La camioneta y el capitalismo “guatemalteco”

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Martes, 21 de julio 2015

Se detiene la camioneta 7 en la décima avenida y 18 calle. Viene a vuelta de llanta desde el cruce en la calle Martí, pero esta esquina es un lugar estratégico. Se sube un vendedor y, sin titubeos, dice: “yo no voy a periquear, ni a hablarles de más, ¿quién quiere chicles?”. El ambiente es tenso, cargado. En esta esquina se suelen subir los jóvenes a pedir dinero, con o sin dulces, diciendo que necesitan otra oportunidad como hijos de Dios, pues acaban de salir del preventivo. “No vengo a robarles o a decirles esto es un asalto, mejor me gano la vida honradamente”. Para quienes viajamos mucho en este bus, reconocemos a los mismos vendedores. Mientras, la parada ya tardó más de tres minutos. Escucho en el sillón de atrás un tímido “vámonos”. Empieza entonces el concierto de impaciencia. Una señora replica, del otro lado: “vámonos hombre, la gran”. El pasajero a la par mía, un joven de lentes, está cada vez más nervioso. No se anima a hablar o gritar, eleva el pie izquierdo tímidamente y somata dos veces contra el piso. Van ocho minutos aproximadamente, el concierto va in crescendo: “¡Vámonos hombre, o devuelva el pasaje!”, grita el mismo hombre atrás. Es acompañado de patadas en las paredes oxidadas del bus. Veo al chofer, ve a su vez hacia atrás. Parece inmutado. “Devuelva el pasaje hombre”, dice una señora. Van doce minutos, escucho a la par mía un tímido: “parémonos muchá”. Nadie responde. Comienza a moverse lenta, muy lentamente el bus. Deja pasar cinco carros, luego avanza muy, muy lentamente hasta el semáforo. Está a punto de detenerse y, de repente, pasa. Cruza hacia su derecha y se parquea en la parada al otro lado de la avenida. Mientras tanto alrededor de doce pasajeros se han subido desde su llegada a la esquina de la 18 calle. Son doce quetzales en ese lugar previo a ir a la zona comercial y bancaria de la Avenida Reforma. El chofer, un viejo de pequeña talla, de ropa humilde, va cobrando. El tiempo del pasajero no es el mismo del chofer, ni del brocha que por momentos aparece. No, para el pasajero es el dinero del servicio que se espera eficiente y no lo es, para el chofer es el dinero de ir recogiendo pasaje, lo más posible. Están enfrentados en la situación de las camionetas rojas: pasajeros y chofer. El dinero a cuenta gotas los enfrenta en parte, unos en la posición de administradores y conductores, otros del servicio de transporte. ¿Van al trabajo, van a clases, van a hacer un pago, van con la novia? Adelante, una joven se levanta y pide la parada. Esta vez, como siguiendo un reglamento de tránsito, el ayudante le dice: “Espérese la parada”. Pasa una cuadra y no se detiene, el tráfico fluye. De repente un joven corre el bus y pide la parada. Allí es donde la señorita aprovecha para bajarse, no donde había dicho el brocha sino donde hubo pasaje. La parada la hace el dinero a cuenta gotas, la gente se vuelve carga una vez ha dejado su quetzal. El valor va a subir en esa parada improvisada y hasta eléctrica, se aprovecha para que descienda la mujer que ya había pagado. Ese es el mercado en la jungla de la servidumbre aún señorial.

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

2 comentarios

  1. César A. Estrada on

    Excelente crónica, narrada por alguien que vive la odisea de viajar en camioneta. Infiernos como éste nunca son tomados en cuenta en las estadísticas económicas o no se vieron cuando algún loco declaró a este pueblón la “capital iberoamericana de la cultura”.

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