Ixcán. El campesino indígena se levanta, 1966-1982- V

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Sergio PalenciaCeremonia de lavatorio de pies en las CPR
(Foto: Ricardo Falla)

Por Sergio Palencia,
del Grupo impulsor de Escritos Ricardo Falla

 

El lanzamiento de este volumen 3 de la Colección “Al atardecer de la vida…”, Escritos de Ricardo Falla s.j., se realizará el martes 24 de marzo de este año (2015), en MUSAC (9a avenida 9-79, zona 1), a las 5 de la tarde.

 

A continuación la cuarta entrega de reflexiones en torno a temas desarrollados en El campesino se levanta, de Ricardo Falla. La primera se puede leer aquí. La segunda se puede leer aquí. La tercera se puede leer aquí. La cuarta se puede leer aquí

Crisis y religión:una pareja discute la guerra

Las entrañas de un momento histórico son captadas, también, en las disputas religiosas. Uno de los capítulos del libro, que lleva por nombre “Dinámicas religiosas”, muestra cómo la religión está palpitante en las expresiones populares. Lejos de la visión pasiva del “opio del pueblo”, aquí una profunda psicología y –hasta diríamos– “una actitud vita”l, se presentan en cómo la crisis revolucionaria y represiva mueve o inmoviliza, siendo para unos un guacalazo de agua fría y para otros el lugar de espera. En este sentido, hace más de treinta años, un joven de 25 años, proveniente de la cooperativa “La Resurrección”, le expresó a Falla uno de estos momentos en su decisión de lucha:

«Yo no sabía todavía la lucha cuando estoy de conjunto (música) y de catequista. Pero después me salieron los guerrilleros al trabajo. Tuve que aceptar con ellos. Como al año pensé de alzarme. Pero ¿quién iba a atender los niños? Hablé con mi esposa. Siempre nos cuesta de salir. Ella dijo: “¿Y en la guerrilla no se mata gente? ¿Y no dice Dios que no hay que matar? ¿Y los soldados no son gente?”. “Sí, son gente, pero no humildes. Vienen a secuestrar. Me voy y te quedas, aunque enfermen los niños. Como pasó Jesús. Él sufrió mucho en su viaje, en su andada. Por nosotros. A él también lo maltrataron de niño. ¿Nosotros qué podemos hacer aquí? ¿Solo cantando en la casa? Y tenemos problemas. Lo que estamos pasando por los ricos. Se está acercando el tiempo de los ricos: que un día ellos van a llorar y nosotros reír. A veces pensamos que hasta la otra vida”. Así discutía yo con otro miembro del conjunto.» (Falla, 2015: 215)

Como vemos, el joven trabaja la agricultura en su parcela, tiene esposa e hijos. Antes de la represión generalizada, era integrante de un conjunto de música. Campo, familia y música eran parte integral de su vida. Pero entre esta aparente normalidad se mueve la combustión de una época: la guerrilla los visita y le sale al trabajo, los soldados empiezan a secuestrar. Los ritmos del campo y de la música se transforman a medida que el momento adquiere un horizonte. Allí la religión es descubierta, bajo la propia experiencia, como parte de un camino heredado de los pobres, de los humildes, de quienes quieren cambiar el mundo. Jesús se mueve en la mente del joven en tanto crucificado y en tanto anunciador del Reino. No es unilateralmente el divino doloroso, sino aquel hombre que asume el dolor en pos de la alegría de una renovación.

No obstante, su esposa lo cuestiona con el quinto mandamiento: no matarás. En la guerrilla se asume la lucha revolucionaria como posibilidad violenta del derrocamiento del régimen. Le replica a su marido: «¿Y no dice Dios que no hay que matar?». Con gran humanidad, ella sabe que los soldados «son gente». Su crítica va hasta la médula del cuestionamiento de la humanidad que subsiste a pesar de los enfrentamientos objetivos de la actual organización de la sociedad. Como vemos, es una conversación viva, en movimiento, incandescente, partiendo de reflexiones teológicas centrales. El pueblo es teólogo y filósofo, por mucho que las universidades no den diplomas por experiencia humana. El joven reconoce lo que le dice su esposa: los soldados son gente, pero no son humildes, «vienen a secuestrar». Esta conversación muestra tensión más que solución, agitación e incertidumbre, más que aceptación. Hay impulso individual y a la vez cuestionamiento interno y social. Es decir, la gente se mueve, no es una estructura analítica.

