Intentar ver el mundo desde el espectro autista

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Medio abrir los ojos, ver el reloj, pegar la cabeza a la almohada otros minutitos, tratar de no quedarse dormido, volver a ver el reloj, levantarse, entrar al baño, rasurarse, bañarse, secarse, aplicarse perfume y desodorante, cambiarse, tomar el teléfono, las llaves, los utensilios que se usan a diario, despedirse, tomar el bocadillo para el desayuno, abrir la puerta, recoger el periódico, subir al carro, mentalizarse para enfrentar el tráfico, llegar a la oficina, desayunar, leer el periódico, trabajar, esperar la hora de salida, salir corriendo, mentalizarse para enfrentar el tráfico, llegar a la casa, y esperar a que llegue la madrugada para empezar de nuevo. En el ínterin hacer una que otra cosa distinta, algo que nos aleje de esa gran rutina que es la vida, de eso que repetimos día a día sin darnos cuenta, sin pensar en que interactuamos con los demás porque hay obligación de hacerlo, porque los convencionalismos sociales así lo dictan, porque el trabajo así funciona, porque la humanidad no podría reproducirse sin el contacto con el otro, porque no se puede prescindir de los demás; ¿o sí?

Todos tenemos rutinas para hacer cualquier cosa. Ponga atención incluso a lo mínimo, se dará cuenta de que siempre se hace de la misma forma. Esos pequeños, o grandes, rituales que utilizamos como procedimiento para encender la tele, para ponernos los zapatos, para leer un libro, para ordenar lo que usamos o no usamos diariamente. Aun el orden o desorden en que disponemos todo lo que nos pertenece. Somos capaces de saber que alguien movió un adorno, un frasco; cualquier objeto que esté fuera de su lugar nos causa malestar, que no se va hasta que todo vuelva a su orden normal.

También tenemos la capacidad de abstraernos, de estar rodeados de gente y no escuchar nada, de no voltear a ver, de no hablar y no responder cuando nos llaman por nuestro nombre, de aislarnos en el interior de cada quien y muchas veces deseamos quedarnos ahí para siempre, porque la exposición al mundo agrede, porque es posible que nuestra sensibilidad choque de frente con la violencia del exterior y de alguna manera tenemos que protegernos. En todo caso, sería bueno conocer el truco para encerrarse dentro de sí, y salir y entrar a voluntad.

De vez en cuando, o muchas veces, o siempre, quisiéramos ser autosuficientes, no necesitar de nadie, no hablar con nadie, no comunicarnos, aislarnos, estar solos, que todo fuera fácil y tomarlo, sin tener que pedirlo, sin encontrar obstáculos en el camino, sin que nada se interponga entre nosotros y lo que queremos, aunque nos sea más difícil obtenerlo, aunque de pronto nos demos algún golpe, pero sabiendo que en algún momento todo saldrá perfecto, porque sabemos lo que queremos y volveremos a intentar obtenerlo.

Quizá sea necesario estar en otro nivel de conciencia, uno que no necesite aprender a vivir como humano convencional, que nos permita disfrutar y sufrir por las cosas pequeñas, por los mínimos desajustes; que nos haga reír al recordar los detalles o llorar inconsolablemente por algo que solo nosotros entendamos. Quizá sea necesario entretenernos con los objetos que giran, dar pequeños brincos de emoción; acostarnos a ver televisión mientras apoyamos la cabeza en nuestras manos, sin preocuparnos por la hora, por el trabajo, por la comida, por el dinero, por lo que complica la vida. Quizá debamos desaprender todo lo que nos convierte en seres sociales, desprendernos de los convencionalismos para encajar, sumergirnos en nuestro mundo y quedarnos ahí por temporadas o para siempre. Quizá todo eso sería posible si tuviéramos un trastorno del espectro autista. O si al menos lo entendiéramos podría ser que nos den ganas de ver la vida a través de esos ojos, como en el poema que sigue.

 

No paraba la lluvia
la humedad se instaló en la casa
el moho
el aparato para calentar el ambiente
la factura de electricidad triplicada

Luego vino la época fría
las mil maldiciones por el clima
el viento
después marzo que no llegó a calentar

En el medio la violencia
el robo del celular
la jornada de trabajo extendida
la sensación de querer largarse de la oficina

Y al final del día
eludir el tráfico
y el cansancio
para encontrar tu sonrisa constante
y tus ojos enormes
con los que quisiéramos ver la vida

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About Author

Fernando Ramos

Me he ganado la vida desempeñando la prosaica profesión de la contabilidad y la auditoría; sí, soy de esos tipos cuadrados a quienes todo mundo teme, porque encuentran descuadres y faltantes. Pero también escribo poesía, y otras cosas por ahí; de eso trata este espacio, de las cuentas que hago con las palabras.

4 comentarios

  1. Julio Gámez on

    Que bueno encontrar gente con empatía, gracias Fernando por escribir sobre un tema desconocido para muchos, un saludo.

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