“Florecita de barranco” o de cómo la belleza no le pertenece a las pobres

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Por Liliana Villatoro*

Leí el término “florecita de barranco” cuando un conocido describía la belleza inusual de la chica que le entregaba los tacos en un puesto callejero. El término me causa molestia a pesar de la admiración con que aparentemente se usa para referirse a la belleza inaudita que se encuentra en sitios donde se asume que resulta poco frecuente y que son, por supuesto, entornos distintos y de estrato socioeconómico inferior a quien suelta el comentario.

¿Qué es la belleza y a quién le pertenece? La discusión puede resultar amplia y pensaba citar mucha teoría sobre la creación de los patrones estéticos por la clase dominante y como los dominados se ven obligados a seguir los patrones estandarizados que la élite discurre, en un mero ejercicio de sobrevivencia y adaptación. En cómo el dinero y la clase nos permiten decir qué es bonito y qué no, en qué sitios hay belleza y en cuáles no, carajo, porque no son los nuestros y debe ser raro que exista. También debería en este punto abordar el tema de la belleza como subjetividad y como asignación de rol a las mujeres y en cómo la clase exime a las más pobres y etcétera.

Pensaba, desde esta línea abordar cómo al situarnos cómodos en nuestros privilegios de clase, nos permitimos juzgar, calificar y suponer desde la panorámica que nos brinda nuestro peldaño, la extraordinaria manifestación de un bien que nos pertenece (la belleza) cuando según nosotros aparece como un milagro, allá entre los pobres, entre la masa, debajo del filo que marca nuestra nariz.

En este párrafo incluiría algunas citas de Ortega y Gasset con aquella idea de la élite de los mejores, autonombrados, creadores y definidores de lo consumible y apreciable por los otros, la masa. De ahí me iría directamente a hablar de “La Distinción”, el libro y de la distinción que discursivamente elaboramos para diferenciarnos de los demás y dejar clara la posición de clase, como método de identidad y de pertenencia pero también de discriminación.

Ya que voy con Bourdieu, seguiría usando sus ideas como respaldo teórico de la relación entre lo económico y lo simbólico, de las relaciones de poder (de fuerza les llama el autor) y de sentido entre los grupos y las clases y terminaría anotando cómo unos más privilegiados que otros manifestamos estas diferencias con expresiones tan cargadas de desprecio disfrazado de admiración. Algunas personas en este punto pensarían que estoy viendo más allá de lo que simplemente hay y entonces, con un sesudo análisis de contenido seguiría en el otro párrafo explicando que un barranco no es el paraíso y que una flor que crece en un precipicio significa una flor que crece en un precipicio, es decir la belleza naciendo donde no tiene permitido existir, donde es raro que aparezca, un lugar hostil al que por supuesto no deseamos pertenecer, porque cosa curiosa, quien admira a una “florecita de barranco” nunca expresa deseos por convertirse en una ¿o sí?

La dominación se reproduce en otros campos, la creación de patrones estéticos no está exenta, la belleza tampoco. Las palabras no son simplemente palabras, revisten significado y expresan contenido político. Tal vez deberíamos preguntarles a aquellas mujeres a las que nos atrevemos a admirar a pesar de sus condiciones de pobreza y de clase (sí, por supuesto que es sarcasmo) qué piensan de nuestro juicio y calificación. “Plasta de asfalto” se me ocurre, al menos sería una frase que utilizaría yo para devolver el cumplido.

Y así, terminaría este texto.


*Comunicadora Social con estudios en Política, Investigación Social y Pobreza. Feminista que lee y escribe narración, poesía y tuits. Me gusta pensarme en muchas vidas, en todas me encuentro con Foucault.
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