Kamikazes tropicales: un viaje en transporte extraurbano

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En estos años recientes de mi vida he sido usuario asiduo de transporte extraurbano. Eso me convierte en una especie de superviviente. Debo admitir que no ha sido un acto voluntario –lo de volverme superviviente– pues las circunstancias que envuelven a cualquier mortal promedio en el país, para desplazarse de un lado a otro, hacen que hasta el más acérrimo ateo se vea tentado a encomendarse a alguna divinidad a la hora de subirse a una “canastera” o “camioneta de parrilla”, como suelen llamarles.

He intentado ser más cauteloso y utilizar medios de transporte más seguros –como si algo así existiera en Guatemala–, aunque eso afecte de manera directa mi bolsillo y un poco mi espíritu aventurero. Después de todo, qué es la vida sin un poco de adrenalina desbordada, supongo que para muchos no es suficiente la paranoia de esperar a ser asaltado en un autobús extraurbano, sino encima confiar en las habilidades dudosas del chofer que carga sobre sus hombros con la responsabilidad de poco más de medio ciento de almas.

La experiencia suele ser una especie de suspenso in crescendo, como esas canciones de heavy metal que comienzan con suaves acordes de piano y en algún momento sabés que va a saltar el sonido estridente de una guitarra eléctrica. Uno puede anticipar todo tipo de cosas, pero jamás el momento exacto en el que algo estará a punto de salirse de control y poner nuestra fe –o lo que sea a lo que se refieran cuando se ven en peligro– a prueba.

En una de esas que decidí usar un, por llamarlo de una forma, “transporte alternativo”, creí haber previsto lo necesario para llegar a mi destino sin mayor contratiempo y con relativa comodidad. Dado que la imprudencia y la ambición son bastante populares entre mis conciudadanos, el chofer del microbús decidió que al no llenar la unidad con suficientes pasajeros directos, la mejor idea era llevar pasajes cortos –es decir, pasajeros con destinos cercanos– yo es que me molesté por la forma tan arbitraria y tiránica con que se tomó tal determinación, pero me pudo más el sueño y casi no me enteré de las constantes paradas del microbús.

De pronto comienzo a notar algo extraño, el pequeño transporte se hacía cada vez más lento y se notaba el sobre-esfuerzo del motor por superar una pequeña cuesta a la altura de Tecpán. Comienzan los murmullos, las especulaciones y finalmente, la tragedia: “Señores, van a disculpar, pero tengo que transbordarlos a otro bus, ya que este se está sobrecalentando y no es posible continuar”. Cosa pequeña, si no ponemos sobre la mesa el hecho de que ya eran pasadas las nueve de la noche y nos encontramos en la nada, rodeados de montañas en algún lugar del kilómetro ciento y pico de la ruta Interamericana.

Qué más da, no era la primera vez que me encontraba en una situación similar, pero había cierta preocupación sobre cómo íbamos a caber en una unidad que de por sí ya superaba la capacidad de almas que podían ocuparla. No había opción, así que nuestras maldiciones se hacían menos que inútiles al tratar de buscar alternativas. “Es una canastera”, refirió uno de los niños al ver el autobús que nos esperaba en la orilla de la carretera. Y de nuevo las impresiones no se hicieron esperar, desde lamentos, hasta plegarias. Yo es que no estaba del todo sorprendido, después de todo, a esa hora y ese día, era la única posibilidad de llegar a casa, justamente en el bus que dejé pasar al inicio, porque “no me quería arriesgar”. Qué alegría.

“Pero aquí no vamos a caber”, mentó una señora, quien hacía pocos minutos comentaba que era su primer viaje hacia Xela, que llevaba a sus hijos a conocer a algunos familiares. La vi con cierta condescendencia y solo pude decir: “tenemos que caber, señora”. En esos minutos trascendentales de nuestra aventura ya se podían escuchar gritos quejumbrosos de los usuarios que iban a bordo del bus al que nos iban a transbordar. Me dio cierta ilusión ser la causa del enojo de muchos inconscientes que incluso amenazaron con “dejarnos tirados en la carretera”. Tan bonita la solidaridad que brota de un grupo de gente cansada y ansiosa de llegar a su destino.

