La lucecita del CHECK

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El automóvil, esa herramienta mecánica, con capacidad casi ilimitada de afligirnos y resolvernos la vida al mismo tiempo. Claro, yo hablo como ciudadano común, de esos que rara vez tenemos la disposición de comprar un vehículo del año, de los que vienen con tapicería nueva, olor a nuevo, garantías, pólizas y cuotas de mantenimiento. El mortal promedio que por cosas de la vida se hizo de un vehículo –de unos diez o quince años de antigüedad– y que con algún esfuerzo sobrenatural se las arregla para mantenerlo con vida y que lo lleve de aquí para allá.

Recuerdo que todo comenzó una tarde cualquiera, una salida cualquiera, luego de un par de años de tener vehículo, el pánico se apoderó de mí cuando de pronto, salta esa alarmante y preocupante alarma en el tablero del vehículo. “CHECK”, una luz amarilla, con un brillo particular, una señal apocalíptica y casi con el sonido de una caja registradora al fondo.

Y como buen ciudadano de este país, procedí a hacer lo que cualquiera hubiera hecho: acostumbrarme a su molesta presencia en mi tablero y aprender a enfocar mi visión periférica lo más lejano posible de su ubicación, justo a la par del indicador de la gasolina. Debo admitir que me llevó cierto tiempo, porque no dejaba de preocuparme que me indicara que algo estaba realmente en peligro de estropearse. Pero lo logré, logré hacer que su molesta presencia se me hiciera familiar.

Pero como era de suponerse, las cosas no se arreglan así y pronto me llevaría una serie de desencantos con el automóvil. Claro que puedo contar la cantidad de incidentes que me amargaron más de una vez la existencia, como aquella en que, a plena hora pico, rumbo a casa un viernes por la tarde, el vehículo tuvo una falla general en el sistema eléctrico y quedé a merced de esa turba de gente cansada y desesperada por llegar a casa. Recuerdo haber experimentado una especie de revelación, al recordar las veces que manifesté mi lástima por esos pobres diablos que se quedan varados en hora pico en alguna de las calles más transitadas de la ciudad. Ahora, me conmueven aún más.

Curiosamente, puedo entender la cantidad de fallas que ha tenido el automóvil; el paso del tiempo, el desgaste natural de ciertas piezas, la falta de mantenimiento preventivo. En fin, no es como si me sorprendiera que, de vez en cuando, esa máquina de frío e insensible metal, pareciera tomar consciencia de sus problemas y decida ya no trabajar. Lo comprendo y me reprendo por no poder hacer más al respecto, más que intentar hacerlo caminar y reparar cuando la ocasión lo amerita.

El sábado 25 de Abril de 2015, una gran luz de CHECK saltó en la vida democrática de este país. Después de mucho tiempo fue posible ver a muchos de esos “ciudadanos promedio”, congregados para manifestar su malestar, su inconformidad, su indignación por una serie de hechos que comprometen la vida pública de este país. Señal que es para todos los que vivimos en este lugar. Miedo, quizá; confusión, alerta, preocupación. En el mejor de los casos, hemos sido testigos de algo que se venía anticipando. No es como si no supiéramos que las cosas no andan del todo bien en este país, pero nos conmueve, al menos, saber que todos somos capaces hoy de ver la señal.

La pregunta en todo caso sería ¿qué vamos a hacer con la lucecita del CHECK? ¿Nos vamos a acostumbrar a tenerla ahí, a familiarizarnos con esas cosas que sabemos que requieren nuestra atención? Después de todo, parece que esta es la actitud predominante en nuestra sociedad. La indiferencia. Esto es una invitación también a preguntarnos lo que hemos dejado de hacer, lo que hemos podido prevenir y no permitir ser víctimas de la desidia. Recordemos, los automóviles son útiles, pero necesitan mantenimiento y cambios de vez en cuando.

Por mi parte, no soy iluso, quisiera que hubiera una manera mágica –como ganarme la lotería, quizá, o heredar la fortuna de un tío desconocido– y así poder comprar un vehículo del año, como dicen por ahí, “cero kilómetros”; pero sujeto a esa realidad que se me impone, intentaré mejorar todo aquello que esté de mi parte, para no desatender las señales que me manda el automóvil. La señal sigue ahí, espero esta vez no acostumbrarme de nuevo a su presencia, a verlo como normal, como “ahí se va”, o “a ver cuánto aguanta”. En todo esto último, me refiero a mi vehículo, pero, por qué no, a mi papel como ciudadano de este país.

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About Author

Wiliam Ajanel

Discípulo de la normalidad y el perfil bajo. Aprendí a escribir por necesidad, más que por gusto. Estudié mercadotecnia y me gusta la informática; la academia me hizo una persona necia y la vida, un poco cínico. Mi rebelión tiene que ver con intentar ser feliz.

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