Itinerario para viajar –con amor– al Altiplano guatemalteco

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Me pregunto en la mañana: ¿cuál sería el mejor regalo que puedo dar a una amiga que va hacia Quetzaltenango? No un suéter, seguramente ya lo lleva y en el viaje se lo quita. No unas gomitas dulces, aunque me parecería lo más cercano a acompañarla. A lo mejor una cámara fotográfica para captar esos volcanes y valles de milpas pero, no, tampoco. La cámara no tiene el carácter reconfortante del suéter, ni la sonrisa implícita de la gomita dulce, entonces, pues, me doy. “¡Eh, ahí está el secreto!”, pensé. Le haré un escrito que tenga el abrigo del suéter, el sabor de la gomita y las imágenes de la cámara, todas en movimiento, como una cascada. Aquí va este itinerario con seis instructivos para ir al Altiplano, hecho con el material de los amigos, del viento frío en Chupol y el amanecer en Tecpán. Empiezo por donde nací, desde la ciudad escondida de Guatemala

Instructivo uno: Contemple la ciudad con amor, no solo fastidio

Varias montañas desde donde ver la ciudad. Bajando de Santa Catarina Pinula, el volcán de Agua está a la izquierda. En la tarde el sol parece rodar desde la cima hasta las faldas, ilumina el paisaje y los altos, lujosos edificios de apartamentos de zona 14. Solución a este dilema: mirar a la izquierda como horizonte y a la derecha como recordatorio de la injusticia. Del otro lado, en zona 17, está la “montañita”, la que separa la Salida al Atlántico de las colonias alrededor de Lomas del Norte. Ahí, a la par de una torre eléctrica, se pueden observar en la lejanía los volcanes y, en buen día, se concentran nubes anaranjadas, profundas, sobre el vértice de las montañas de San Lucas. De niño, junto a mi amigo Juancho, desde ahí aprendí a ver la ciudad como prefiguración del corazón. La tercera vista es subiendo desde la Calzada Roosevelt hasta San Lucas, por el “mirador”. Muchos solo se dan cuenta de que la ciudad está “allá abajo” cuando vienen regresando de Antigua, en ese lugar donde todos los conductores cansados se disputan la llegada. Pero no, atentos, aquí como con la historia, hay que ver hacia atrás para encontrar la posibilidad del presente. En lugar de ir hacia arriba solamente, voltee por un momento la mirada hacia atrás y mire cómo la ciudad se va quedando atrás, siendo el norte la dirección para observar el Valle de la Ermita. Sea de noche o de día, atreverse a mirar la ciudad como deseo solo es para valientes

Instructivo dos: Reconozca en la arena volcánica los ríos del Ixcán

En la recta, antes de llegar a El Tejar, el volcán de Agua y Fuego nos muestran otras ropas. Son como muchachas sonriéndonos de lado, con los matices que la proximidad da a la ilusión. Café claro, oscuro, incluso beige y gris son los colores de la arena lateral al de Fuego. Por su parte, como padre e hijo, el Acatenango y el Yepocapa dan imagen de cima y descanso a la vez, de acompañamiento eterno de los astros terrestres. Entre los volcanes nos vamos abriendo a la experiencia de Chimaltenango. Alguien, atinadamente, reflexionó que Chimaltenango se concentra como vivencia y metáfora en su paso a desnivel en el centro, por donde la velocidad y ligereza previa se vuelve a convertir en fatiga urbana del detenimiento, con la cola de trailers, buses Figueroa, Xoyitas y Tacanás arrebatándose, entre Tuc Tucs, el espacio del tiempo monetizado. Son una suerte de enormes caballos mecánicos. Pero ahí, en Chimaltenango, hay algo mucho más grande que un momento de la salida “al Altiplano”. Ahí, de niño vivió un amante de la selva y el sueño desiderativo, Mario Payeras. Desde ahí el niño-joven Mario fue tomando el camino que lo llevó a la lucha revolucionaria en Ixcán y a la resistencia urbana. Si pasa por ahí, piense en qué tienen en común los tipos de arena del Volcán de Fuego con los ríos caudalosos del Ixcán: a lo mejor, digo, una vivencia del mundo en tanto hogar por construir, en la lucha

Instructivo tres: Recuerde el sufrimiento del pueblo, pero entre en comunión con su esperanza

Podrá aducirse la necesidad de hablar de Iximché si, en este itinerario de utopías, vamos por la carretera estatal. Es cierto, en esa ciudad kaqchikel la raíz de la barbarie señorial, Pedro de Alvarado, se dio gusto en sacar oro de los ríos como entrañas del pueblo kaqchikel. De hecho, cada tramo de esta carretera, o en sus costados, la mano oscura de la represión ha dado golpes, sea en su momento arcabuz, espada, látigo o fusil Galil. Pero, también, hay reverberaciones del pasado, las cuales tienen un eco en la sensibilidad de la experiencia. Hace ya algunos años, mis labores como maestro me llevaban a salir a mitad de la madrugada desde el Trébol, destino: El Tablón, Sololá. En una ocasión, recuerdo ya la oscuridad del primer tramo se había ido junto al dormitado trajín. No sabía lo que me esperaba. Adelante de la segunda entrada a Tecpán, del lado derecho, se comienza a escalar una montaña que vira en forma de “C”. Iba por la mitad de la “C” cuando, de repente, vi los primeros rayos de la mañana saliendo en dirección oriental, con los volcanes –para variar– moviéndose en el tintineo de la existencia. Poco después de las seis de la mañana, en Tecpán, algo similar al vacío iluminado en el pecho, se me presentó. Esa luz –en instantes que a todos nos llegan a nuestro tiempo, si persistimos– guarda esa experiencia que nos vincula a Kaji Imox. Cada “cosa” –vasija, pecho, rostro, montaña– contiene la reverberación de los amantes en la historia, nuestra historia

