La estatura de la dignidad

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De pie, con la mirada al frente, alzaba un clavel rojo en la mano izquierda. Con voz pausada pero firme, contundente, reiteró el pedido que lleva más de 30 años lanzando: justicia para su hijo Marco Antonio. Emma Theissen Álvarez de Molina abrió así, con un diálogo de amor y de ternura, el Concierto  para la Niñez Interrumpida. Esa niñez arrebatada de tajo por las manos tenebrosas del terror de Estado, cuyos dedos atenazaron más de cinco mil niñas y niños. Cinco mil vidas truncadas para el amor, para la academia, para el trabajo, para la vida.

A esa niñez, la familia Molina Theissen le dedicó este encuentro con el arte de hombres y mujeres que dieron su voz al canto, la poesía y la expresión plástica para decir, les recordamos, no les hemos olvidado. Para decirles que aquí no lloró nadie, que aquí, solo queremos ser humanos. Para regalarles la paz iluminada, un racimo de paz y de gorriones y un mundo con azúcar de melones.  En una fusión de cantos y poesía, Sara Curruchich, Gad Echeverría, Raúl López Colibrí, el grupo Aj Keem y, el imprescindible Fernando López, arroparon de ternura el canto por la vida.

Un canto que también reunió la poesía hecha memoria en la obra y voces de Vania Vargas, Javier Payeras, Carolina Escobar Sartí, Negma Coy, Sabino Esteban y Alejandro Marré. La curaduría de David de Gandarias, las luces y audio de Gonzalo Morán, fueron el marco para que hiciera su aparición por vez primera el coro Marco Antonio Molina Theissen, conducido por Gad Echeverría, el director invitado.

concierto

El arte por la vida y la memoria, es un arte de calidad indiscutible. El cuidado en la organización, preparación y montaje, puso atención a cada detalle para el disfrute de quienes vivieron el privilegio de estar la noche del 9 de diciembre. Para producir un encuentro mágico, un espacio que, en palabras de la familia Molina Theissen, habría de ser: “Un momento en que las familias de los pequeños ausentes, nos demos un abrazo de consuelo abrigador, sobreponiéndonos a la indiferencia, la persecución y el olvido”.

Cabe resaltar que lo consiguieron. Adriana Portillo Bartow viajó exprofeso para estar en este concierto. Ella llegó con las imágenes de sus dos niñas, Rosaura (Chagüita) y Glenda. Sus dos pequeñas secuestradas junto a cinco de sus familiares, incluida otra niña, su hermana Alma. Para ellas también fue este canto. Un canto de memoria, pero también de denuncia, de levantar la voz y denunciar a quienes contra toda consideración humana se ensañaron en niñas y niños a quienes arrebataron de los brazos de sus familias.

La niñez interrumpida tiene también el componente de la crueldad de quienes perpetraron esos crímenes. Por eso se pide justicia. Porque ni una familia más ha de sufrir la mutilación de sus corazones con el secuestro y desaparición de sus niñas o niños. Porque ni una sola niña o niño puede sufrir la interrupción brutal de su infancia. Porque como sociedad no podemos darnos el lujo de volver el rostro y no ver esta dolorosa verdad. Porque necesitamos sanar y para lograrlo debemos conocer lo sucedido, encontrar a los responsables, llevarlos ante la ley y la justicia que negaron a sus víctimas. Pero, sobre todo, tenemos la gran obligación de acompañar a estas familias en la búsqueda de sus retoños.

Ellas y ellos han sido ejemplo. Lo vimos el día del concierto. Adriana Portillo en el cierre con el llamado a no cejar en la búsqueda. Lo vimos al inicio con Doña Emma, erguida en la dignidad del dolor y la ternura. Ellas, junto a Emma, María Eugenia, Ana Lucrecia, Marilena, son incansables buscadoras de verdad, de justicia, de la ternura arrebatada. Para ellas, para su lucha, debe ir nuestro abrazo y, no olvidemos, nuestro camino solidario. Como el de las voces que cantaron y declamaron en el concierto, que abrazaron con su arte y le dieron a esta lucha la sublime estatura de lo digno.

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Iduvina Hernández

Defensora de Derechos Humanos, hija y nieta de gente honrada, convencida de que otro mundo es posible. Sobreviviente de la contrainsurgencia y excavadora de la verdad y la memoria. Como no sé nadar, por eso nado contra la corriente y, cómo pueden ver, no me he ahogado.

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