Hacerse la bestia: deporte nacional

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Desde que tengo memoria, la gente siempre me ha molestado por mi gordura. No es que esté obeso, pero vamos, los niños de la primaria suelen ser crueles y despiadados a la hora de buscar cosas de qué burlarse. Hubo un tiempo que, en definitiva, eso caló en mi autoestima, eran días malos para ser gordito y encima no sobresalir en el deporte (no crean que los gordos no podemos ser buenos deportistas, ya ven con el ajedrez, la lucha o incluso el béisbol). Es bien feo eso de quedar al último cuando los niños más talentosos eligen a los jugadores de sus equipos a la hora de la “chamusca” del recreo.

Así pasaría casi toda la primaria, relegado a ser el último, junto al niño lechoso y débil que nadie quería en su equipo. Sin darme cuenta, eso también me orilló a ser solitario, pasaba más tiempo dentro del aula a la hora de recreo, adelantando tareas y estudiando (sí, estudiando) para la siguiente clase, pero no crean que era buen estudiante, al contrario, como algunas cosas las asumía, me volví holgazán y despistado, pero jamás perdí un grado o un curso.

Llegada la secundaria, sabía que me esperaba un camino tortuoso e insoportable con el tema de los deportes, así que, antes de que se me colocara el dedo en la llaga, decidí lo que toda persona sensata e inteligente hubiera hecho en mi lugar: me volví un cínico. No había muchas opciones, así que evité que se tomara el tema de mi sobrepeso como desventaja y solía colocarme autoritariamente como el tipo que escogía a los jugadores y no al revés. Créanme, hubo un tiempo que nadie notó que no era tan buen jugador de fútbol, pero la actitud parecía decir lo contrario.

Y así con todas las cosas durante un buen tramo de mi vida estudiantil, cinismo y desidia en partes iguales, obviamente no es que estuviera consciente de mi actitud a nivel emocional o sicológico, solo sabía que me servía como arma de defensa y me evitaba pasarla mal durante esos años maravillosos. Hasta que entrada la universidad me di cuenta de los “beneficios” que traía ser una persona descarada y sin consideraciones, jamás pasé penas en la universidad por algún tema de discriminación o algo por el estilo, sencillamente porque refiné y mejoré en el arte y la disciplina por excelencia del guatemalteco promedio: hacerme la bestia.

La cosa funciona, y bastante bien para ser honestos, díganme ustedes ¿a quién le gusta ser molestado por un defecto o un mero prejuicio sin fundamento? Yo supongo que en su momento todos recurrimos a ciertos mecanismos de auto-defensa para apañárnoslas y no ser objeto de burlas y ofensas desconsideradas. El tema es que de pronto me di cuenta de que no todo era bueno desde esa posición indolente y despreocupada. Comencé a ser insensible incluso a las cosas que me podrían traer beneficio o mejoras en la vida, incluso consejos sanos y observaciones sobre cosas que hacía o pensaba mal. Me pasé de bestia.

Tampoco me considero alguien especial o digno de ser aplaudido, es más, si lo pienso bien, quizá me hice daño con tomar una actitud cínica de manera indiscriminada ante cada cosa que se me presentaba. Quizá. Pero hoy miro y me doy cuenta de que ese cinismo e indolencia es probablemente uno de los problemas más enraizados en la actitud de todos como sociedad, la falta de consciencia y consideración sobre los problemas de todos ha crecido como un tumor que nos ciega. Es probable que estemos a punto de morir y no lo sepamos.

Porque es distinto cerrar oídos al insulto hiriente que al consejo sano, a la crítica, a la injusticia, a la corrupción, a la impunidad.

—Mano ¿viste que ese chavo le pasó metiendo mano a aquella pobre chava?
—A vos que te pele mano, si no es tu hermana o tu mamá, hacete el loco.

—Ay seño, fíjese que el don que acaba de irse me pagó con uno billete de 50 y le di cambio de 20.
—Mejor para nosotros, dejalo así y no digás nada.

—Mirá, aquel policía ya lleva rato platicando con el don del carro, con papeles en mano.
—¿Y qué? Si no sos vos, hacete la vaca.

Y aquí llenaría unas buenas páginas con ejemplos tristes, con himnos de nuestro cinismo disfrazado de respeto por las determinaciones ajenas. Es que claro, yo no te voy a molestar por ser gordo, feo, rubio o calvo, quizá te tenga que molestar si en un determinado momento estás siendo injusto, violento, corrupto o abusador. A lo mejor me importe lo que hagás si eso está violentando los derechos de uno o de muchos, porque el silencio está bien si está de por medio tu privacidad, tus gustos, tus rarezas o tus “trabes”. Pero no me salgás con que me ocupe de mis asuntos si abiertamente se están violando la vida, la libertad, los derechos y la dignidad de una o muchas personas, porque, definitivamente, esos también son nuestros asuntos.
Yo no sé si Guatemala llegará un día al Mundial de fútbol (como bien prometería cierto charlatán dedicado a la política hace un tiempo) o podrá sobresalir en algún deporte a nivel internacional, pero si hoy participáramos en un torneo de hacernos las bestias, seguro perdemos, por pasarnos de bestias. Quizá no son palabras delicadas, quizá me faltó un poco de forma, quizá no tengo la sinceridad y la sencillez de Miguel Ángel Asturias cuando dijo que en éste país solo se puede vivir loco o borracho. Yo solo podría añadir, quizá, que en este país, solo se puede vivir loco, borracho o haciéndose la bestia.

 

Foto tomada de: https://www.flickr.com/photos/homeofbastian/

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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