Entre ruinas: “Cuando pase el temblor”, Soda Stereo

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Eco

Cuando pase el temblor es una canción donde los tiempos resquebrajan al sujeto de sus distintos predicados. Sus estrofas comienzan por una afirmación de existencia (Yo…), presencia (Estoy…) y conocimiento (…). A cada palabra alargada le sobreviene un eco, a veces de la misma voz, otras de sonidos de un instrumento andino de viento, el siku. La misma introducción abre con el bombo seguido de pequeñas percusiones metálicas. De manera que el temblor viene presagiando un eco en lo que luego es el inicio del bajo y el siku juntos, siendo en este caso la guitarra parte de una estructura rítmica y melódica que asemeja una voz en medio de un cañón o un cuarto. La canción va construyendo la soledad expresada en el intento de hablar, de transmitir algo. Por eso la constancia del eco remarca la situación de soledad del cantante, una de intuición y autoconsciencia, no de desaliento. El alejamiento en Cuando pase el temblor es una aventura y un vagar por los estados desérticos del alma. Cada palabra es un retorno hacia un lugar que se sabe en ruinas, sin tradición histórica sino solo transmisión emocional: algo sucedió aquí.

 

Un pasado desértico

La canción es un paso ritual o liminal. No es casualidad que en el video sea el puente sobre el río Huasamayo el que abre el espacio del punk a la ciudad inhabitada. Se podría decir que la letra de la canción es un diario de emociones convertidas en metáforas: las piedras, el temblor –movimiento tectónico, invisible pero sensible–, el cráter desierto, las ruinas. Describe un paisaje de sequedad más no de desesperación, eso es lo contrastante en la canción: el poeta-cantante se sabe desterrado y se deja guiar por sus sensaciones como intuiciones de algo verdadero. No obstante una herida no es verdadera en sí si previamente no ha hecho de su dolor el espejo de una posibilidad asumida, por momentos de curación, pero más de responsabilidad. El árbol del conocimiento pasa por la herida y la comunidad histórica, si solo se queda en alguno de estos dos extremos, se vuelve neurosis de la emoción circular o determinismo inanimado. Si la fuerza hacia el pasado en ruinas en Cuando pase el temblor se  buscara en Buenos Aires, no en Tilcara, Jujuy, el movimiento tectónico de la historia abriría los cementerios clandestinos de la dictadura. La promesa en Cuando pase el temblor se hace mítico regreso a un pasado inhabitado, he ahí su carácter burgués de escape. La crítica debe mediar ese espacio nebuloso para sostener con las manos el fruto precioso de este poema: el presente urbano desgarra y lanza a los distintos hacia la búsqueda de una respuesta. Soda Stereo la encontró en este pueblo de Jujuy, fronterizo con Bolivia, pero lo llevará como intuición crítica hasta la desesperación en la gran urbe de Buenos Aires. Ahí el eco se hace cadena y las piedras se hacen muros: la Ciudad de la furia, pero para esto falta recorrido en pleno pedregal.

 

El destilado de la canción:

Hay una grieta

en mi corazón
un planeta

       con desilusión

 

Eco y temblor son dos maneras del movimiento de las ondas. El sonido que rebota para regresar de la palabra-hombre al escuchar-homínido. Desde el centro de la tierra y los distintos estratos del subsuelo el movimiento tectónico, ardiente, influenciado a su vez por fuerzas gravitatorias, desata sobre la superficie repentinos cambios de lo aparentemente estático. El terreno deja de ser algo fijo, seguro, confiable, se hace repentina caída, consciencia de la pequeñez ante movimientos inconscientes o no llegados a la reflexión. Cerati encuentra en el eje de su existencia el vínculo inmediato con la totalidad: su corazón está agrietado así como el planeta entero está sumido en la desilusión. Similar al nazareno, el impulso del espíritu histórico lleva hacia el desierto y sólo así, en la necesidad rebasada desde la misión divina, se puede caminar sin las seguridades del poder y del suelo bajo los pies. La generación de los ochentas ha conocido el desierto y sabe de las ruinas. Fácilmente puede identificarse con el corazón agrietado en un mundo sin ilusión pero, al momento de dar el paso a la misión, lo divino le resulta tan sospechoso como las piedras donde vaga. El lenguaje es cárcel si cierra de antemano la experiencia que posibilite la presencia.

 

Caminaré entre las piedras

 Los ochentas es una generación que detesta las estatuas políticas y, a la vez, sostiene con su trabajo el cincel del aclamado fin de las ideologías. Con esto retrocede a la primera tentación: hace de toda piedra, pan; de toda mercancía, consume; de toda boleta de elecciones, se considera demócrata. Cuando se critica la piedra dado que no es pan, del inframundo del trabajo asalariado surge un gruñido conservador que grita – con el mismo odio visceral hacia su misma cotidianidad – ¡alerta, comunistas! Políticamente la generación con acceso al consumo y la educación es tremendamente conservadora.

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About Author

Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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