Ixcán. El campesino indígena se levanta, 1966-1982 – III

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Sergio PalenciaEn la fotografía Ricardo Falla en la selva del Ixcán

Por Sergio Palencia,
del Grupo impulsor de Escritos Ricardo Falla

A continuación la tercera entrega de reflexiones en torno a temas desarrollados en El campesino se levanta, de Ricardo Falla. La primera se puede leer aquí. La segunda se puede leer aquí.

 

Voces desde la selva: etnografía y resistencia

En agosto de 1983 se empieza a perfilar la entrada de Falla al Ixcán guatemalteco, donde las comunidades rebeldes desarrollaban otra modalidad del éxodo: uno de movimiento, de sobrevivencia, de apoyo. Perseguidas por el ejército, el horizonte de la resistencia era la defensa de sus tierras.

Rota la temporalidad de la reproducción económica, del mercado y de la previsión, la revolución todavía era una posibilidad desde la lucha y el «aguantar», como las comunidades mismas la llamaban. Ese espacio de indefinición, de incertidumbre, de quiebre de los modos estables del ser era, ahora, movimiento concreto del pueblo transformado e insubordinado frente al Estado. ¿Cómo se hizo ese encuentro una vez Falla arribado al Ixcán revolucionario? ¿Qué implicaciones tenía dicho diálogo con las comunidades en resistencia?

Las entrevistas se entremezclaron con el propósito de acompañamiento pastoral: escuchar la voz, la experiencia, el camino de los parcelarios del Ixcán Grande. Aquella interlocución con los sobrevivientes y refugiados en Chiapas en septiembre de 1982, ahora tomaba otros senderos en la selva. Hubo tres pilares que hicieron posible esa confluencia entre la palabra y la disposición a escuchar, tanto entre Falla como de las comunidades. Dejemos que Falla lo diga en sus palabras:

«El contexto en que me moví fue muy favorable para dar confianza, porque el solo hecho de estar allí significaba que yo era de fiar. Además, por ser sacerdote me ubicaban inmediatamente y surgía una cierta relación de intimidad, como contagio de la relación que habían tenido con el P. Guillermo Woods y otros sacerdotes. La persecución y la marginación que sufrían provocaba también un agradecimiento hacia mí, porque me interesaba por oírlos y ellos sentían que había que romper el cerco del silencio para denunciar los hechos que se habían vivido y los que se venían padeciendo. La atención y la emoción que provocaban sus relatos en mí revertía sobre ellos, cuando me veían la cara, y entonces volcaban todos los detalles posibles y su interior mismo. Eran momentos de mucha gracia y de mucha comunicación, aunque el contacto fuera fugaz.»

Dichos momentos se expresaban como diálogo desde la lucha. Sobre ellos no se cernía la derrota sino la incertidumbre y la esperanza. Por eso la historia de los parcelarios, relatada por ellos mismos, “fue la expresión de sus temores y anhelos, de la tensión marcada entre el trauma de las masacres y la experiencia colectiva de lucha”. Contrario a la manera como fueron escritos, por ejemplo, la Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI) o la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH), los testimonios en ese momento no denotaban el pasado como víctima y muerte unilateralmente, sino como dolor desde la lucha. Además, como hemos dicho, los testimonios no surgían de un pasado cerrado en su horizonte sino, por el contrario, de la necesidad de darle un horizonte al enfrentamiento de la guerra. Mientras que la REMHI y la CEH vieron la guerra “del pasado”, los parcelarios y comunidades en resistencia narraban su historia como una lucha tenaz “desde el presente”. Ese es un valor enorme del libro “El campesino indígena se levanta”.

Más importante aún, la misma historia de la resistencia no se homogenizaba en la historia de la guerrilla ni en el de un “conflicto armado interno”. La lucha era múltiple y abarcaba desde la producción de maíz hasta los correos de la selva, como bien podrán apreciar los lectores. El sujeto del libro son las personas en carne y hueso, no las estructuras militares como tal.

Las voces que rescata Falla en la selva expresan la conciencia de lucha y dolor remontado al pasado de explotación en las fincas, al miedo y anhelo que les daba enfrentarse a la selva virgen y a los anchos ríos del Ixcán, al sueño de autonomía con base en la posesión de la tierra. De ahí que la confidencia de la historia, al compartirse desde la persecución castrense, implicara el nacimiento de una complicidad en la lucha. Eran los «momentos de gracia» de los cuales nos habla Falla. El testimonio y la voz misma de las comunidades colonizadoras sería el hilo central de la estructura misma de los volúmenes 3, 4 y 5 de esta Colección de Escritos. Esto lo tuvo claro el antropólogo jesuita a medida que se internaba en la voz del pueblo:

«La entrevista era muy fácil. No hacía falta más que comenzar a preguntar por su historia desde que salió de la sierra hasta el presente y ella comenzaba a contar algo que mucho había ya meditado y sistematizado. Así fueron apareciendo tres grandes partes de una especie de trilogía: el nacimiento y desarrollo de la amada (1966-1981), su violación terrible (las masacres de 1982) y su renacimiento como una nueva mujer en la resistencia (1982 en adelante).» (1993: 22)

Así lo manifestaría un alzado ixcaneco en una de las reuniones colectivas con Falla a finales de 1983, acerca de la necesidad de que fuera publicada su historia: «Levanta ánimos. Para no perder historia de sufrimientos.» (Falla, 1984: 122).

El libro “El campesino indígena se levanta” fue terminado en 1985 y, hasta hoy, verá la luz pública.

Sobre la presentación del libro

El lanzamiento de este volumen 3 de la Colección “Al atardecer de la vida…”, Escritos de Ricardo Falla s.j., se realizará el martes 24 de marzo de este año (2015), en MUSAC (9a avenida 9-79, zona 1), a las 5 de la tarde.

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