Este momento: apuntes desde las calles II

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Gustavo MaldonadoPor Gustavo Maldonado*

Un estado de sitio de la mente

Volvamos al momento actual. Hemos asimilado durante décadas el adoctrinamiento ideológico que acompañó y afirmó la victoria de los intereses conservadores representados en el ejército nacional durante la guerra contrainsurgente. La situación a que hemos arribado, es la de una sociedad atomizada. Por más de seis décadas nos han alimentado de terror y de placebos consumistas que han ido forjando una visión individualista del mundo en nosotros. Militarización, violencia psicológica, física, asesinatos selectivos, masacres, asesinatos indiscriminados. Centros comerciales, consumo y ansiedad, agresiones mediáticas, publicitarias, violencia como forma de vida. Los placebos son igual de violentos que el terror, por el engaño que constituyen, por el vacío que generan en el humano. La estrategia del miedo y el adormecimiento surtió sus efectos. Esos mecanismos malévolos utilizados por el poder para someternos dentro de un sistema cada día más corrupto e injusto, nos han logrado mantener desarticulados como colectividad. Las diversas dimensiones de la vida han sido invadidas, desde lo social, hasta lo cotidiano. Conviene entonces empezar la reflexión desde nuestro actuar como sujetos en esta sociedad, para intentar encontrar algunas claves de las cuales sea posible iniciar la transformación. Debemos empezar con la autocrítica de nuestro ejercicio cotidiano de vida, en tanto espacio primario de resistencia a la imposición del sistema. Nuestro espacio vital ha sido violentado y debemos rescatarnos.

El éxito del proceso de atomización ha llegado hasta el máximo punto tolerable. Nos ha llevado a cerrar incluso las calles donde vivimos, por las cuales solíamos transitar sin obstáculos. Muchas viviendas rodeadas con alambre de púas, guardan ahora esa tétrica y sospechosa apariencia de los cuarteles militares. Hemos llegado a convertirnos cada cual en una parcela, nos han condicionado al encierro. Entes encerrados en nuestro propio monólogo, nos desarticularon, desgarraron el tejido social. Borraron del mapa a un número enorme de personas y con ello imposibilitaron la transmisión de conocimiento entre generaciones. El condicionamiento ha logrado llevar a cada habitante de este lugar a construir un estado de sitio alrededor de sus ideas, de su capacidad de pensar críticamente, de la capacidad de soñar e imaginar un mundo, un país distinto. Un estado de sitio de la mente, que nos ha mantenido silenciados, encerrados, ensimismados. ¿En qué rincón del tiempo, de la historia, dejamos olvidada nuestra capacidad de dialogar, de animarnos a transformar estas formas de vida?

Y a pesar de todo, nos movemos

Tomando en cuenta el proceso histórico a que hemos sido sometidos y la violencia que se nos ha impuesto como forma de vida, sorprende ver la unidad dentro de la diversidad. Sorprende que de repente, los que éramos otros hace poco, seamos ahora los mismos y juguemos aparentemente del mismo lado. Sorprende la manera pacífica de juntarnos, relacionarnos y protestar como colectivo social. Seguro es que, concluida cada jornada de protesta, volvemos a esos espacios en que habita nuestro individualismo, pero seguro es también, que no volveremos a ser los que éramos. Nuestra visión no es ya la misma después de estas emociones compartidas. Y eso significa que se está operando un cambio cualitativo, una transformación, mínima si se quiere, pero transformación al fin.

Pareciera que de pronto nos hubieran reseteado, que se hubiera actualizado el antivirus de nuestra conciencia colectiva. Podría pensarse que hemos dado un paso definitivo, un paso como cualquier otro paso, pero uno con el cual llegamos al umbral. Y ahora podemos ver otras cosas, ver de otra manera. Sin siquiera apercibirnos, nuestra conciencia ha adquirido un grado de politización, lo cual quiere decir que hemos visto hacia afuera de nuestra burbuja individualista y nos preocupan ahora los asuntos de la colectividad. De ahora en adelante, más humanos, de los que compartimos este espacio común, vamos a estar observando los actos de quienes ejercen cargos dentro de las estructuras de poder formal. Estamos accediendo a un momento diferente de conciencia, nos estamos trascendiendo.

