Ideología en Los hijos del incienso y de la pólvora

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No puedo dejar de tener la impresión de que Los hijos del incienso y de la pólvora, de Francisco Pérez de Antón, es una respuesta novelada a La patria del criollo, de Severo Martínez, o si se es más moderado en el juicio, resulta un texto que presenta una visión contrapuesta de su “objeto”: la colonia.

La comparación es riesgosa, claro. Recordando el subtítulo del libro de Martínez, es un ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. Las marcas textuales y extratextuales (desde la redacción y el cuerpo de citas hasta las editoriales que lo han publicado), muestran que es un trabajo académico. Por cierto, el trabajo más importante para entender la realidad guatemalteca del período, así como el desarrollo ulterior que ha tomado el país y la influencia de dicho período hasta el presente.

El libro de Pérez de Antón es, evidentemente, una novela: una ficcionalización circunscrita a un momento bien definido. La acción ocurre en unos cuantos días previos y durante la semana santa de 1700; sin embargo, ofrece información que abarca un siglo y va describiendo al Santiago de aquél período (la Ciudad, como la llaman los criollos), la colonia y el reino español.

Sin embargo, al interpretar una realidad sociohistórica, el primero, y recrearla ficcionalmente, el segundo, es posible hacer algunas comparaciones.

Además, todo texto es un objeto cultural que lleva necesariamente la marca de su autor y porta cierta ideología (que puede ser definida laxamente como cierta “visión del mundo” o algo más precisamente, como expresión de unos intereses sociales que apuntalan o luchan contra estructuras de poder).

Para nadie es un secreto la militancia de Martínez en el Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) o la adscripción empresarial de Pérez de Antón (Pollo Campero, Crónica). Y si un libro no se reduce a la perspectiva ideológica de su autor, sí la expresa y recrea, aún contra las intenciones explícitas del propio autor.

La novela de Pérez de Antón muestra distintas tensiones que mueven la vida de la ciudad: los intereses y las disputas entre las órdenes religiosas, la tensión entre los nobles criollos y los religiosos (que por momentos podría equivaler a la lucha entre una posición liberal ilustrada frente al oscurantismo religioso), los intereses contrapuestos entre la Corona española y el cabildo (los nobles criollos), las fricciones entre españoles peninsulares y criollos, así como el “delicado” equilibrio de todas estas expresiones del poder frente a un pueblo que es relativamente anónimo y distante (a excepción de ciertas figuras, sobre todo, de bandidos y dos protagonistas de una historia de amor).

Buena parte de las intrigas, de las explicaciones sobre las calamidades del reino y de los personajes más oscuros provienen de las distintas órdenes religiosas existentes y enfrentadas (dominicos, jesuitas, etc.). En este sentido, la novela podría tener cierto “aire de familia” con El nombre de la rosa, de Umberto Eco, por ejemplo. Los enredos, las discusiones bizantinas y los intereses bastante terrenales aparecen muy claramente en el texto.

Una de las historias sobre las que convergen distintos aspectos de la trama es la de la relación entre la viuda Rosa Pacheco y el capitán Manuel de Vargas. Rosa fue violada y su anterior marido fue asesinado. La venganza que realiza Rosa, así como las descripciones que se hacen respecto a ese episodio, ofrecen una perspectiva preocupada por la todavía más terrible situación de las mujeres en ese tiempo. Claro, esta visión es un anacronismo. No existía así como se va describiendo.

Pero el elemento que resulta crucial dentro del texto (y que lo posiciona ideológicamente) es el liberalismo económico y político. En distintos momentos de la novela se expone que parte de la ruinosa situación del reino tiene que ver con las regulaciones que la corona española impone a las colonias, sobre todo, la prohibición de acuñar moneda y la desmonetarización concomitante. No hay duda que esto es cierto y es parte de la situación existente. Pero hay frases, comentarios y personajes que remarcan el tema del libre comercio y los frenos que sufre (en términos actuales: los intereses corporativos existentes). Por ejemplo, el oidor Gregorio Carrillo, hijo de un mercader de paños y personaje relativamente “equilibrado” y preocupado dentro del conjunto, sentencia oficiosamente en un momento: “Donde todo está regulado o prohibido, todo falta y todo es caro”.

A momentos, la novela tiende a plantear cierta simetría en la responsabilidad por la situación del reino de los distintos grupos sociales y que tiene que ver más con aspectos psicológicos que con la realidad socioeconómica (mecanismo ideológico bastante extendido). Por ejemplo, se realiza una equiparación entre la posición de todos los sectores sociales que convergen en la ciudad:

“Culpar de sus males al prójimo era un mecanismo expiatorio muy frecuente entre los vecinos de Santiago. Para exculparme, yo culpo, pues el malo es siempre el otro. Y así, los clérigos culpaban a los fieles por sus pecados. El presidente, al obispo y a los clérigos, por su codicia. Los clérigos, a los frailes, por su vida regalada. Los frailes, a los clérigos, por su libertinaje y sus vicios. Los criollos, a los españoles, por su arrogancia. Los españoles, a los criollos, por su hueva y su desidia. Los mestizos, a los blancos, por su iniquidad. Los mulatos, a los mestizos, por sus desprecios. Los blancos, a mestizos y mulatos, por su rebeldía. Y los indios, a todo el mundo, por las crueldades y humillaciones a los que eran sometidos…El equilibrio emocional de Santiago dependía de esos escapes fariseos, gracias a los cuales es posible recuperar la salud del alma” (141-2).

