La migrante hondureña (Crónicas de un mundo maravilloso)

0

Era hondureña y estaba de paso hacia Estados Unidos. Como cualquier migrante, oscilaba de la emoción hacia la nostalgia, pero en ella sobresalía el ímpetu, una belleza lempira simple y, por lo mismo, poderosa.

De ella sé mucho más de lo que saben sus padres o sus amigos. No sé si era pobre o rica, si tenía estudios, no lo sé. Era dueña de su momento y yo del mío. Quiero añadir que era bella.

Nos juntamos a bailar una noche en  un bar y salón de baile de la zona 1. Entre humo de cigarros claroscuros y vibración de bocinas; unidos nuestros estómagos, rozando nuestras narices, bailamos: “Quisiera ser un pez, para estrechar mi nariz en tu pecera, y hacer burbujas de amor por donde quiera, oh, pasar la noche entera, mojado en ti”.

Bien sé que una melodía de Juan Luis Guerra no cabe dentro de los cánones de gente refinada. Lo siento, pero aquel fue nuestro instante. Si esta fuera una  memoria de acontecimientos escritos por un buen escritor, de esos que tienen oficio, cambiaría las burbujas de amor por alguna sinfonía clásica; en vez de un salón de baile de la zona 1 de Guatemala escribiría que todo sucedió en algún lugar del Lincoln Center, cuando estaba a punto de presenciar La fille mal gardée (y aún mejor: la de Petipa); diría que la hondureña tenía aspecto caribeño, era una mujer práctica y enigmática; que su padre era un músico alemán venido a  menos, que había protagonizado algún escándalo en Santiago de Chile y ahora radicaba en Panamá, y diría que su madre era una valiente defensora de los pueblos afro hondureños.

No haré tales trampas. No coquetearé con gustos exquisitos ni con las casas editoras. Todo es tan simple como estos tags: Una migrante, Guerra, zona 1, Guatemala, Burbujas de amor, soledad, felicidad hombre mujer.

No habíamos quedado de juntarnos a bailar ni nada de eso, digamos que no era una cita. La situación fue sencilla: llegué al lugar, solo porque necesitaba sentir el calor humano. Había música, bebidas y baile. Me la topé de frente y ella me tendió la mano. Espontáneamente. La tomé, caminamos hacia el centro del salón y allí empezamos a conocernos, sin hablar. Lo de “juntarnos a bailar una noche en un bar” significa que fue por azar.

“Para bordar de corales tu cintura y hacer siluetas de amor bajo la luna”. Nuestras existencias  se dieron cita en ese punto del universo. Ni su nombre supe. O no me importa saberlo y por eso no lo recuerdo.  “Canta corazón, con un ancla imprescindible de ilusión. Sueña corazón, no te nubles de amargura. Este corazón, se desnuda de impaciencia ante tu voz. Pobre corazón, que no atrapa su cordura”.

Aquel fue nuestro instante. El lugar se tornó inmortal. Una muchacha y un muchacho sedientos de amor y de compañía. Se aferraron. Cuánta poesía contenida en los cuerpos, en la música, en el encuentro.

En la pista nos besamos. Mucho.  “Para bordar de cayenas tu cintura y hacer siluetas de amor bajo la luna”. Cuánta poesía tiene lo desconocido.

Cuando terminó la canción, no quisimos que se rompiera el encanto. Seguir bailando habría sido profanar el momento.  Enseguida:

Cogíla de la mano. Llegamos al carrito parqueado fuera del salón. Entramos dentro (sí, entramos dentro); jugamos con nuestras manos.

No. Lamento adelantar que no hubo recepción ni penetración, porque a tiempo nos tocó la ventanilla una amiga suya, migrante también, con la que había salido a dar un paseo por las calles de este valle de lágrimas, una noche antes de seguir hacia México y luego a Estados Unidos.

Tocónos la ventanilla, decía, aquel ángel guardián suyo. Besámonos como en una despedida. Salió del auto. Entraron ambas al salón.

Habría sido una ruptura del hechizo seguir tras ella –como me lo sugirió– cogerla de nuevo de la cintura y bailar lo que hubiere. Pero solo encendí el carro, manejé hasta no sé dónde,  no sé a qué hora ni con qué propósito. Nada de eso importa.

Hoy me pregunto qué sería de aquella hondureña. Quizá llegó a Estados Unidos. No sé si nos hemos cruzado, sin reconocernos, por alguna calle de Honduras, Estados Unidos o México.

Esta historia es real como nuestro momento. Fuimos dos humanos víctimas de sus sociedades que se aferraron con amor una noche, en algún lugar del Centro Histórico, hará 20 años.  Vivimos a cabalidad un instante. Nos dimos dicha y placer. Nada más.

Share.

About Author

Carlos Hernández

Carlos Hernández. Permanente aprendiz de la extraña configuración nacional. Analista de su comportamiento personal y el de su sociedad. Estudiante de maestría en Psicología.

Leave A Reply