El ambiente, clásico. Una bruma de vapor condensado por el calor de un autobús sobrecargado –una vez, un ayudante de chofer me dijo que las modificaciones que le hacían a los motores de estos autobuses tenían la suficiente fuerza para transportar incluso el doble de capacidad que les permitía la carrocería: “Bien podríamos ponerle un segundo nivel”, me dijo, “que el cabal nos libre”, pensé– baladas tex-mex a todo volumen y un chofer con complejo de kamikaze al volante. La forma en que los pasajeros anuncian su parada, es poco menos que dramática, ya que tienen que proferir todo tipo de gritos y chiflidos que superen los decibelios de la música y así poder detener al chofer.

“¡Me bajo ahí en la tienda!”; “¡Pare ahí donde el foco amarillo!”; “¡Ahí en la cuchilla bajan!” Y una serie de referencias que superan la precisión de un satélite de Google Maps. Una de las que más me gustó fue cuando alguien pidió quedarse: “Donde el chucho encadenado”.

Justo cuando se pensaba que no podría ser más excitante la experiencia, el chofer de la camioneta, decide deleitarnos con vídeos musicales de Marco Antonio Solís –el Yisus, como lo conocen muchos– que se proyectaban en una pantalla LCD colocada estratégicamente en la parte superior del tablero del bus. Y mientras algunos coreaban: “Si no te hubieras ido, sería tan feliz”, yo observaba con cierto terror cómo el chofer miraba de reojo el vídeo y sujetaba con su mano izquierda, la botella de alguna bebida a base de adrenalina. No quise imaginar desde qué hora el hombre se encontraba despierto y con los nervios repuntando.

Vueltas pronunciadas que te hacen sentir un agujero en el estómago –hace poco, observando un autobús desde mi vehículo, vi como las llantas traseras se levantaban ligeramente del suelo, dejando la mitad del mismo suspendido en el aire por un par de segundos– frenazos abruptos y algún pestañazo del chofer en los tramos rectos. Muchos coincidirán conmigo en que se podrían establecer ciertos parámetros que sobrepasan las probabilidades y que volverían inexplicable como es que resulta en una especie de milagro llegar a un destino, montado sobre estos corceles infernales de hierro y metal.

Lamentablemente, muchos otros no podrán contar la épica y verán un pequeño viaje, convertido en la tragedia de sus vidas, de las vidas de muchas personas inocentes.

Todo esto que cuento no es un intento de glorificación de lo absurdo, son cosas que pasan todos los días en cientos de lugares de todo el país, cosas que al parecer resultan normales en muchos entornos y que a lo mejor pierden su dimensión real. Preocupa más que existan pocos controles en la manera en que se modifican, conducen y administras cientos de líneas de transportes, donde a todas luces se convierte en objeto de ganancia, la irresponsabilidad, el ego –alguna vez escuché a un chofer decir que era el más rápido de la ruta, cosa que incluía rebasar en curvas y romper todo límite de velocidad– y la desesperación de miles de usuarios que a diario tienen que soportar toda clase de abusos, “con tal de llegar a casa”.

Espero que llegue el momento en el que este tipo de cosas también deje de ser invisible para las autoridades y una nota roja más para los medios de comunicación. Espero, sobre todo, poder contar esto desde otra perspectiva, una más civilizada y responsable.

Esa noche llegué a casa y el acto se cerraba conmigo saltando del bus en movimiento, aprovechando un túmulo cercano a mí destino, en donde solo pude observar cómo las luces del bus se desvanecían en las dos curvas consecutivas que aguardaban la ruta. Sonido de frenos y un claxon a la lejanía. Un viaje más, un poco más superviviente. No es que me encante, es que así toca a veces.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

6 comentarios

  1. Increíble pero cierto, ciertísimo. No pude evitar el reírme porque sé que es verdad, después de que uno ha bajado del bus se relaja y puede contarlo como anécdota. Lastimosamente ese es el diario vivir para muchos, en el tema del transporte estamos como atrapados en un circulo vicioso entre los dueños, los choferes y las autoridades, pero claro el que siempre paga el parto es el usuario, ya que no le queda otra que arriesgarse.

    • Wiliam

      Gracias por su lectura, María. En efecto, son cosas que nos pueden parecer hasta cómicas, hasta que uno repara en el verdadero peligro que corre una buena parte de la población.

      Saludos.

  2. Wau, con mas sentido de realidad no se puede. Excelentes letras Wili. Y a todo eso hay que añadirle que las canasteras son buses de segunda, a los que rara vez les dan mantenimiento. Toda una dosis de adrenalina.

    Gracias por esa deliciosa lectura.
    Un abrazo.

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