En nuestras manos está dar el golpe del nocaut

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Dice un poema de César Vallejo, el gran poeta peruano: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé! /Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, /la resaca de todo lo sufrido /se empozara en el alma. ¡Yo no sé!…” Así deben estar sintiendo los políticos y sus secuaces cada martillazo que pega la CICIG. La almádana de Iván Velásquez ha golpeado fuerte a varios y todavía falta que muchos sean alcanzados.

El reciente golpe asestado al binomio presidencial del partido LÍDER los dejó casi al borde del nocaut. La reacción de los dirigentes del partido rojo, todavía medio sonsos por el golpazo, fue de lanzar frases incoherentes, como: “Se está judicializando la política”, ¿qué es eso?; y amenazar con hacer una marcha de quinientas mil personas, que más tarde bajaron a cien mil, y que probablemente será de muchos menos, si es que la hacen; y de hacerla podría representar el sepelio del partido de Baldizón.

Pero, ¿qué le queda a Baldizón? Si hubiera adoptado la posición de político digno habría salido de la contienda electoral, entonces el camino que tomó es el de apoyar a su vicepresidenciable, esperando que el “debido proceso” se tarde lo suficiente para que pasen las elecciones, las dos vueltas, sin importar que al nada más tomar posesión Barquín tenga que renunciar. Si las fases del “debido proceso” se dan antes de que suceda la elección, LÍDER podría perder por default. Por lo demás, tiene que controlar los daños del juicio mediático, que ya le ha hecho mella. Debe confiar en que su afinidad con los canales de televisión abierta en VHF le ayude a mitigar las acusaciones en contra de sus diputados y el candidato a vicepresidente. Otra salida, aunque paradójica, es que se suspendan las elecciones, se anule el actual proceso y Baldizón pueda conseguir otro candidato a vicepresidente y deshacerse de los diputados señalados por la CICIG.

Para el país el escenario sigue siendo sombrío. A pesar de las continuas revelaciones de casos de corrupción, el proceso legal avanza a ritmo lento, porque así está diseñado, y los resultados no se ven tan rápido como se quisiera. Mientras, el plazo para las elecciones se va extinguiendo de manera inexorable, y a eso se aferran los políticos; la sociedad civil presiona por el cambio urgente a la ley electoral y de partidos políticos; sin embargo, los cambios, si se logran, difícilmente podrán ser aplicados de inmediato; quiere decir que los candidatos actuales, muchos de ellos aspirantes a la reelección, podrían ganar su estadía de otros cuatro años en el gobierno.

Aunque el castigo legal tarde en llegar a los políticos, lo que queda es castigarlos en las urnas. No importa que el voto nulo aún no sea vinculante, ni que tal o cual candidato pueda salir favorecido; lo cierto es que no se puede dar un voto válido a un sistema que está podrido. Lo dijo Iván Velásquez: “La corrupción es la unificadora del sistema político guatemalteco”. ¿Por qué darle un voto válido a los corruptos? Ningún ciudadano en su sano juicio debe considerar que puede cambiar algo con su voto si el sistema es el mismo, porque se sabe que el problema es del andamiaje legal que permite la corrupción y que los corruptos queden impunes. Rechazar el sistema es la salida digna. Es cierto, ganará cualquiera de los que sobrevivan a las acusaciones, pero si el voto los castiga no tendrán la suficiente legitimidad para resistir a las demandas populares.

Si el sistema político no ha terminado de desmoronarse es porque los garantes del Status Quo y sus dueños no han permitido la renuncia de Otto Pérez; saben del enorme simbolismo que encierra, no es cualquier cosa que un presidente renuncie. De suceder, las renuncias de diputados, jueces y magistrados corruptos vendrían por añadidura, por efecto dominó.

De ahí que la protesta popular no debe detenerse, teniendo como principal motivador la renuncia del presidente, el actual o el que venga. La presión popular es la única que puede impulsar los cambios, aunque digan que está desarticulada y hagan campaña para desalentarla. Lo hacen porque tienen miedo. Si no fuera importante la manifestación ciudadana, ¿por qué ahora los de LÍDER la ven como su tabla de salvación? El mismo Otto Pérez alardeó en algún momento con que podría llenar La Plaza si quisiera. Afortunadamente quienes queremos el cambio somos espontáneos y nadie nos tiene que acarrear.

Los políticos están golpeados, las acusaciones de la CICIG los tienen danto tumbos; pero esperan ser salvados por la campana de las elecciones. Nos corresponde darles en las urnas el último golpe para consumar el nocaut. Ni un voto válido para ellos. No les toca.

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Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

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