Justicia para una familia es justicia para muchas

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Más de un año después de la captura de cuatro de los ahora cinco sindicados, no se inicia el juicio oral en el caso Molina Theissen. El proceso por la desaparición forzada de Marco Antonio y la detención ilegal y violación de Emma Molina Theissen. Aunque es muy posible que esta semana se ordene la apertura a juicio, no hay certeza de que suceda. Los obstáculos siguen apareciendo de la mano de acciones de litigio malicioso, y maniobras de impunidad. Todas, aderezadas con la permanente campaña de difamación y calumnia sostenida en redes sociales.

Esta última, como parte del conjunto de  actividades en procura de impunidad, resulta en sumar agresiones a las familias. Núcleos de personas que han soportado por décadas el efecto de la represión estatal en contra de sus seres queridos. Con sendas sentencias judiciales en el espacio nacional e internacional ya es una verdad jurídica que en Guatemala el Estado se organizó para agredir a su población. Que las instituciones responsables de garantizar la seguridad de las personas y que por mandato estaban obligadas a proteger y resguardar la vida, se dedicaron a arrebatarla. Y que lo hicieron de las maneras más crueles posibles asumiendo que actuaban para eliminar a quien llamaban “el enemigo interno”,

De esa cuenta, los impuestos de las y los guatemaltecos, así como los fondos de ayuda internacional (principalmente de Estados Unidos) que llegaron a las fuerzas armadas, sirvieron para nutrir la maquinaria del terror. Salarios de tropa y oficiales militares en el terreno y en la gestión central, armamento, uniformes, vehículos, locales y alimentación, se pagaban con esos recursos. La formación de ese personal también se cubría con el dinero proveniente de dichos fondos. La organización que se dedicó a identificar, vigilar, seguir, secuestrar, torturar, violar y asesinar, malversó en esas acciones los dineros supuestamente dirigidos a garantizar seguridad.

Ahora que las familias de las víctimas de los hechos criminales encuentran un atisbo de justicia, vuelven a revivir los dolores y los horrores de hace tres o casi cuatro décadas. Los enfrentan acompañados de publicaciones con discurso de odio y mentiras. Buscan minar la dignidad y la valentía. Dos cualidades de las que los victimarios carecieron cuando se ensañaron contra población civil no combatiente o desarmada.

Ese es el caso de Marco Antonio. Un niño de 14 años, detenido, secuestrado y desaparecido desde el 6 de octubre de 1981. Un acto cobardemente ejecutado como elemento de presión para forzar a la entrega de Emma, quien había logrado escapar de las garras de sus torturadores. Con saña y alevosía profanaron el cuerpo de una joven mujer y la atormentaron por el hecho de ser militante de una organización de izquierda. Su cobardía fue de tal magnitud que cobraron venganza en la humanidad de un niño y ensartaron un aguijón de pena en el corazón de su familia.

Lo menos que hoy puede ofrecer el sistema es un paso más en el camino de la justicia. Marco Antonio, el niño que escribía en el aire, Emma, la joven de la sonrisa clara, merecen que Guatemala les ofrezca justicia. Que les diga, en primer lugar, gracias por mantener viva la llama del reclamo. Gracias por mostrarnos el camino de la recuperación. Gracias por ser como familia un ejemplo de dignidad, de perseverancia, de humanidad.

Porque al hacerlo, estaremos ofreciendo no solo justicia para una familia, para un niño y una joven. Al hacerlo estaremos también ofreciendo justicia para todas y todos. Para que las futuras generaciones conozcan los extremos a los que llegó el Estado y el por qué de la necesidad de no permitir que estos hechos se repitan. Porque el “nunca más” no es solo una frase sino un pilar de la justicia. Porque podamos mirar a los ojos de Emma y a la memoria de Marco Antonio, con la satisfacción de haberles cumplido y ofrecerles un clavel cultivado en el camino de la verdad y la justicia.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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