Estas son las primeras expresiones espontáneas de la transformación que se está operando. Sin embargo, no sería pertinente afirmar que ese cambio ha sido algo tan profundo. Nuestras formas de ver el mundo y actuar dentro de él, se encuentran aún bajo la influencia del poder. Cabe aclarar que el cambio al que aspiramos no se limita a un cambio de actitud como al que han llamado en los últimos años campañas al estilo Guateámala o Guatemorfosis, que abogan por asumir una actitud “positiva” para vencer la adversidad de manera individual. El impulso de este momento invita a reflexionar sobre esta realidad, asumiendo la lamentable situación del país como el producto de un proceso histórico de saqueo y condicionamiento ideológico. Plantearnos la posibilidad de una transformación de esas condiciones.

De manera paralela a la transformación de las dimensiones cotidianas de la vida y en íntima vinculación con ella, podemos empujar la transformación de las estructuras económicas, políticas y jurídicas que resultan urgentes. Las condiciones de nuestra vida no van a cambiar de manera profunda, mientras no se transformen las condiciones de desigualdad económica y acceso a la toma de decisiones en los asuntos de interés colectivo. Y esos cambios necesarios pasan por la democratización del acceso a la participación y la modificación de la carga impositiva, que debe ser actualizada para que responda a la realidad social, a modo de que quienes más ganancias obtienen de la producción, aporten más. Que bajo la estricta vigilancia social, los fondos obtenidos sean dirigidos a la inversión social. Fortalecimiento y mejora de los servicios públicos, para ir redistribuyendo de una nueva manera la riqueza de este país, que sin duda y tras revelarse las alarmantes cantidades robadas, podemos afirmar que alcanza para que todos tengamos una vida digna. Es inaudito que en un país rico exista tanta pobreza.

Y no podemos hacernos de la vista gorda o pasarnos de inocentes pensando que los sueños se construyen soplando. En este juego existen grandes intereses. Los sectores poderosos, nacionales y extranjeros, no están dispuestos a dejar que esto se les vaya de las manos. Quieren mantener su dominio histórico en el caso de unos o sus nuevos feudos de corrupción en otros casos. No se van a permitir ceder el poder tan fácilmente. Pero esto no puede seguir así, si damos la lucha tenemos posibilidades, si no luchamos estamos muertos en vida. Hemos demostrado una fuerza inusitada que ni siquiera imaginábamos que teníamos, y eso es algo que no podemos desaprovechar. La unidad, frágil si se quiere, de muchos sectores urbanos, ha cambiado algo: de aquí en adelante cualquiera que quiera abusar del poder, especialmente con actos de corrupción, se la va tener que pensar. Ya no estamos dispuestos a soportar más descaro. La cosa ya no es tan fácil, como lo era antes de este momento.

¡Vamos, ya dormiremos cuando estemos muertos: ahora toca articularnos!

Toda tentativa de transformación hacia condiciones mejores, pasa por nuestra capacidad de articularnos efectivamente para llevar adelante tareas que requieren el concurso colectivo, el aporte de nuestras diversidades. En los procesos de acción colectiva y articulación, cada quien aporta desde su perspectiva. Se van generando nuevos acuerdos y por tanto nuevos saberes sociales, nuevas formas de percibir y ejercernos en el mundo. A la par de la transformación en las dimensiones cotidianas, íntimamente ligado a ellas y rompiendo con esa disociación aparente que impone la visión del poder, entre el ejercicio cotidiano y el ejercicio político, podemos establecer mecanismos de presión permanente sobre las estructuras formales del poder. De esa manera es posible generar las transformaciones políticas y jurídicas que propicien y regulen una distribución diferente de la riqueza.

Vigilancia de los actos públicos, presión. Politizar nuestras visiones, lo cual significa mantenernos al tanto de los asuntos colectivos y actuar articulados para propiciar un reacomodo de fuerzas sociales que vaya volviendo más accesible, más horizontal, la capacidad de decidir sobre los asuntos del colectivo social y las relaciones económicas y sociales. Y esto equivale a reformas legales, que son por el momento las que se vislumbran accesibles. Tomemos en cuenta que el poder se mantiene organizado. Aparte de la articulación, que debería fortalecernos, debemos de estar conscientes de que los sectores poderosos siempre actúan a la sombra y sobre todo, que tienen poder sobre las estructuras corrompidas del Estado y sus fuerzas de represión.

