Fenomenología y psicopatología del abrazo

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Hace ya varios años en las recordadas clases de psicodiagnóstico con Jose Luis Escobar Campollo, estudiando el Test de Apercepción Temática -T.A.T.-, al mostrarnos la lámina 10 (la cabeza de una mujer joven apoyada en el hombro de un hombre), una exnovia comentó muy naturalita “¿Y por qué dos mujeres se están abrazando?”, con gesto de desagrado. Por piedad (o falta de agilidad) no hicimos comentarios.

Lo más interesante, sin embargo, fue la sugerencia de Escobar Campollo que nos comentó que esta lámina en particular podría servir para estudiar una “psicopatología del abrazo”. La expresión por sí misma me resulta de lo más sugestiva y tristemente me señala uno de esos proyectos incumplidos, siempre pospuesto por tareas urgentes, por falta de capacidades o disposición.

Ahora mismo ando aplazando la todavía más pomposa intención de una “fenomenología” del abrazo.  No obstante…

Hay una bellísima frase de Paul Ricoeur que podría funcionar como epígrafe del trabajo irrealizado: “cuando dos seres se abrazan, no saben lo que hacen; no saben lo que quieren; no saben lo que buscan; no saben lo que encuentran”.

Al repasarla, creo que lo que está señalando el filósofo es la apertura fundamental que ocurre en el encuentro de dos personas, debido a su radical otredad. Es decir, de la imposibilidad de determinar lo que saldrá de ese contacto amoroso. Simplemente no lo sabemos, aunque se nos vaya la vida en ello.

Por eso el encuentro amoroso tiene siempre algo de apuesta y, pese al feeling, no se sabe qué es lo que puede suceder. Un psicoanalista kleiniano afirmaba con razón: “Sabemos cómo entramos al amor, pero no sabemos cómo salimos”.

Abrazar amorosamente a otro implica un encuentro que, sin desearlo o saberlo, se produce signado por la contingencia y el azar. Por la novedad irreductible que puede nacer de él.

Ahora me apoyo en una cita de Mijail Bajtín, que decía:

“Solo al otro se le puede abrazar, rodear por todas partes, tocar amorosamente todas sus fronteras: la frágil finitud, la perfección del otro, su ser-aquí-y-ahora son intrínsecamente aprehendidos por mí y cobran forma en el abrazo; en este acto el ser externo del otro alcanza una nueva vida, adquiere cierto sentido nuevo, nace en un nuevo plano del ser […] No me es dado vivir todo esto respecto de mí mismo, y no se trata tan sólo de la imposibilidad física, sino de la iniquidad emocional y volitiva de la orientación de todos estos actos hacia uno mismo”.

El abrazo como nacimiento. Metáfora del encuentro.

Y no solo por lo que sucede en lo que expresa la ya un poco gastada imagen del “alma” que se funde, sino por su misma materialidad concreta, pues como también escribió poéticamente Ernesto Sábato: “una de las trágicas precariedades del espíritu, pero también una de sus sutilezas más profundas, era su imposibilidad de ser sino mediante la carne.”

Puesto que somos seres encarnados, y pese a las pretensiones del deseo y del enloquecido mundo de consumo, somos cuerpo necesitado, finito, frágil. Sólo a partir de ser-cuerpo es que podemos elevarnos al símbolo, al encuentro y el contacto amoroso.

Claro, siendo apertura incierta, también puede pervertirse: la psicopatología del abrazo. Es el caso del abrazo forzado, que se obliga en una relación violenta. O del abrazo que, sin ser forzado, no se quiere en el fondo y muestra un mensaje contradictorio (el llamado “doble lazo”, mensaje esquizogénico).

Poder, fingimiento, engaño. Trampas y obstáculos para el deseo y la apertura.  Perversiones y frustración del abrazo.

Pero más que coleccionar citas y balbucear pensamientos, algún día me gustaría poder escribir algo sobre el tema. Sobre una posible fenomenología y psicopatología del abrazo.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

5 comentarios

    • Mariano González
      Mariano González on

      Ahora que lo pienso hay dos que recuerdo. Un abrazo no dado a mi abuelo. El otro que fue un anuncio, relativamente reciente, de hace menos de un año

  1. seré yo maestro on

    Tomando en cuenta la incapacidad de dar abrazos de los guatemaltecos, los cuales a veces no pasan de apoyar la mano en los hombros mutuamente. Falta de apartura y de autodescubrimiento por decir lo menos, ¿o no?

  2. Andrea Tock

    Tu columna me recordó a Levinas y la “caricia” y ese contacto al que obliga la cercanía del otro. (Aquí vengo ahora ya también con las citas jeje) “En la caricia lo que está ahí se busca como si no lo estuviese, como si la piel fuese la huella de su propio vacio, languidez que todavía busca allí, como una ausencia, lo que, sin embargo, no puede estar. (Levinas, 2003, p. 153)”

    Y sobre la cuestión del abrazo forzado, me recuerdo de un pequeño texto de Leonardo Boff que se llama “La caricia esencial” donde cita a Luis Carlos Restrepo: «La mano, órgano humano por excelencia, sirve tanto para acariciar como para agarrar. La mano que agarra y la mano que acaricia son dos facetas extremas de las posibilidades de encuentro inter-humano (…) Agarrar es expresión de poder sobre, de manipulación, de encuadramiento del otro o de las cosas a mi modo de ser (…) La caricia es una mano revestida de paciencia que toca sin herir y suelta, para permitir la movilidad del ser con el que entramos en contacto».

    saludos!!

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