La Bertolica (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Nunca supimos su nombre. La apodamos Bertolica. Amaneció durmiendo en el parque frente a la casa. Aquel era un lugar engalanado de buganvilias, jacarandas, grama; un parque lleno de caminitos que iban hacia ninguna parte, daban la vuelta y cuando sentía uno ya estaba en la iglesia.

Bertolica se quedaba a dormir a la intemperie. Eso lo había hecho yo algunas veces –la siesta– cuando no había tanta inseguridad en ese pequeño mundo. Cuando me dormía, me arropaba bien para no despertar picado por zompopos, meado por arañas u otros animalejos propios de los grandes parques. Había, creo, algunas ratas de monte.

A ese parque fue a instalarse la Bertolica.

La madre de mi hijo siempre fue y ha sido una mujer muy bondadosa. Una noche, le dio cena a la Bertolica (cuando todavía no le habíamos puesto ese nombre). Así la nombramos hasta la noche siguiente, cuando llamó a la puerta, me tocó abrir y me dijo: “¿Está la Bertolica?”

“¿Bertolilca? –le pregunté–.

“Sí, la Bertolica, dígale que tengo hambre, que si me da un panito”.

Entonces, comprendí que así había ella decidido llamar a su benefactora. El apodo le quedó a la dos, por un buen tiempo.

Se hizo normal gritar “Te llaman, Bertolica”.

Salía la Bertolica y le daba comida a la Bertolica. Huevos con frijol y pan en un platito o panes con lo que hubiera. Aquella mujer se iba muy contenta.

La cosa se empezó a ponerse mal cuando quebró los vidrios de los carros de los vecinos. Aquel era un barrio tranquilo. Los vecinos dejábamos los carros en la calle. Sabíamos que había sido ella, de madrugada, pero pronto lo olvidamos.

Algunas personas del barrio le daban desayuno; otras, almuerzo; nosotros, cena. No le faltaba ropa ni abrigo, incluso, chamarras y un plástico que la hacía ya de pequeña casita. Un día, un vecino le saco un sofá grande que ya no usaba. Ahí dormía la Bertolica, con abundantes sábanas y suéteres.

Pero sucedió que, una tarde, aquel sofá estaba ensangrentado. Los vecinos rodeaban el mueble. Al centro, un borracho sangraba del brazo y la pierna. Pero bastante. Supongo que, cansado, en el parque y viendo aquel sofá, creyó que podía sentarse un rato. Dicen que cabeceaba cuando fue atacado a mordidas por la Bertolica. Era tan grave su situación que se lo llevó una ambulancia. Y eso que las ambulancias no se llevan a los borrachos.

Llegó la Policía. Tomó nota. Creo que se la llevaron. Volvió al par de días e intentó seguir con su rutina, pero ya se desconfiaba de ella porque hubo más vidrios rotos.

El sofá fue retirado. Los vecinos, de todas maneras, le seguíamos regalando ropa, comida, lo que hubiera, hasta que tuvo un problema con una trabajadora sexual. En aquel entonces, las llamábamos putas. Parece que agarró a arañazos a la pobre puta y luego se fue huyendo.

Ya no se asomó. Un par de meses después, la vi por la Plaza de la Constitución. En aquel entonces, le llamábamos parque central. Iba maltratando gente. Iba literalmente vestida como un sombrerito de Esquipulas: llena de adornos, trapos, colgantes, suéteres a la cintura, por todos lados le colgaban mierdas. Hasta de una gorra le caían adornitos. Tuve la impresión de que había perdido completamente la cordura.

No sé qué se hizo. Solo sé que era una mujer más, víctima del sistema que abandona a las personas con problemas emocionales.

El periodo de la Bertolica me develó a un vecindario solidario. Gente buena hay, sabiéndola buscar. A pesar de que nadie se hubiera hecho cargo de darle cobijo definitivo en su sala o su jardín, al menos no le faltaba comida ni abrigo. Nunca se nos ocurrió pagarle entre todos algún centro de recuperación. Pero eso habría sido otra historia, más difícil, quizá imposible de sostener hasta hoy día, tantos años después. Pero vi tantos corazones nobles, empezando –perdonen ustedes– por la mujer aquella que tanto amé.

Y bueno, esté donde esté, ya sea maltratando gente o comida por sus gusanos, deseo que en paz descanse la Bertolica.

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About Author

Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

2 comentarios

  1. Juan C. Carrera
    Juan C. Carrera on

    Broder,

    un texto que por varias razones me llegó. Sobretodo porque es cierto, la bondad florece, lo se.

    Bon texte,

    • carlos hernandez
      carlos hernandez on

      Salud, colega
      El bienestar y la dicha de la bondad es inconmensuralbe, y las etapas de la vida son hermosas,

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