La lluvia de los barrenderos

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Una fuerte lluvia irrumpe sobre el Parque Morazán, en zona 1. Todos – mujeres, hombres, niños – reaccionan por el repentino diluvio: los estudiantes de secundaria, los cuida-carros, la doctora, los barrenderos, las oficinistas, los peatones, los vagabundos, los que salen del comedor de la esquina. Algunos se refugian bajo la terraza de un sanatorio: son los jardineros y barrenderos que corren con sus costales y sus escobas. Como ellos, caminé rápido a la par de las casas evitando el chaparrón.

Igual que las personas, la lluvia tiene su carácter, su aroma, su humor. Era una lluvia de este a oeste, inicialmente de gotas ligeras pero unidas, cayendo en cascada, luego se fue haciendo más lenta, como si flotaran las gotas. Huele a tierra húmeda. “¡Ah, mirá esos patojos, a esos si no les importa mojarse!”, dice uno de los señores a la par mía. Van caminando tranquilos, desarropados, dos estudiantes. “¡Qué, si no les importa que se les mojen los libros!”, responde el otro. Reímos – lo digo en plural primera persona porque, de manera grata, la lluvia nos puso en súbita comunidad de medio-mojados –.

“Mirá ese árbol, hay flores rosadas, moradas, amarillas y rojas, han de ser buganvilias”, dice uno de los barrenderos. La lluvia ahora nos salpica los pantalones. “No, son flamboayantes”, le responde el jardinero, pero duda, “creo”. Perpendicular se ha hecho la lluvia y arrecia en lugar de disminuir. Nos hemos vuelto un conjunto de ojos viendo hacia el parque, comentando lo que pasa en los intersticios de la lluvia. Mientras, se ha colado el agua hasta mis calcetines. Ellos tienen botas de hule, casi imperceptibles pues el pantalón las cubre.

Un automóvil dorado se acerca, el conductor quiere parquearse donde hay un tambo plástico. La señora cuida-carros sale corriendo, paraguas en mano, para decirle que ese espacio está reservado – tiempo después sabría que para la “licenciada”, no sé quién –. Desesperado el conductor, pita, pita, pita. “¡Enojado ese pisado, veaa!, ya quiere que le den su lugar”. Todos asienten, aunque el mismo que lo mencionó piensa: “Como si fuera su calle”, refiriéndose a la señora. Adelante, pasa ahora una estudiante cubriendo su mochila, la vemos. Uno de estos miembros de la comunidad de contempladores del chaparrón, dice: “Ve pues, esa patoja si cuida sus libros, no como los otros dos, como no les cuestan”.

Llevan unas camisas proveídas por la municipalidad. Son verde fosforescente, pero no dicen “21K”, sino, entre otros, “Vendedores de flores”, “Verde y limpia”. Designan a quienes sobreviven vendiendo flores, barriendo calles, levantando sacos de basura. Esas categorías – clasistas hasta la médula – pretenden normalizar que haya unos privilegiados en escritorios, otros en conversatorios, otros barriendo calles, otros en automóvil, otros dirigiendo el tráfico, otros recibiendo renta, otros aprendiendo a usar bombas lacrimógenas. Normalizan la dominación social. Nos ocultan que, ahí, rompiendo las categorías y acercándonos, podemos aprender qué es una flor flamboyante, diferenciar los colores de un árbol, mojarnos los pies. Salir a conocernos, hablarnos, es sin duda parte central de la emancipación social, por pequeña que sea en inicio la experiencia.

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Sergio Palencia

Sociólogo. Considero importante repensar la memoria histórica desde las heridas y luchas del presente, en distintos contextos. El horizonte de la esperanza, en regiones como Centroamérica y México, debe rastrearse a partir de un conocimiento crítico del pasado y su legado como lucha, aún abierta

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