Articularnos, en el campo y la ciudad, todos los sectores democráticos que sea posible. Ir con todo, caminando juntos, sondeando y comprendiendo, tanto nuestras capacidades como las propias limitaciones de cada momento. No podemos perder de vista que un proceso de transformación podrá gestarse solamente en la medida en que seamos capaces de mantener la fuerza de la protesta. Estos brotes de protesta necesitan ampliarse, llegar, tanto a los sectores populares y marginados de la urbe, como de la provincia. Buscar una articulación sólida y de doble vía con el movimiento campesino e indígena, que ha resistido a lo largo de la historia y a lo largo de esa misma historia ha sido reprimido y excluido por el poder. Esta es una tarea fundamental para que las protestas no queden en meras expresiones coyunturales, tras las cuales vayamos de vuelta a ese sueño, en el que los sectores urbanos permanecimos por décadas. Estas nuevas expresiones tienen mucho que aprender de los movimientos permanentes de resistencia por el territorio en cuanto a generar las capacidades organizativas para dar continuidad a las luchas. Y para eso tenemos que sentarnos a hablar.

¿Qué demandas pueden hacer duradera la unidad? ¿Cómo profundizarlas para generar transformaciones profundas?

Para muchos de nosotros, lo deseable sería que todo esto desapareciera. Que todos los funcionarios corruptos, los partidos políticos y las mafias, se fueran. Podernos abrir a un nuevo sentido de comunidad. Demoler el sistema y dar paso a formas de organización horizontales, incluyentes, alejadas de las formas actuales; formas más solidarias, partiendo de acuerdos mínimos de cooperación y respeto mutuo. Estructuras dinámicas que permitan ir redistribuyendo los recursos y la riqueza en general. Instituir círculos ciudadanos de diálogo y la asamblea como órgano horizontal para la toma de decisiones, en la cuadra, en el barrio, en los caseríos y aldeas, asambleas de zona, de familia, de amigos, en centros de trabajo, en escuelas e institutos, en las universidades y en todo lugar que sea posible. Sin embargo sabemos que la cosa no es fácil, Lo que vivimos es apenas un primer momento. Debemos tener los pies en la tierra, estar claros en que las estructuras del poder han echado raíces profundas. Hay que ir explorando la naturaleza de las posibilidades, para irlas empujando en conjunto.

La consigna en torno a la cual ha girado la protesta ha sido fundamentalmente la lucha contra la corrupción y la impunidad. Y como peticiones concretas la renuncia de Baldetti y Pérez, una de las cuales ya se verificó. Sin embargo, es claro que la sola renuncia de estos personajes no representa cambio alguno, pues como ya señalamos el problema no radica tanto, en cuales sean los personajes que ejercen el poder formal –aunque influye de manera determinante en ciertas decisiones–. El problema va más allá, se encuentra en las raíces de un sistema que ha sido diseñado en todas sus dimensiones, para ejercerse desde arriba, de manera vertical, desde el poder económico. Si el que más tiene más puede, la dimensión política del sistema resulta tierra de nadie, para ser tomada por cualquier tipo de mafias.

Se hace necesaria la profundización y ampliación del alcance de los reclamos ciudadanos. La corrupción se encuentra enquistada en todas las estructuras del poder. Si queremos combatirla y erradicarla, habremos de ir caminando, dando los pasos más urgentes. Por el momento sabemos que es a partir de la estructura política que la corrupción opera y se expande. Por tanto, la reforma del sistema político de partidos resulta prioritaria. Ampliar las posibilidades de participación, trazando un nuevo sistema, ¿más horizontal y accesible? En la medida en que sea más accesible, será fiscalizable. El problema actual radica, entre otras cosas, en la existencia de la posibilidad del financiamiento privado y la dificultad de conformación de organizaciones políticas por parte de los sectores medios y populares, por la falta de capitales para su conformación. Todo esto se encuentra regulado en la Ley electoral y de partidos políticos (LEPP), así ha sido legislado.

Dicho lo anterior, resulta evidente que este sistema formal fue calcado a los intereses del poder económico. Es por eso que el cambio hacia una nueva LEPP es clave en este momento. Es el primer paso para democratizar el acceso al poder y cortar de raíz la posibilidad de que el poder económico y las mafias se infiltren por medio del financiamiento de campañas cuyas facturas cobrarán después, siendo privilegiados con negocios, etc. No podemos olvidar que en el saqueo cuentan igual los funcionarios y los empresarios, como contraparte en el negocio de la evasión fiscal y otros. Grandes fortunas se han acumulado históricamente en este país, en base al aprovechamiento privado de los fondos y bienes públicos.

Si queremos refundar este sistema, la posibilidad de participación de los más diversos sectores es fundamental. Hay que propiciar legalmente que, llegada la hora de elegir una asamblea nacional constituyente –que debería realizarse en el mediano plazo–, las reglas del juego sean nuevas y la representación en la asamblea sea más diversa. Que el cuerpo constitucional que emerja de ese proceso sea, ya no un pacto de élites, sino un acuerdo amplio, que incluya todas las visiones posibles. Normas mínimas de convivencia, que impriman dinamismo a las relaciones sociales y se enfoquen en generar mejores condiciones en todas las dimensiones de la vida. Luego podremos ir dando otros pasos, más profundos, no debemos comer ansias.