La enumeración sucesiva de las culpas adjudicadas a los otros representantes de grupos sociales hace que sean equivalentes en el texto. Pero no es demasiado complicado leer detenidamente y darse cuenta que no es lo mismo culpar a los otros por aspectos tales como “codicia”, “vida regalada”, “libertinaje”, etc., que por las crueldades y humillaciones que efectivamente sufrían los indios.

Y lo más importante. Esta descripción de la desconfianza, el acento en las intrigas religiosas y palaciegas, así como otros elementos en los que enfatiza la novela, tienden a ocultar el aspecto crucial que es el corazón del texto de Severo Martínez: la explotación de los indios como base de la sociedad colonial. Martínez plantea que a través de distintos mecanismos, la sociedad colonial se sostiene a partir de la explotación de los indios (indígenas o mayas sería la expresión puesta al día y políticamente correcta, pero no es la que utiliza Severo Martínez).

Dependiendo de la perspectiva que se adopte, la crisis en la que se encuentra la capitanía general (y el reino) que describe Pérez de Antón tiene diversos significados. Como lo va recreando, la ciudad presenta carencias y deterioros significativos por la situación económica derivada de la desmonetarización y otras causas.

Pero como lo escribe W. Benjamin, “La tradición de los oprimidos nos enseña que el “estado de excepción” en que vivimos es la regla”. Es decir, que aún en situaciones de “desarrollo económico” hay quienes se encuentran permanentemente en un estado de excepción: sin derechos, explotados, marginados. En este caso, las figuras que no aparecen (o lo hacen marginalmente) en el libro de Pérez de Antón: los indios. Aunque exista alguna afirmación dentro de la novela sobre este “asunto”, se pierde por los otros elementos señalados.

Digámoslo así, si la novela explica la situación desastrosa del reino lo hace en función de las limitaciones del comercio y los distintos aspectos “antieconómicos” que se dan en torno al comercio, incluyendo la voracidad de las órdenes religiosas o las pugnas por intereses, sobre todo de los grupos de poder.

En cambio, para Martínez, la base y lo que estructura la sociedad colonial es la explotación que se hace de los indios (aun cuando existan más elementos en juego).

Evidentemente que no se le puede pedir a una novela que sea una explicación socioeconómica rigurosa sobre la situación de la que realiza su recreación ficcional. Sin embargo, Los hijos del incienso y de la pólvora sí va ofreciendo una explicación de la situación del reino de Guatemala cuyos argumentos, énfasis y silencios se basan en determinadas posiciones que son propias del autor y que se colocan en labios de personajes o en descripciones “neutras” o afirmaciones explícitas que promueven su visión y que resulta, ahora, conveniente a ciertos discursos económicos y políticos (digámoslo claro: a la UFM y los empresarios).

Por ello es que a la interpretación que realiza Severo Martínez se puede contraponer la explicación que de conjunto y a través de detalles se observa en el libro de Pérez de Antón. En términos políticos, a la perspectiva marxista de Martínez, se contrapone la perspectiva liberal de Pérez de Antón puesta en su novela.

Por supuesto que no se le puede pedir al autor que brinde otra perspectiva, porque entonces sería otra persona y el texto sería otro. Lo importante, no obstante, es que la posición social hace que las cosas se vean sean muy distintas. Aún con cierta sensibilidad, la descripción de las tragedias personales en Santiago que se hacen en la novela no son, por ejemplo, la tragedia individual y colectiva que realiza Rigoberta Menchú en su testimonio. No solo por la evidente diferencia temporal del relato. Sino por la participación en realidades sociales distintas que luego son plasmadas en el papel (de nuevo se compara a los textos en su calidad de “objetos culturales”) y que expresan distintas opciones ideológicas.

No sé si señalar estos aspectos de la novela de Pérez de Antón sea descubrir el té en bolsitas, pero me parece que es necesario recordar que la ideología recorre los textos y que también en la crítica es posible ofrecer ciertas (algunas) resistencias políticas.

Finalmente, ¿significa esta crítica que no se debe leer la novela? Por supuesto que no. Es una lectura amena, llena de descripciones interesantes (noveladas claro) de un momento histórico particular. La relación entre el capitán Manuel de Vargas y Rosa Pacheco es emocionante, incluyendo las escenas eróticas, así como cierta tragedia que se encierra en ella (Rosa Pacheco quisiera que en su lápida reprodujeran los siguientes versos: Esta muda ceniza, aun sin vida/ no dejará de amarte y esperarte/ hasta el fin de las horas y los días).

Prosa ágil pero culta, llena de palabras propias de la época en que se desarrolla la acción, Los hijos del incienso y de la pólvora es una novela histórica que supone una investigación importante y que puede ser una buena lectura para una tarde lluviosa.

Con un grano de sal.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

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