La bullaranga de la “in” dependencia

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“Desde el punto de vista intelectual, el nacionalismo no tiene ni media torta; es un pensamiento desvertebrado, lleno de costuras y con supuestos absolutamente cochambrosos”.

Félix Ovejero.

Septiembre viene envuelto en patrioterismo y al cual el patriotismo le queda grande como ropa de difunto mayor.

Las juventudes, en lugar de ejercer el arte y el pensamiento crítico por estas fechas, aplanan calles al son de marchas militares que promueven la muerte neuronal con sus burdos arreglos. Pero se sienten importantes y elegantes porque con el pretexto de la patria, pueden exhibirse como no lo harán ni antes ni después. Dedican horas a ensayos estériles que fomentan la vocación de rebaño y hacen perfectamente entendible que después voten por genocidas-militares, como lo que un día ellos disfrazados soñaron ser, para tener la gallardía y poderío que viene de los trajes y que nunca encontraron dentro de sí.

Por supuesto, no es su responsabilidad. La energía inagotable de la juventud necesita canalizarse, y en este lugar donde no hay parques ni oportunidad de deportes y cultura para quienes no puedan pagar por ella, las bandas y antorchas brindan el pretexto perfecto.

Arzú no es santo de mi devoción, pero cuánto bien hizo con eliminar esa pantomima que lamentablemente Portillo retomó la costumbre que deja a usted papá, usted mamá sin fondos en septiembre y hace el agosto de los fabricantes de parafernalia patriotera.

Los adultos corren a poner las banderitas en sus carros y en sus casas, para aferrarse a un sentido de pertenencia inexistente, excusa para un puente, donde al calor de la bebida “nacional”  entonarán con ojos empañados no el Himno Nacional, porque no se lo saben, sino “Orgulloso de ser Chapìn” –el coro-.

Banderas para cegueras, esas hay por montones, del tamaño y el azul que usted quiera, al cabo lo que importa es aparentar. Pero si va a comprar la de Guate, aproveche y lleve la del Barcelona, al fin y al cabo esa la puede lucir todo el año y no hay que tirarla a la basura como las otras en cuanto pase el día. O la gringa, que ya aparece precediendo a la local en los actos oficiales, total, como diría JuanGa “para qué disimular”.

Morales, el improvisado, instará melosamente al amor patrio y se relamerá ante el descanso en el desgaste que ofrecen las antorchas, las carreras, los actos vacíos de fondo y burdos en la forma y que harán olvidar por unos días las metidas de pata, los actos de corrupción, los pasaportes diplomáticos para la familia, los gastos excesivos de funcionarios y el vacío de contenido y dirección de su intento de gobierno.

Los interesados en mantener las cosas como están, esos 245 que poseen casi mil millones de quetzales cada uno, sonríen desdeñosamente al ver al populacho creyendo la historia de independencia y celebrando sin motivo. La fórmula pan y circo funciona, y si el primero escasea, que tengan espectáculo de baja calidad. Todo para que los subyugados no se percaten de que cuanto más celebren “su” Guatemala que no existe, más apuntalan la de ellos, la finca que ostenta orgullosa la mayor brecha entre ricos y pobres del continente entero. Total, sus hijos no marchan ni llevan antorchas.

¿Cuál independencia? Si no tenemos identidad, que es el primer paso.

Aquí como dijo un profesor, los pobres quieren ser como los mexicanos, la clase media como los gringos y los ricos como los europeos. Pero no de aquí, nunca de aquí. Aunque se tengan relaciones enfermizas de amor-odio con los modelos aspiracionales, aunque encanten las estampas folclóricas del indígena permitido y la nueva versión del himno que muestra una fantasía que no somos.

Nada que celebrar estos días, bullaranga que aguantar, mucho qué reflexionar y tanto qué cambiar.

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Elizabeth Rojas

Mujer, feminista, irreverente apasionada de la vida, comprometida con la salud mental. Escéptica e irónica, pero creyente en el poder de las redes sociales, la herramienta ignorada.

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