Pero más allá de estas consideraciones, habría que dar un giro como sociedad, para migrar de la visión actual, corrompida, que mira en la política un mecanismo para cooptar las estructuras formales del poder y ejercerlo, no solo en beneficio individual o grupal, si no violentando de manera vulgar lo que se supone propio de toda la comunidad. Dirigirnos hacia prácticas que se enfoquen en los asuntos de la colectividad, en generar condiciones de dignidad para la vida. Debemos plantear una nueva configuración de país. El ejercicio político de presión social hacia las estructuras de poder formal, debe redundar en una cada vez mayor horizontalidad de las relaciones sociales, ir desmantelando el poder de las mafias y restituyendo el valor de lo común, de lo público, en un sentido más cercano al de comunidad. No se trata siquiera de contraponer nuestras prácticas a las del poder mismo, sino de ejercernos de otras maneras, nuevas, más horizontales y solidarias.

Se vale soñar: Una consigna

Nos toca recuperar el espacio público, perdido en las paranoias de esta historia, abrir nuevamente nuestras calles, sin temor. Demostrar que no tememos, porque podemos responder desde la organización solidaria y cooperativa. Manifestarse es también eso, tomar el espacio público, reclamar su soberanía. No se trata siquiera de contraponer nuestras prácticas a las del poder mismo, sino de ejercernos de otras maneras, nuevas, más horizontales, más dinámicas, más creativas y solidarias. Habrá que ir recuperando el sentido de comunidad. No podemos seguir viviendo divididos, cada quien se ha convertido en una pequeña cápsula dentro de la cual se pone a salvo de la violencia que nos rodea. Es prioritario reconectar el tejido social. No podemos aceptar que nos sigan imponiendo la violencia como algo normal, como forma de vida; la desconfianza y el miedo como sentimientos permanentes que perpetúan esa imposición. Debemos empezar a hacer el recuento, saldar cuentas con la historia.

Reivindicarnos mutuamente, los sectores y ciudadanos democráticos, es decir todas aquellas personas que no estamos involucrados con el crimen, repudiamos la violencia y el sistema de desigualdad.
Sería importante, bello, que este espacio compartido pudiera propiciar cada vez mejores condiciones, para que la vida deje de ser una carga económica, un bulto de deudas acumuladas sobre nuestras espaldas. Es deseable un lugar cómodo para la diversidad de visiones y formas: una sociedad abierta al debate, al encuentro de los otros. Al diálogo, a la propuesta, partiendo del hecho de que a pesar de cualquier otra situación, convivimos en un mismo espacio y es impostergable que ese espacio permita una mejor vida.

Nos han condicionado a pensar en otras cosas, nos han distraído, se han burlado de nuestros sueños y lo hemos permitido. Nos han hecho creer que la transformación del sistema y de las formas de vida, son imposibles. Nos han hecho creer que esta manera miserable de vivir y de ejercernos como entes despolitizados es la única posible dentro de este espacio que nos es común. Vamos, a romper con esas prácticas impuestas de violencia cotidiana, que descienden desde el poder violento y corrupto hasta infiltrarse en la vida misma. Romper con ello y trascender, conectando a partir de nuestro ejercicio diario de vida, con la continuidad de las nuevas prácticas políticas que vemos germinar dentro y fuera de nosotros desde esa misma vida que deberían transformar e ir liberando. Romper con los viejos esquemas, abrirnos al diálogo, transformar este lugar que compartimos en un lugar más amable, que propicie las condiciones de dignidad y goce. Nos urge un territorio liberado para disfrutar de esta experiencia y no vivir sujetos a los designios del sistema. Vamos, a emancipar las calles. ¡Vamos, a tirarle a la utopía, dirigirnos al lugar de nuestros deseos. Vamos a poner este país al día, se vale soñar!

* Gustavo Maldonado (1974). Deviene por el campo minado de las ideas, utilizando como medios de expresión el texto escrito y la imagen audiovisual. Guionista y co-creador en Amorfo-te busqué (2006), cortometraje basado en textos poéticos. Guionista y director, en Colgar los tenis (2010) y Juegos de equilibrio (2011), que interpretan la realidad marginal de la ciudad de Guatemala. Ha publicado ensayo y poesía en medios digitales e impresos.

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