La CH de chapulines

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gabriela mirandaPor Gabriela Miranda García

Dedicado a Francisco Farias Mancilla, Vilma Paula Hinkelammer y Mariano González, porque esté texto se escribió con sus aportes cotidianos.

“La ortografía también es gente”, escribió Fernando Pessoa.
Y, como la gente, sufre variadas discriminaciones.
Hay signos y signos, unos blancos, altos y de ojos azules, como la W o la K.
María Elena Walsh

Cuando era niña al recitar el Abecedario decíamos: a-b-c-ch-d… Ahora la ch queda fuera del registro oficial del sistema educativo y por supuesto del teclado de las computadoras, aunque tendrá que hacerse más para borrarla del idioma.

Roberto Gómez Bolaños, reconoció la importancia de una letra hispánica que no funciona sino en comunidad. Por eso supo que su nombre sería Chespirito, como contrapelo de Shakespeare, dando fe de la posibilidad y responsabilidad de escribir desde otro lado, con la libertad de quien también tiene la gloria de ser un personaje principal entre los “destinados” a participar siempre como extras. Es por eso que sus personajes mantienen la CH de Chavo, Chómpiras o Chilindrina.

Hay muchas posturas frente al trabajo de Gómez Bolaños y lamento si aquí escribo una más. Lo cierto es que su aporte es significativo. Aceptadas o no, sus producciones y guiones son punto de referencia para América latina, con la excepción de Cuba.

Tan es así, que en la serie animada de Matt Groening, “Los Simpson”, el hispano está representado por un abejorro inspirado en un personaje chespiriano: el Chapulín Colorado. Mucho se ha dicho de El Chapulín como un antihéroe, poco profesional, demasiado bajo, demasiado flaco, demasiado viejo, con poco sex appeal. Y con armas y poderes inútiles: en lugar de ser más fuerte, su poder es empequeñecerse aún más, hasta la miniatura. Unas antenas plásticas desacertadas, la Chicharra Paralizadora y el Chipote Chillón que no lastiman a nadie, no hay grandes explosiones, puentes derribados con estruendo, autos fantásticos y por supuesto ningún muerto.

Franz Hinkelammert cuenta una anécdota y dice que preguntó una vez a un niño que miraba una película de acción: “¿Cómo sabes quién es el bueno?”, la respuesta fue: “El que mata más”. Esta noción de héroe nos revela la estupidez y tergiversación del mundo. En ese caso, el Chapulín Colorado puede ser de verdad un antihéroe: uno que no hace de la destrucción su arma, que no centra su fuerza en las explosiones llamativas. No es en ningún modo un pacifista, reconoce al enemigo, el cual no es un extraterrestre, ruso o taliban, es el vendedor abusivo, el padre impositivo, el dueño negligente de la vivienda, el ganadero machista, el abogado corrupto o el médico desobligado.
Sobre todo o por ello mismo, el Chapulín no tiene una misión trascendental masculina. No la tiene porque no obtiene en modo alguno prestigio con su labor; no la tiene porque no menosprecia la intervención de los demás personajes ni realiza solo la operación como quien lo sabe y lo puede todo; no la tiene porque no abandona ni desprecia la vida doméstica en pos del “bien supremo” de salvar al mundo; no la tiene porque no pretende ni triunfalismo ni un sacrificio redentor; no la tiene porque no es un ser inmaculado y casi divino; no la tiene porque no hace de su palabra ley ni máxima, por el contrario, su palabra está siempre inacabada; no la tiene porque no espera hacer surgir la vida de la muerte. No tiene misión trascendental masculina porque sus acciones no encierran el aprendizaje patriarcal del héroe libertador que hemos aprendido.

La CH, que es letra chiquita entre la K y la W (como la “ñ” de María Elena Walsh) sobrevivirá a los embates de la academia o del sistema educativo, sobrevivirá a ser nombrada como dos letras separadas. La CH, verifica que el colectivo suma y enriquece. Con Chespirito no habrá modo de olvidar que hay palabras escritas con CH, que hay personas detrás de las letras, que hay protagonistas y héroes inspirados en pequeños insectos.

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