Por eso responde el joven parcelario a su esposa con otro argumento religioso: «Me voy y te quedas, aunque enfermen los niños. Como pasó Jesús. Él sufrió mucho en su viaje, en su andada. Por nosotros. A él también lo maltrataron de niño. ¿Nosotros qué podemos hacer aquí? ¿Solo cantando en la casa? Y tenemos problemas.» (Ibídem). Inicia con su decisión y con la encomienda de lo que, presagia, será un sufrimiento individual y colectivo. Sus hijos, retoños de ambos, puede que se enfermen y sean maltratados, “tal como pasó con Jesús”, según dice. Jesús se convierte en un horizonte móvil, en un espejo que refleja tanto el rostro humano como el divino del sufrimiento social e histórico. Estamos en un momento de decisión en el Ixcán, similar al relatado en el alzamiento de las jóvenes ixiles. La religión deja de ser casa y se convierte en camino, deja de ser templo y se hace éxodo. Esto se evidencia en la crítica implícita al estar «solo cantando en la casa». Esto lo dice un músico, buscando volcar las energías musicales a la transformación del mundo (1). Pero no solo esto. El aporte historiográfico de Falla es que “capta las tensiones populares como posibilidades humanas”, no siendo el eje último si se pertenecía al ejército o a la guerrilla, sino cómo en una situación particular la vida se despliega y decanta en decisiones.

Justo en este momento, el joven de La Resurrección, convierte su decisión en un anuncio apocalíptico: «Y tenemos problemas. Lo que estamos pasando por los ricos. “Se está acercando el tiempo de los ricos”: que un día ellos van a llorar y nosotros reír. A veces pensamos que hasta la otra vida.» (Ibídem; comillas propias). En el evangelio se hace referencia a esta situación en el llamado Sermón de la montaña. Jesús es quien lo expresa a un pueblo humillado, golpeado, hambriento. Lo que es central en el relato del joven de La Resurrección es que, desde el Ixcán, entra en consonancia con el sermón, haciéndose él de alguna manera miembro de la “multitud del sermón”. En otro momento histórico, el joven expresa su experiencia del sermón desde el gentío hambriento, golpeado, humillado de Guatemala. Es una profecía, con carácter de lucha, desde las entrañas de los parcelarios del norte del Quiché.

Este es un momento que describe el libro: la crisis desde su expresión religiosa-humana. Quienes le hayan entrado al Quiché rebelde (2), del mismo autor, verán que la categoría de “liminalidad”, de umbral, sigue profundizándose pero ya desde la rebelión. Hay otros momentos igualmente importantes que, en esta entrega, solo pueden mencionarse: la interpretación de carismáticos y evangélicos de la guerra, las niñas profetizas del Ixcán, los sueños que anunciaban la guerra, la guerrilla y la religión, entre otros. La conversación que hoy hemos leído, entre marido y mujer, es parte de ese movimiento subterráneo a la historia de élites, estructuras y generalizaciones. Es parte de esas discusiones donde, el intelectural orgánico, no es meramente externo a las colectividades, sino emergiendo desde su misma experiencia, categorías e idiomas. De alguna manera, este capítulo del libro, es en su conjunto una alegoría a la rebeldía consuetudinaria, enraizada en la gente “común y corriente”, que somos todos.

(1) ¿No es la música, en sus mejores momentos, la expresión de las pasiones en la lucha o de la paz de una llegada?
(2) Ricardo Falla (1978/ 1988). Quiché Rebelde: Estudio de un movimiento de conversión religiosa, rebelde a las creencias tradicionales en San Antonio Ilotenango, Quiché. Guatemala: Editorial Universitaria de Guatemala.

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