Los Encuentros, Chichicastenango

Instructivo cuatro: No se duerma, sienta el frío y busque los manantiales

Abrimos la ventana: el frío entra y nos mantiene despiertos, ese es el secreto para no quedarnos dormidos. Hemos ingresado, desde los límites de Tecpán e inicios de Chichicastenango, a las subidas y bajadas de Las Trampas. También aquí se hizo presente uno de los señores de la noche, en 1981, en ese momento con el nombre de Benedicto Lucas. Se cambian el nombre y el tipo de uniforme, el deseo de subyugar, reprimir, masacrar, humillar, ocultar los ojos, enriquecerse, brindar sobre cadáveres es, en cambio, el mismo. Bien lo supo quien, como alegoría divina, cayó de su caballo y murió en un barranco en Guadalajara, el Don Pedro de Alvarado. Incluso para viajar sobre una carretera principal, comercial, de paso, de interconexión, los ojos pueden aprender a amar al pueblo. Una de las maneras: apreciar los distintos momentos de crecimiento de la milpa en las colinas laterales, los manantiales que aún brotan desde las montañas y atraviesan, humildemente, las caras y corruptas carreteras. Con un amigo nos preguntamos una vez: ¿por qué se llamará “Las Trampas” esa región? En el lienzo de Quauhquechollan –que data del siglo XVI– hay unos pictogramas sobre esta región, con imágenes de trampas con palos puntiagudos desde abajo, elaboraciones de la resistencia kaqchikel probablemente. Recuerdo haber visto el lienzo en Puebla, México, justo en la primera sala de exposiciones. Cuando paso por Las Trampas pienso en eso y en la lucha de octubre 1981, cuando varias aldeas colindantes habían decidido entrar en rebelión junto al Ejército Guerrillero de los Pobres. Fue ahí, también, donde se inició la campaña de contrainsurgencia en octubre-noviembre 1981, bajo las órdenes de Benedicto Lucas. Entre el siglo XVI y XX hay cuatro siglos de historia, entre lienzos y fusiles revolucionarios, masacres y luchas por sobrevivir, por vivir. Ahí, hacia el kilómetro 103, deténgase un momento, ¿acaso no el suelo, cuando se vive, guarda el secreto de nuestros muertos?

Instructivo cinco: El centro de gravedad es la amistad

Del mirador Las Nubes y de Atitlán lo que más se me presenta a la memoria es la espesa neblina nocturna. Al conducir el viejito carro verde, me inclinaba hacia adelante ante la poca potencia de las luces de enfrente –ahora casi inservibles–. Si vamos hacia Quetzaltenango, este es el momento en que las montañas que vienen creciendo desde Tecpán llegan a hacerse cima y punto de encuentro con las nubes del Océano Pacífico. Me gusta abrir las ventanas aquí, sentir el frío hasta dentro de los huesos, sea en camioneta o en carro. Es un espacio de mucha vuelta, cuando vamos en camioneta es uno de esos instantes en que todos vamos de un lado para el otro, como deslizados sobre arena. Es chistoso, varias veces hemos intercambiado sonrisas entre nosotros, desconocidos pasajeros del bus. Un buen amigo ha descubierto una técnica para evitar el deslizamiento. Él, con su ingenio característico, lleva siempre en sus viajes desde Totonicapán una esponja grande, sobre la cual se sienta. Así, mientras todos se balancean medio dormidos, medio asustados por la velocidad de las Quichelenses o Xoyitas, el amigo va en una suerte de centro de gravedad. Pienso en eso: la neblina y el centro de gravedad, ahí arriba, tal vez unos cinco kilómetros antes de llegar a la aldea Sacbochol, lugar del granizo. He parado tres veces en esos miradores, las tres con personas a quienes he amado y amo. Los volcanes atrás, ahora Tolimán, Atitlán y San Pedro, salen abrazados en esas fotos. Como el camino mismo, la neblina, el centro de gravedad y la foto del mirador, en todas ellas esta tierra abraza nuestra humanidad

Instructivo seis: Reúna los senderos, acompañémonos en el camino

Como los manantiales de la aldea Agua Escondida o las arenas del Volcán de Fuego, ambos se hacen presentes en nosotros como prefiguración de una experiencia revolucionaria: encontrarnos. Nunca espero que este manual sea instructivo de similares o, menos aún, idénticas experiencias, sino relatos para amigos y amigas del camino. ¿Qué es observar la ciudad de Guatemala desde la “montañita” de la zona 17 si, en la vida, llevamos la experiencia histórica de la rebelión en Quiché o de la 4a. calle de la Zona 1, en la muerte-entrega del militar revolucionario, Augusto Vicente Loarca? ¿Cómo ver el amanecer de Tecpán en esa mezcla de neblina de Las Nubes, Sacbochol y Las Trampas, con Kaji Imox y Payeras, con nuestros fracasos y luces históricas? Para los adoloridos hijos de esta tierra, “tierra nuestra”, las voces de la imagen desiderativa son las que nos tatúan en el pecho, como marineros, la insignia de una palabra aún no pronunciada y un camino por recorrer.

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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