Interrumpir el tiempo (pensando la protesta)

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Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia universal. Pero quizá sean las cosas de otra manera. Quizá consistan las revoluciones en el gesto, ejecutado por la humanidad que viaja en ese tren, de tirar del freno de emergencia. W. Benjamin.

La gigantesca marcha del 27 de agosto no cumplió su objetivo inmediato que era forzar la renuncia del cargo de Otto Pérez Molina. Seguramente muchos se sintieron defraudados al escucharle decir que no renunciaría del puesto. De igual manera, pese a los miedos del CACIF, de políticos y conservadores (1) , así como a las posibles ingenuas esperanzas de otros, esto no es la revolución.

Pero la enorme importancia del gesto de miles de personas que asistimos a la marcha quizás no se encuentre ahí, en la todavía pendiente renuncia/ retiro del presidente, sino en un presente concentrado, cargado de posibilidades.

Más de cien mil personas manifestando durante todo el día en la ciudad capital, en Quetzaltenango, en Totonicapán y en otros lugares del país es una contundente demostración de fuerza. Después de varios meses de protestas continuas y de un clima político anómalo (originado en buena medida en la acción de un organismo “externo” como la CICIG, acompañada por el MP), la marcha concentró un clima de indignación cada vez más extenso y profundo.

Como se ha vuelto costumbre, algunos carteles van tomando el pulso de lo que se va gestando. Uno de ellos decía: “Antes estábamos indignados, ahora estamos emputados”.(2)

Fue muy importante la convocatoria de las universidades, por su peso y por la relativa solvencia que en tanto instituciones (más allá de algunos de sus integrantes) mantienen todavía. La participación de miles de jóvenes puede ser un primer gesto pedagógico que va más allá de la enseñanza en las aulas.

También fue significativo que empresas, algunas pequeñas participando voluntariamente y otras casi arrastradas por la fuerza que adquirió la manifestación, se sumaran e hicieran que los trabajadores (no “colaboradores”) pisaran las calles con otro sentido: no como simple tránsito del agotador circuito casa-trabajo-casa, sino como oportunidad de una reapropiación del espacio público lleno de indignación y de señalamientos críticos hacia los distintos poderes: políticos y empresariales.

El uso de los símbolos patrios también resulta interesante. Usualmente tengo mis reservas hacia los mismos: por sus orígenes y por la ayuda que han prestado para mantener el poder. Sin embargo, no hay que dejar de lado la fuerza que tienen para “religar” a las personas, darles coherencia, ser símbolo de aspiraciones válidas que muchas personas tienen. Por ejemplo, la construcción de otro país, de una nación, por fin incluyente.

No es lo mismo el uso que se les da a la bandera y el himno en un acto oficial donde sirven como protocolo o refuerzo de poder, que en una manifestación llena de indignación y rabia, como elementos que refuerzan la identidad de los protestantes, les “cargan” de fuerzas y permiten un reconocimiento mutuo.

Además, hay otro aspecto sobre el que sería conveniente pensar y discutir. Es la detención del tiempo “normal”. Que miles de personas dejen sus estudios y sus trabajos (incluyendo de forma inédita trabajadores de franquicias de comida, bancos, etc.), muestra que la reproducción de la vida social en forma de trabajo alienado no lo es todo y que existen otras posibilidades, humanizantes.

La crisis puede verse como la aceleración de los acontecimientos. Indudablemente que eso ha pasado en estos momentos, sobre todo cuando se atiende el panorama político que cambia a cada momento. Pero la crisis puede verse como la oportunidad de interrumpir el acelerado torbellino que deja miles de muertos por hambre, por violencia, por enfermedades prevenibles debido inmediatamente a un sistema de salud debilitado, la voraz corrupción de políticos y empresarios, etc.

No es momento de una revolución y es muy difícil que cambiemos las cosas, incluso, que “adecentemos” el sistema político y electoral en el que nos encontramos. No tenemos instrumentos ni programa revolucionario.

Pero tenemos eso sí, nuestra indignación y nuestra rabia. Los miles que protestamos podemos empezar a darnos cuenta de que es necesario ir más allá de esos hermosos gestos de indignación e interrupción del tiempo “normal”. Organizarnos y acumular fuerzas. Sumar más gente.

Algo mucho más interesante que botar un gobierno de ladrones puede estarse gestando.

(1) Algunos artículos de “libertarios” son sintomáticos al respecto. Es el caso del artículo Aprendices de hechiceros de Luis Figueroa. O de la oficiosa defensa de un orden ya quebrado que realiza, entre otros, Acisclo Valladares.

(2)Por cierto, una sistematización de los registros gráficos de las manifestaciones podrían dar lugar a varios estudios (tesis, por ejemplo) que podrían ayudar a iluminar el significado del momento. Sergio Palencia ya ha hecho análisis muy interesantes al respecto.

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About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

5 comentarios

  1. Si no es revolucionario que los alcaldes vayan a segunda vuelta, algo que sucede en EEUU, o que los diputados se elijan individualmente, algo que sucede en El Salvador, entonces ¿a qué le llama revolución?

    • Mariano González
      Mariano González on

      Estimado Otto, disculpe pero no entiendo claramente el comentario (o sus ejemplos).
      Entiendo que una revolución es una transformación profunda, algo que todavía no ha pasado. Se están dando condiciones para una ruptura y un cambio de régimen, pero todavía no una revolución.
      En el caso de Benjamin, entiendo que una revolución es una detención de lo “mismo”: de la injusticia y la barbarie.
      Pero no sé si esta respuesta ayuda a precisar mi postura.

      • Mariano: creo mas en los cambios mentales, son mas revolucionarios. Usted como psicólogo lo sabe, lo vive y sus mejores realizaciones las logra cuando el paciente, con su orientación, logra atar cabos sueltos, perdonar los agravios, ver la vida desde otra perspectiva.

        • Mariano González
          Mariano González on

          Estimado Otto,
          por supuesto que un cambio personal es importante y que hay cambios subjetivos que pueden ser cruciales.
          Pero, por ejemplo, 1944 es una revolucion. Tischler lo argumenta considerando que se da un quiebre en la forma estatal finquera.
          En este momento, todavia no hemos podido ni siquiera adecentar el sistema.
          Por supuesto que puede estarse sentando las bases para construir algo distinto, pero creo que falta. Y darse cuenta de ello es necesario si queremos continuar. Saludos.

          • Léase http://etimologias.dechile.net/?paradigma http: //etimologias.dechile.net/?moral y http://etimologias.dechile.net/?filosofi.a
            Si cambiamos el paradigma, las personas pueden resolver problemas con la mitad mas uno.
            La revolución francesa, debido al exceso de peticiones populares, produjo un nuevo emperador, Napoleón.
            La revolución del 44, copiando constituciones del mercenario Rufino Barrios y del dictador Ubico; llegó a otorgarle poderes presidenciales a Arbenz, para que anulara al Organismo Judicial.
            DEMO significa pueblo, KRATOS significa poder, DEMOCRACIA es el poder del pueblo… para elegir personas, no planillas (excepción lógica y práctica para grupos que aconsejan, no que gobiernen, como lamentablemente acostumbramos). La democracia no es el gobierno del pueblo, porque no todos vamos a estar gobernando. Si no nos ponemos de acuerdo con que la mitad mas uno, decida quien nos va a gobernar, a legislar y a quien vamos a escoger para aplicar justicia. Seguiremos con la demagogia de proceso democrático, ambiente democrático, etcétera, etcétera por los siglos de los siglos.

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