La lucha por la democracia

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Se considera que un país es democrático cuando se realizan elecciones para determinar a las autoridades del gobierno. En este sentido, la democracia es un régimen político, el menos peor, parafraseando a Churchill. Actualmente, gran número de países en el mundo realizan elecciones con particularidades propias en cada uno de ello. Paralelo a las “olas de democratización” ha ocurrido un proceso de agudización del modelo neoliberal que ha provocado mayor acumulación de riqueza y exacerbación de la pobreza y la miseria en el mundo. Esto ha provocado que algunos critiquen la democracia misma por considerar que esta ha creado un reino de individuos consumidores sin límites que no tienen sentido del bien común y que únicamente defienden sus intereses particulares.

Ante este escenario, Rancière habla acerca del “odio a la democracia” donde dice que no es precisamente culpa de la democracia este proceso de acumulación por desposesión, sino más bien del capitalismo salvaje y que culpar a la democracia es contraproducente. Para Rancière, la democracia no es un régimen político la democracia no es ningún régimen de gobierno, sino la manifestación, siempre disruptiva y conflictiva, del principio igualitario. “La democracia no se identifica con una forma de Estado, sino que designa una dinámica autónoma con respecto a los lugares, a los tiempos, a la agenda estatal”.
El que se pueda entender la democracia tanto como un régimen político o como lo opuesto a esto demuestra que la “democracia” es un término sobre el cual no hay consenso. En términos de la teoría de discurso de Laclau y Mouffe, esto vendría a ser un significante flotante. Esto quiere decir que existe aún una lucha por sedimentar un sentido único de que es democracia y así devenir en un discurso hegemónico revestido de “objetividad”.

En Guatemala, para algunos la democracia es una herencia que deja atrás el autoritarismo de los regímenes militares y que consiste en la realización de elecciones generales que garanticen la alternabilidad en el poder. En este sentido, la crisis de gobernabilidad actual es algo que debe ser arreglado con prontitud y dentro de las instituciones democráticas, fortaleciéndolas. Esta visión no toma en cuenta que los últimos treinta años no han servido para democratizar el Estado (si es que tal cosa es posible) sino para que los antiguos actores se reajustaran a las nuevas formas de hacer el juego político. Tal y como el General Héctor Gramajo le dijo a Jennifer Schirmer: “Hacer la guerra por otros medios”.
Sin embargo, si se entiende la democracia más allá de la simple alternancia en el poder (la cual ni siquiera es real ya que quienes han alternado no han representado una verdadera diferencia en el qué hacer político) la crisis de gobernabilidad se presenta como una ventana de oportunidad para repensar y cambiar la relación Estado-sociedad en el país. En este sentido, el abstencionismo electoral es la opción más democrática, además de ser acompañado por el fortalecimiento de la organización social.

Y por eso, citando a un amigo en Facebook: “Habría que insistir hasta el cansancio que repetir lo mismo en este momento político sería como celebrar las condiciones de aquello que repudiamos. Aquí no hay lugar para la acción creativa. Por eso, decía el viejo Freud, la pulsión que nos lleva a repetir lo mismo es la de muerte. Las crisis son momentos excepcionales porque interrumpen la inercia de la política; y en esos tiempos se requieren medidas también excepcionales para cambiar las cosas, no más de lo mismo”.
Lo que ocurre en Guatemala es la lucha por la definición y sedimentación de qué es democracia; una lucha discursiva que tiene efectos muy concretos. El lenguaje no es poca cosa, sino más bien la forma en la que se accede a la realidad.

Entiendo que algunos que se han situado en la izquierda política vean el voto estratégico, el voto informado e incluso el voto nulo, como opciones democráticas. Y aunque no comparto esa posición, me parece absurdo que la decisión personal sobre qué hacer respecto a las elecciones, nuble el panorama de lo que vendrá después y por lo tanto, mine y derruya las posibilidades de una organización más fuerte.
Me parece que es equivocado en este momento de crisis, ver estas posiciones como antagónicas; sería más acertado como posiciones agónicas. Esto quiere decir que no es un consenso precisamente lo que se debe buscar, sino establecer una discriminación entre distintas posiciones que resulten compatibles con el pluralismo.

Aunque no haya una encuesta confiable sobre el tema, presiento que las elecciones seguirán su rumbo y muchas personas harán más de lo mismo (legitimar el régimen de la simple alternancia, mediante el voto). Pero aunque así sea, son cada vez más las voces en busca de una democracia que permita reconfigurar las relaciones de poder actuales, no para destruirlas (que es imposible) sino para desplazarlas.

 

Imagen: Marina Abramovich y Ulay. AAA AAA, 1978

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Andrea Tock

Curiosa, preguntona, torpe y ridícula. Estudié Ciencias Políticas y trabajo en investigación social. Disfruto comer, ver fútbol, escuchar música y hacer el amor, entre otras cosas. Me gusta el azul. Escribo para dejar registro.

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