Esperando al candidato

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«Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas»

El mito de Sísifo, Albert Camus

 

Que no robe (pero que sí tenga brazos) ni mienta (pero que tampoco oculte la verdad), sin nexos dudosos en su hoja de vida, preocupado por la economía y al mismo tiempo por los derechos humanos, poseedor de una estrecha amistad con los empresarios, respetuoso de la diversidad (pero que no sea indio, o sea), con experiencia como administrador y una habilidad innata para el ámbito político, efectivo contra el crimen sin ser militar ni asesino, emprendedor y generador de empleos. Dios nos libre de que sea un comediante o un don nadie, fisiquín, de buena familia, simpático, adinerado, amable y que nos quiera bien…

Es a ese iluminado a quien esperamos cada cuatro años para confiarle nuestro voto de confianza para que presida el país; como quien espera a Godot. El escritor irlandés Samuel Beckett –Nobel de literatura en 1969– lo logró; escribió una obra de teatro absurda, en la que no sucede nada y sin embargo entretiene a la audiencia en su totalidad. Los diálogos de «Esperando a Godot» nos presentan a un par de personajes que esperan día tras día la llegada de Godot, un supuesto salvador que –de aparecer– terminaría con la desgracia de dicha espera fútil que él mismo ha creado, sin embargo se ve prolongada en un ciclo interminable y sin sentido.

Un ejercicio absurdo es poco razonable, sin propósito, un desperdicio de energía y tiempo. La espera misma es el objetivo de aguardar ociosamente que la solución milagrosa se presente encarnada en el candidato, pero lo seguimos haciendo porque así es el sistema ridículo bajo cuyas reglas hemos jugado siempre y damos por sentado que hay que continuar. ¿Y si las reglas son las absurdas? ¿Y si son las leyes las que deben ser cambiadas y lo estamos haciendo todo mal?

La espera de Godot se prolonga día tras día gracias a una misteriosa amnesia que sufren los personajes, recuerdan vagamente lo acontecido durante la espera del día anterior y lo único claro en su mente es que hay que seguir esperando; como una especie de suicidio filosófico ante la imposibilidad de resolver el acertijo. Situación clara para el observador pero extremadamente borrosa y confusa para los personajes.

Si queremos salir del embrollo, según Albert Camus en el «Mito de Sísifo», hay tres posibles maneras de lidiar con los acertijos del Universo:

  1. El suicidio. Es poco práctico pensar que es una solución viable morirnos todos para volver a empezar –ahora sí, bien y en serio– la Nueva Nueva Guatemala de la Asunción.
  2. El suicidio filosófico. Tomar un salto de fe y de alguna forma poco racional poner nuestra confianza en el plan que alguien presenta; alguien que ha llegado a ser una opción como parte de ese sistema defectuoso y es producto de él. Es decir continuar con lo que hemos estado haciendo todo este tiempo.
  3. La aceptación del absurdo. La opción más adecuada según yo, aceptar que el dilema existe sin explicación satisfactoria y de tenerla está fuera de nuestro alcance. Consiste en racionalizar que el sistema electoral está viciado y que jugando por sus reglas es imposible una mejora sustancial.

Dichas mejoras ya se barajan en la actualidad gracias a los movimientos ciudadanos de los últimos meses; reformas a la ley electoral, al sistema de justicia, a la Constitución de la República y la depuración del Congreso.

Cada cuatro años nos encontramos con deseos de colgarnos de un árbol, como aquellos frustrados que esperaban a Godot según la historia, para al poco tiempo –cuatro años exactamente– olvidarlo y volver a lo mismo. Dejemos de esperar a el elegido, pintemos saliéndonos de la línea y asumamos las circunstancias en las que vivimos; donde la solución es a largo plazo pero que debe empezar hoy construyendo partidos sólidos con una base humana e ideológica que trasciendan más que aquellos líderes circunstanciales –desechables– y que perduren más allá de un par de períodos electorales.

Demostremos nuestro rechazo a este sistema absurdo, dejemos de esperar a Godot, el candidato guapo de la armadura brillante. Rompamos el ciclo y respaldemos con acciones un cambio en los fundamentos de este sistema que nos tiene esperando de forma absurda cada cuatro años. Vote por quien quiera, vote nulo si le interesa mi opinión, porque la solución –esta vez– no está en el sufragio sino en otra parte.

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About Author

Alejandro Echeverría

Alejandro es ingeniero, tecnólogo, fotógrafo y montañista.

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