La Cuaresma como celebración del dolor

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LSandovalPor Luis Alberto Ramírez Sandoval

¿Cómo se vive la cuaresma en Guatemala? ¿Por qué predominan en los ritos religiosos de la época las evocaciones al dolor, a la muerte, al sufrimiento, a la culpa; y se celebra en menor medida la resurrección? ¿Acaso no es mejor celebrar la vida, aunque sin enviarla a un futuro incierto, sino como presente próximo? (personalmente creo que es mejor celebrar la vida en esta vida, pero de lo que se trata es de reflexionar sobre los elementos que mencione).

Para evitar malos entendidos, más que evitar herir susceptibilidades, de lo que se trata es de los elementos psicológicos particulares de la cuaresma en Guatemala, no versa sobre si ser cristiano católico o evangélico y la fe con la que viven su religiosidad es correcta o no. No emito juicio de valor sobre esto. Estoy pensando en que, bajo el ropaje de la religiosidad, lo que nos seduce como guatemaltecos es el dolor, la muerte, el sufrimiento, la culpa.

Creo que hemos sido marcados por estos signos durante toda nuestra historia: desde la conquista, pasando por el conflicto armado interno y la actual violencia estructural económica, política y jurídica. La violencia ha sido el elemento organizador de la muerte para nosotros, la muerte diaria de pilotos, de personas por asaltos. La muerte de niños a causa del hambre también es violencia estructural. Hemos vivido violentados desde siempre y enfrentados continua y cercanamente por ello a la muerte, pero no a la muerte natural y destino ineludible de la vida, sino a la muerte violenta.

El signo religioso de la muerte de Jesús, de forma violenta, nos permite un buen canal de identificación con ese tipo de muerte. Se ve en las imágenes religiosas un Cristo violentado, (posiblemente fue así, no es lo que se discute). El punto es que admiramos esas imágenes, las actualizamos en nosotros, volvemos a vivir esa violencia, de manera íntima, incluso perversa.

De ahí el éxito de una película como la de Mel Gibson. Si no, ¿cómo explicar el delirio que causó?, ¿cómo explicar esa conjugación que se realiza entre el amor a Dios, a ese padre bueno y el placer perverso y culposo que se re- crea al observar las escenas tortuosas de la película?

La violencia para nosotros siempre está ahí, a la vuelta de la esquina. Lo sabemos y lo escuchamos todos los días: en los noticieros, por los amigos o compañeros de trabajo etc. La violencia siempre está ahí, pero cuando nos identificamos con Cristo en esta cuaresma, la violencia está en mí, la vivo yo, sufro la injusticia, los vejámenes a los que fue sujeto, y me permito vivir esta violencia y este dolor, porque creo que habrá un futuro mejor, pero al hacer esto opera un movimiento temporal siempre hacia adelante, hacia un futuro venidero.

¿Y mientras tanto?

¿Me permito vivir de culpa y de dolor? ¿Ese tiempo solo lo encuentro después de la muerte, relego mi sentido de vida hasta ese momento futuro cuando ya no la haya? ¿Por qué no celebrar y alabar la resurrección como vida de Dios en nosotros, aquí y ahora? Vida que hay que defender, mantener y procurar como un bien supremo.

Nos gusta el Dolor. Sí, nos gusta.

Si bien el Dolor nos salva de la locura (cuando existe una muerte o una separación con un ser querido), este dolor debe ser temporal, como un objeto transitorio al que aferrarnos ante la pérdida. Pero también es cierto que mantener ese dolor, no resolverlo, nos mantiene en un duelo enfermizo.

Y como país creo que mantenemos ese duelo cristalizado, que nos salvó del caos violento, de la conquista, de la guerra y de las condiciones actuales. No es que nosotros como sociedad cristalizáramos el Duelo, sino que jamás se nos ha dado la posibilidad de resolverlo.

Lo cierto es que el Duelo no resuelto sale a flor de piel con los temas de si hubo o no genocidio, de si existe o no desigualdad social, el dolor se vive actualizando en lo social. Mantener el duelo es estar un poco locos (¿acaso no lo estamos?), es crear uno o varios delirios que mantengan en nuestro imaginario social la idea que todo está bien, que no se ha perdido nada, que vendrá lo mejor, siempre en un futuro, que nos posibilita cruzar los brazos a la espera del milagro… O lo que no es lo mismo pero desemboca en idéntico resultado, pensar que “uno” nada puede hacer y esperar, entonces, “el mesías político” que nos salve, cosa jodida, porque solo existen especies de Judas, Pilatos y Barrabases.

Las pasiones cuaresmales que vivimos en esta época son actualizaciones de sentimientos siempre presentes en nosotros, moldeados socialmente, vividos individualmente y posibilitados religiosamente. Emociones y conductas siempre presentes que queremos e intentamos contener, velar o normalizar o, en último caso, tomar como marginales.

Cada quien es libre de creer y tener fe en lo que quiera, estamos de acuerdo, pero vivir la religiosidad (ya sea en cuaresma, o solo los fines de semana) para conformarnos con un futuro prometido pero nunca venidero, es algo que nos mantiene en ese estado de adormecimiento, de aceptación culpable de cualquier presente que se nos venga encima. ¿Qué posturas frente a la vida, a mí mismo, y a la sociedad estoy adoptando a partir de mi experiencia religiosa?

Algo sobre lo que deberíamos reflexionar en esta cuaresma.

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