¿Es bueno recordar?

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La pregunta era tan sencilla y a la vez tan dura. Así como debe ser una buena pregunta. ¿Será que es bueno recordar?

Estábamos en el norte del municipio de San Martín Jilotepeque, en una comunidad entre las montañas verdes y asombrosas donde Chimaltenango se vuelve Quiché. Era la conmemoración de una masacre cometida hace 30 años por el Ejército, donde los soldados quitaron la vida a 14 hombres del lugar. Las imágenes de ese día no se borran de la mente de los vecinos, a pesar de que algunos solo eran niños en ese tiempo.

“Mataron a mi papá y a mis tres hermanos”, dijo un anciano, y con esas palabras se le quebró la voz. “No los he visto en 30 años.” El llanto se empoderó de su cuerpo y no pudo decir más. Es duro ver a los ancianos llorar.

Una señora retomó la palabra. Estábamos en su casa, reunidos en una sala con gente de la comunidad, en su mayoría niños y mujeres. Gran parte de la generación adulta, al parecer, se encontraba en los Estados Unidos, y los hombres abuelos habían sido masacrados o desaparecidos en tiempos de la guerra.

“Hicimos una reunión en la comunidad para ponernos de acuerdo”, dijo la señora. “Reflexionábamos entre nosotros y concluimos que era importante recordar, y por eso realizamos esta ceremonia. Ahora nos gustaría escuchar de ustedes, que vienen de fuera, ¿será que es bueno recordar?”

No importa tanto lo que voy a decir, les dije, porque solo ustedes pueden definir lo que es bueno para sus familias y su comunidad. Lo que puedo decir es que me parece un gesto de respeto y cariño recordar a los caídos y desaparecidos. Creo que hubiera querido lo mismo para mis familiares si hubieran sufrido algo similar. Pienso también que es una manera de decir que no queremos que esto vuelva a pasar, nunca, y en ninguna parte del mundo. Pienso que las personas que murieron tenían sueños, al igual que nosotros que aún estamos vivos. Tenían sueños y planes para sí mismos, y tal vez para sus hijos y nietos también, y pienso que no fue justo quitarles el derecho de seguir soñando.

Se pasó la palabra entre las demás personas del grupo, gente de afuera y gente de la comunidad. Algunos hablaron y otros no. No se puede deshacer los hechos, ni se puede quitar el dolor, pero pareciera que ayuda un poco hablar. Al terminar la ronda hubo un almuerzo y después se organizó una piñata para los niños. Algunos adultos también participamos.

“Esperamos que no lo interpreten mal”, dijo una señora, “Pensamos que nuestros familiares que fueron masacrados están de acuerdo con que también hay que divertirse un poco.”

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Aron Lindblom

Cada mañana salen de la casa de los dioses los dos cuervos de Odín, Hugin y Munin, para volar por el mundo. Observan y escuchan lo que hacen los humanos y en la tarde regresan a contarle todo. Siendo un inmigrante sueco en Guatemala, me encuentro como Hugin y Munin, lejos de mi casa, a veces un poco perdido, contemplando la realidad guatemalteca y contándole todo a quién quiera leer.

1 comentario

  1. Julio Alcándara on

    Buen artículo, gracias. Un sugerencia. Si el escrito busca ser aporte y reflexión de la memoria histórica, recomiendo que se especifique más sobre la comunidad en cuestión. No la menciona, solo generaliza que es en el norte de San Martín. Gracias.

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