La ideología como parte del argumento

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Enero ya trajo tormentas políticas y sociales que harán aguas al nuevo Gobierno de J. Morales, aún sin haber empezado; la pausa circunstancial obligada, causada por la parafernalia consumista de fin de año ha terminado; luego del bacanal, el aire que se respira huele a “esto apenas empieza”. Las predicciones de diversos adivinos indican un año bisiesto difícil, sensible, caótico y desequilibrado.  Parece que a Guatemala esas profecías ya se le aplican. Se percibe que el beneficio de la duda que la colectividad social de manera tácita ofreció al Nuevo, será un compás de espera que terminará pronto. La declaratoria de guerra que los guatemaltecos hicieron a la corrupción sigue en pie, pero al tener una historia no resuelta que siempre nos alcanzará, devienen desafíos que interpelan a todos y a toda la institucionalidad. No se puede librar una batalla contra la corrupción sin vincularla con la historia de la guerra y la injusticia.

La captura de militares involucrados en los crímenes de la guerra interna y el anuncio escabroso del Presidente Maldonado sobre un salario diferenciado para cuatro municipios, son apenas dos hechos que le predicen a J. Morales un nuevo período que será complejo y problemático. Pero el reto mayor lo tiene la sociedad en su conjunto, y representa la inexorable realidad de enfrentar con altura, el encuentro del pasado y sus atrocidades con el presente y sus corrupciones.  En una sociedad conservadora, el pensamiento se vuelve fundamentalista y dogmatizado, no observa razones sino tradiciones, repele las posiciones y afianza las emociones. El pensamiento conservador anula el debate y el dialogo de ideas, es más, las sataniza y las acusa de subjetivas a la hora de buscar la justicia. De este mal padecen los que se asumen de derecha y los que se asumen de izquierda. En Guatemala es como dice Alvaro Velasquez en su libro “Ideología Burguesa y Democracia”, es la comprensión que el liberalismo económico está fundido con el conservadurismo político, generalmente amalgamado con un anticomunismo militante.

Es la primera hora de la mañana y la noticia sobre la captura de Callejas, Lucas y varios militares más, vinculados a desapariciones forzosas y evidenciadas en un cementerio clandestino, que descaradamente era escondido en un centro de operaciones para la paz de una base militar en Alta Verapaz, acapara los debates radiales.  El hecho es aprovechado por el afán comercial de las radios, para poner a debatir a duplas de invitados que asumen posiciones antagónicas en torno a los hechos, mientras la audiencia sintoniza por miles el dial de sus radios y de paso tragan publicidad.

El actor invitado proclive a los que se presume victimarios (el ejército), es interpelado y su argumentación llega a un límite cuando aparece como factor, la evidencia empírica flagrante que ha sido hallada por el ente investigador. En ese momento el entrevistado esgrime como tesis que la justicia no puede alcanzarse en un escenario que está “ideologizado”, descalificando a la institucionalidad estatal de justicia, a las víctimas por tergiversar los hechos y a los sujetos defensores, sean nacionales o entidades internacionales, a quienes invalida por involucrar su ideología en un hecho jurídico.

El otro actor invitado, proclive a las víctimas, expone argumentos que tratan de apegarse generalmente con bastante propiedad, a la normativa y jurisprudencia local y cuando se necesita, a los instrumentos internacionales. En su caso, la explicación le queda corta cuando el interpelante lo conmina a emitir opinión sobre casos de delito en los que se vincula a la otra parte (la guerrilla), y es ahí cuando su justificación solo alcanza a exponer que “el porcentaje de sus responsabilidades en excesos de la guerra es menor que el de la otra parte”, según tal o cual Informe.

El mismo tipo de debate se puede encontrar en fenómenos como al salario diferenciado, la explotación de los recursos naturales (minería), las causas de la pobreza, etc., y la conclusión es la misma: todos rehúyen a la exposición y el intercambio de sus ideales políticos, justificándose en una inconveniente subjetivación del debate, lo cual “empañaría la justicia que debe ser objetiva”. La trampa está a la vista aunque difícil de asumirla, rehuir a los propios ideales para evitar la inconveniente verdad de la historia guatemalteca: un Estado corporativo instituido por los poderes oligárquicos como clase dominante, sobre la base de una contradicción esencial que ha promovido a través del tiempo una estructura garantista de lo político y lo jurídico para su beneficio sectorial.

Lo que se necesita es más y más ideología para debatir y dialogar sobre nuestros propios fantasmas y sobre los responsables de la impunidad. Así como no alcanza esgrimir la justicia como mazo para extinguir y dilucidar los crímenes del pasado, tampoco una sentencia condenatoria será suficiente para transparentar el gasto corrupto en el Estado.

Solo así resolveremos el pasado en el presente y evitaremos incómodas preguntas tales como: ¿es justa la justicia?

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Julio Donis

Guatemalteco, nací en Xela en la primavera del 68´y desde los cuatro años me llevaron a la capital. El consumismo es la principal actividad del ser humano moderno, y es la que nos llevará a la extinción como especie. Propongo romper lo establecido, no conformarse con las respuestas porque son mejores las preguntas. La realidad impone buscar las raíces de todo, hay que radicalizarnos. Soy sociólogo de formación y mi experiencia profesional ha sido en programas de fortalecimiento y reforma a la institucionalidad del sistema de partidos políticos, del sistema electoral y del sistema parlamentario. Me expulsaron del único periódico vespertino que existe por escribir contra corriente, y ahora escribo en El Salmón.

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