La importancia de ser niño

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No son pocas las cosas que me emocionan tanto y que, al mismo tiempo, no tengo el talento suficiente o la disciplina para llevar a cabo. Escribir es una de ellas, nadar es otra. Pero el detalle no es suficiente para detenerme, aunque en el intento haya estado a punto de dejar la vida. Y no exagero, habrá algún par de anécdotas que les podrán contar mis familiares y algunos amigos cercanos. Pero esta la comparto porque tiene su gracia particular (y no digo que las otras no).

Resulta que, como ocurre en estos días de desesperación colectiva, por el clima y alguna otra cosa, decidimos junto a mi esposa tomar un descanso, salir de la rutina. La empresa tuvo éxito, solo fue necesario viajar hacia algún hotel de la ciudad y pasar un buen tiempo. Particularmente, me estoy volviendo bastante intolerante a las multitudes y las playas comienzan a ser lugares poco recomendables para visitar en esta época.

Ahí estábamos, frente a un mundo de posibilidades que curiosamente se barajan en lugares encerrados dentro de la misma ciudad. Justo antes de finalizar nuestra pequeña travesía urbana, nos encontramos frente al clásico cuadro de gente tomando el sol a la orilla de una piscina, alguna palmera malograda y unas sombrillas que eran invitación bastante decente para adentrarse en las aguas hermosamente decoradas por el azul celeste de los azulejos. Bendito olor a químicos de piscina y bendito clima pseudo tropical que hace más dichosa la estadía.

Y como si se tratase de un ritual antiguo, me apresuré a meterme al enorme depósito de agua, donde jugaba un par de niños y algún adulto que no leía algo o se chamuscaba bajo el sol. De pronto era solo yo y mis intentos absurdos por aprender a nadar por mi cuenta –llevo quizá unos veinticinco años intentándolo– esperando que mi intuición y algún sentido de supervivencia interno activen mi memoria prenatal, cuando el agua era lo único que me sostenía, cuando todavía no sabía qué era el temor a ahogarme.

Cuando estuve el suficiente tiempo dentro y junté el valor para intentarlo, logré caminar por la orilla de la parte más honda, sin medir peligros, armado de cierta valentía y una cantidad ingente de imprudencia, me impulsé de un lado de la piscina para llegar hacia el otro. Habría que detenerse a estudiar cómo un hombre consciente de algunas leyes básicas de la física y por qué no decirlo, con algún atisbo de sensatez, es capaz de ponerse en semejante riesgo innecesario.

Iba yo apenas –y a penas– por la mitad, cuando de pronto el aire en mis pulmones se fue haciendo escaso, pero no tenía intenciones de detenerme –no a la mitad, justo en lo más hondo– era el quinto o sexto braceo que intentaba, cuando de pronto, sentí cómo mi argolla matrimonial se desprendía de mi dedo. La sensación es bastante parecida a cuando te perdías de tus padres en algún lugar concurrido. Pero mi crédito de imprudencia se hizo corto, era llegar a la orilla con el suficiente aire o intentar la hazaña de descender a lo hondo y recuperar el anillo. Ahí me recordé que era una persona adulta y consciente y decidí llegar a la orilla.

Contemplando todas las posibilidades, no tuve más remedio que acudir a uno de los trabajadores del lugar, a contarle mi infortunio, no sin antes recuperar el aliento de vida y hacer como si el incidente era menos que pequeño. Desde luego no hubo manera de mantener el hecho en lo íntimo, solo habían pasado un par de minutos y se presentaron dos buenas personas intentando ayudarme. Alguno sugirió que el anillo se había ido por la coladera, cosa que el empleado descartó, ya que no permite que piezas de cierto tamaño –vaya hombre, como un anillo– se colaran entre el filtro.

Fui víctima de una especie de interrogatorio por espacio de una media hora, alguna otra persona –según lo pude notar– con bastante experiencia en bucear, hizo el intento de indagar por la zona para dar con el anillo. Aquello se convirtió en el evento más comentado por los bañistas en poco tiempo. Todos tenían alguna teoría, algunos sencillamente lo dieron por perdido y no faltó quién sugiriera que a lo mejor mi memoria de treintañero me traicionó y pude haberlo perdido en otro lugar.

Justo cuando había perdido toda esperanza –salvo un aspirado que sugirió uno de los empleados y que tenía algún porcentaje de posibilidad de recuperar el anillo– se acercó una familia, con un par de pequeños y una niña grande, casi adolescente. La madre juró que era cosa de minutos para que los pequeños lo encontraran, cosa que yo me resistí a creer, por una parte, ya que un número nada despreciable de adultos, con una cantidad importante de información y bastante paciencia, no había conseguido siquiera ver por asomo el famoso anillo. Pero los niños son niños, pensé por un momento –incluso mi esposa lo sugirió desde el principio; pedir favor a un niño–.

Con una habilidad envidiable, los primeros dos pequeños se adentraron en la parte más profunda de la piscina. La técnica era impecable, fue como ver a dos pequeños delfines entrar en el agua y moverse de un lado hacia el otro. La hora apremiaba y yo intenté no menospreciar los esfuerzos de los pequeños. Algunos adultos observaban, con cierta apatía, salvo los padres de los niños. Pasados algunos minutos, la niña más grande –que aún desconocía el objeto de la algarabía– hizo un par de preguntas a su madre. Asintió con la cabeza y se sumergió. A todo esto, yo ya había hablado con los empleados del lugar, para dejar mis datos por si acaso se recuperaba mi anillo.

No había terminado de explicar a mi esposa que lo dejaría todo en manos de la suerte, cuando la niña salió con el anillo en la mano. ¡Lo encontró! Gritó la madre. Yo sentí una especie de alivio, alegría y vergüenza al mismo tiempo, porque los aplausos fueron generalizados y la emoción se desbordó por todo aquel lugar. Le agradecí a la niña, cuya expresión fue solamente una sonrisa y un “de nada”, acto seguido volvió para seguir jugando en la piscina. Me fui del lugar e intenté hacer memoria de la cantidad de veces que me dijeron que los esfuerzos por recuperar el anillo eran inútiles. Yo estaba seguro de que era así, pero en el fondo, no dejó de asombrarme la sencillez y la inocencia de le pequeña, que sin hacer muchas preguntas, encontró la joya en la primer sumergida que realizó, con todo éxito.

Quiero pensar que los niños son así en todo, con todo, no quiero ingenuamente lograr con esto que invoquemos siempre a nuestras emociones infantiles, para llevar la vida de una manera más despreocupada. Pero sí quiero experimentar, de vez en cuando, esa sensación de pensar que aún podemos lograr algo que se cree perdido, como si no supiéramos nada, o mejor, que aun sabiéndolo estemos dispuestos a sumergirnos, con la información más básica, con le emoción más genuina, vamos, como niños.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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