La delicada vida acuática

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Hace unos meses pude, por fin, cumplir un sueño de infancia: tener mi propio acuario. Cuenta mi mamá que una de las primeras mascotas que me regalaron era un pececito dorado. Francamente no lo recuerdo. Recuerdo sí, haber gastado parte de mis ahorros, en la primaria, comprando peceras y peces de todo tipo. Siempre traté de brindarles una bonita pecera. Tiempo después, y luego de leer un libro sobre acuariofilia (afición por la crianza de peces y otras especies acuáticas), me enteraría de los graves errores que uno comete al meter peces, a la ligera, en una pecera.

Hoy cuento con una pecera grande. En ella hay cíclidos africanos, unos peces muy coloridos y territoriales. También son peces que requieren cuidados especiales. Necesitan mucho espacio y abundantes escondites para poder convivir. Los alimento con comida especial y uso filtros para mantener el agua limpia y oxigenada; agua que por cierto necesita un tratamiento previo para evitar el cloro, metales pesados y contar con un Ph adecuado. Todo ello para salud del hábitat de los peces.

En el proceso de crianza de estos peces, por errores de este servidor suyo, tres pececitos murieron. Los encontré moribundos, una tarde de marzo, al volver del trabajo. Traté de pasarlos a recipientes individuales para que se recuperaran. Fue en vano. Me dio lástima porque los peces no tenían la culpa de encontrarse en una pecera, en aquel entonces diminuta e insuficiente para sus necesidades. ¡Qué delicada es la vida acuática y tan sabia la naturaleza!

Los peces y demás especies acuáticas no sobreviven solo con agua “aparentemente” limpia. Dependen de microorganismos, de temperatura del agua, de una alimentación específica para cada ejemplar, en fin, de todo un ecosistema. Ese ecosistema es tan frágil que cualquier sustancia ajena puede alterarlo significativamente. Muchas veces no nos percatamos de ello, o al menos era así hasta el ecocidio en el río La Pasión. Residuos agroquímicos cayeron al agua y miles de peces, reptiles y crustáceos pagaron las consecuencias. No solo eso… el agua que ahora fluye por ese río es insalubre y puede cobrar vidas humanas. ¿Se imaginan el tiempo que tomará recuperar ese hábitat?

No, el río La Pasión no es una pecera. Las especies propias de ese hábitat no son desechables, no son fácilmente sustituibles, no se compran en cualquier tienda especializada. El daño ya está hecho y es incalculable. Y así sucedió con otros ríos que, desde hace décadas, son desagüe de zonas urbanas y fábricas. No hace falta ser “ecohistérico” para darse cuenta que, como humanos, atentamos incluso contra nuestro hábitat. Hoy lo sufren las especies acuáticas, mañana podríamos sufrirlo nosotros mismos.

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Rubén Fuentes

Soy abogado, patojo, desengañado por la realidad. Me gusta revisar libros viejitos y no creo prudente cerrar la puerta a la memoria histórica. Mientras tanto, crío pitbulls; practico deportes, los comento; analizo el panorama jurídico y político de éstas tierras y cuido el jardín

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