La desaparición del hijo: La noche del 9 de febrero, de Víctor Muñoz

0

Dentro del amplio cúmulo de dolores que nos depara la condición humana, la muerte de una hija o un hijo puede ser uno de los más fuertes. No es así como funcionan las cosas. Los padres mueren antes que los hijos. Peor si el hijo (o la hija) no solo muere sino es desaparecido.

Hay diversos informes como Guatemala Memoria del Silencio (CEH), Guatemala Nunca Más (REMHI), Los que siempre estarán en ninguna parte (Figueroa) que entre algunas de las atrocidades que se sufrieron en la guerra guatemalteca, muestran lo terrible que fue el tema de las y los desaparecidos en Guatemala. Ni siquiera Argentina con sus torvos generales tuvo las cifras que se produjeron en este país.

Más allá de las cifras, el drama humano. Esto es lo que se recrea en la novela La noche del 9 de febrero, de Víctor Muñoz. ¿Qué hace un padre o una madre cuando un hijo querido es desaparecido?

La respuesta política fue el Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) o las diversas iniciativas que se tuvieron (algunas de ellas continúan) para buscar el paradero de los seres queridos que fueron secuestrados y asesinados por el ejército y la policía.

Pero la novela recrea uno de los aspectos más dolorosos: el drama privado. El dolor permanente de no saber qué pasó con el hijo desaparecido. La imposibilidad del duelo. Falta el cuerpo y sin ello, la prueba de realidad que exige la muerte de alguien amado, sencillamente no se encuentra. Entonces el duelo se alarga y con él el dolor.

El mundo mientras tanto opera como debe operar. Los vecinos se alejan porque además, perversión intencional del sistema, el desaparecido (pero también el torturado, el asesinado) “en algo andaba metido”. Se invierte la culpa. Ya no es ejército o la policía los culpables, sino la víctima. Asesinato material y simbólico. Un triunfo del victimario. Se altera la memoria de los ausentes.

En el trabajo, los números mandan. El jefe puede ser comprensivo, pero no para tanto. Llega un momento en que el aumento de la ganancia (el capital) exige que el empleado que no rinda debe ser despedido. Los manuales de superación lo exigen: cada cosa en su lugar. Pero el lugar del ausente, por su ausencia, es todo lugar.

La cotidianidad del familiar del desaparecido, en este caso del padre, la madre y las hermanas, se trastoca. No hay descanso para el vacío permanente y las esperanzas fallidas. Alguien contaba que una madre, muchos años después del secuestro de su hijo, todavía acudía a la terminal de buses donde lo habían visto por última vez, con la esperanza de verlo bajar.

Encima la máquina de destrozar (y disciplinar a las autonomías) no se detiene. Permite el dolor privado, incluso lo alienta, pero no tolera las preguntas públicas, el dolor que empieza a aparecer. Porque cuando aparece se vuelve político. Y la finalidad de la máquina es anular lo político.

De ahí el vacío y la angustia de la novela. Dolorosa, pero necesaria. Nos recuerda que el presente está sostenido por injusticias que se prolongan y ausencias que todavía duelen. De ahí la necesidad de leerla. Para recordar como resistencia frente al proyecto de olvido que contiene la desaparición.

Share.

About Author

Mariano González

Psicólogo errante por otros campos y quizás errado. Ha llegado aquí por azares del destino y haber recibido privilegios inmerecidos, como comer los tres tiempos. Perpetra algunos artículos y ensayos. Fascinado con la imagen del ángel de la historia de Walter Benjamin, intenta (sin saber si bien), seguir la exhortación de "pasar por la historia el cepillo a contrapelo".

Leave A Reply