, que respalde la acción contra la impunidad y que reclame la redirección del destino de los recursos y el rescate de la democracia para todas y todos. No podemos dejar pasar esta oportunidad de corregir el rumbo.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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