La empresa de los animales  (Crónicas de un mundo maravilloso)

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Estudiás, trabajás y te morís. Si bien te va, entre uno y otro periodo hay episodios de felicidad. Son pequeñas trazas, como esas minúsculas motas sobre la solapa de tu saco ejecutivo.

En lo que vas escalando, otros vienen para abajo. Son los despedidos. Otros más están arriba, encadenados de pies y manos para evitar la caída en caso de alguna sacudida.

Esa montaña escalable puede ser una institución progresista o un banco. Da igual. Se trata de vender tu tiempo y de cobrar por ello. Lo más que se pueda.

Ya sé que la vida es algo más que eso, que tiene áreas menos despreciables.  Simplemente, parte del chiste es no aparecer uno allí pintado en cuadro tan materialista. Por ejemplo, no estar retratado en ese ascenso al monte laboral –con pico y hacha hendidas muchas veces entre carne humana- o llegando a la primera estación y enterrando un estandarte en el escritorio; ese en el que colocarás la foto de tu novia o –si mal te va– de tu primer hijo.

A veces, solo a veces, quienes entierran en la primera estación ese estandarte caen de rodillas, como suponemos a Colón; dan gracias por pisar tierra firme y se disponen a pisar a los demás, es decir, a conquistar poco a poco mejores espacios.

Esos primeros asomos de seguridad permiten tomar aire en el ascenso. O si lo prefiere, alguien se queda allí toda la vida, sin molestar a nadie, como un pollito que –piensa– nunca crecerá y lo querrán por tierno. Más temprano que tarde se vuelve gallina o gallo el pollito y se lo hartan.

He tenido la fortuna de conocer esa jungla.  Mi primer trabajo fue una obra de teatro. O debo decir, como una obra de teatro.  En aquella comedia, me pagaron menos de lo acordado, salí más tarde de lo convenido y me asignaron más tareas de lo que me habían dicho al contratarme. Al principio, lo hice con gusto, como semental de ideas. “Encima, es una beca”, me repetía, “una beca de lectura y de estudio”. Pero con el tiempo quería largarme.  Y así lo hice llegado el momento, el cual fue este:

Al administrador se le ocurrió que todos, sin excepción, debíamos vestir adecuadamente. ¿Qué entendía él por adecuadamente? Pues, corbata y pantalón “de vestir”. Nos vimos las caras. Uno usaba caites, otro, pantalón cholo, una mayoría, de lona. “Menos los viernes”, dijo con cuánta originalidad, “día de jeans”. Así de alienados y estúpidos suelen ser los administradores guatemaltecos.

Un viejo audaz, repuso: “Mi salario no alcanza para vestir corbata”. Al día siguiente, recibió de regalo una docena de corbatas. De parte de la empresa. Al viejo le dio algo de gusto –que disfrazó con burlas–.

Decidí que era la hora. Ya había aprendido bastante. No había aprendido algo acerca de mi profesión, sino del comportamiento humano. Observé tantas cosas que con gusto escribí el borrador de un libro.  Una obra de teatro. De hecho, no se asombren si en un futuro no lejano leen por ahí un título: “La empresa de los animales”. Estos son los personajes:

Secretaria

Perro

Cascabel

Chimpancé

Jirafa

Cocodrilo

Buey

Zopilote

Búho

Plebe

Chompipe o Pipechón

Extras

 

No es nada magistral ni novedosa, pero me divertí escribiéndola.

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About Author

Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

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